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“Mientras Ejército no cambie doctrina, siempre es posible que tragedias como las de Antuco vuelvan a ocurrir

La dirigente sostuvo que aunque asume que el Ejército ha introducido varios cambios en la forma en que prepara a sus reclutas, aún no han modificado su doctrina, la misma que establece la verticalidad del mando, aquella en que la instrucción u orden del superior se obedece y se ejecuta, que nunca se rebate ni se cuestiona.


 Por Juvenal Rivera

Antuco-4, Santiago

Ese 18 de mayo de 2005, Angélica Monares Castillo había trabajado hasta las 2 de la tarde como cajera en Metrópolis-Intercom, ahora una desaparecida empresa que desparramaba la novedad de la televisión por cable en toda la ciudad. 

Por eso, estaba en su casa cuando, cerca de las cinco de la tarde, escuchó las noticias de un accidente de militares en la montaña, cerca del volcán Antuco. Se hablaba de un par de soldados fallecidos pero sin mayores precisiones. 

Sabía que su hermano, el sargento segundo Luis Monares – o Lucho, como lo llama – se había trasladado con el contingente hasta el refugio Los Barros, en la ladera sur del volcán, como encargado del rancho, es decir, de alimentar a la tropa de más de 400 reclutas recién llegados que estaban recibiendo sus primeras instrucciones como soldados.

Sin embargo, a medida que pasaban las horas, la incertidumbre aumentaba. Por eso, Angélica y su cuñada Roxana hicieron lo que muchas mamás, papás y parientes de esos soldados hicieron ese día en la tarde: fueron hasta las puertas del regimiento reforzado N° 17 “Los Ángeles” en busca de una respuesta.

Lo que sucede después de un tráfago de hechos, situaciones y emociones, muchas de ellas tremendamente dolorosas, desgarradoras y brutales que aún ahora son imposibles de describir. Un episodio que se fue develando poco a poco y en una magnitud imposible de prever: 44 soldados conscriptos estaban muertos. El único funcionario de planta fallecido eran Luis Monares, el Lucho, el hermano de Angélica.

Desde ese día, ella cambió. Y esa mujer tímida que, como ella misma reconoce, se dejaba avasallar, que rehuía del conflicto, que optaba por el mustio silencio, mutó en la líder de la Agrupación de Familiares y Amigos de las Víctimas de la Tragedia, organización que preside hasta la fecha, pese a que en más de una ocasión ha querido entregar la posta a otros liderazgos.

“Como que crecí a golpes. Antes no era así pero ahora entiendo que basta con que estés seguro de algo, de transmitirlo así para que nadie dude de esa certeza”, explica.

En su función, siempre acompañada en la directiva de Carolina Renca y Margarita Herrera, ha sido siempre la voz más crítica acerca del rol desempeñado por el Ejército en el episodio.

Y su voz, segura y reposada, la han escuchado desde Presidentes de la República, hasta ministros y altos mandos militares. Una suerte de Pepe Grillo que, además de abogar por mantener siempre vivo el recuerdo de las víctimas, no deja de hacer presente y advertir que hubo una responsabilidad de la institución, que aunque hayan pasado 15 años o un siglo, fue la sucesiva cadena de errores, desaciertos y profundos descriterios lo que se terminaron llevando la vida de ese contingente, incluido su hermano. 

Es que, como ella misma lo reconoce cuando hace un recuento de este tiempo vivido, “los temas de derechos humanos no tienen doble discurso. Y esto claramente fue lo que sucedió aquí, una violación a los derechos humanos”.


VELATONES

Fue un 18 de junio de 2005, cuando aún se trabajaba en ubicar los cuerpos de los últimos soldados desaparecidos por el temporal de viento blanco, que en la plaza de armas de Los Ángeles se realizó una velatón. Convocada por Prodemu, decenas de personas acudieron al llamado de encender velas por los “soldaditos muertos en la montaña”.

Esa fría noche de junio, Angélica Monares por primera vez habló ante las personas que llegaron a acompañar a los parientes de los fallecidos. “Después tomamos la iniciativa de hacerlo por nuestra cuenta porque nuestra intención era que la gente se detuviera a escuchar lo que teníamos que decir. Lo importante era tomarse ese espacio público para sensibilizar a las personas”, reseña.

Así, los 18 de cada mes y durante tres años, en la plaza de armas, se realizaba la velatón. Nunca importó el frío, el calor o la peor de las tormentas, si era domingo o día de semana. Siempre un grupo de madres, padres, hermanos y conocidos se reunía ahí para prender una vela por cada uno de los 45 muertos.

Ese sistemático trabajo de recordación propició que los parientes de los fallecidos se organizaran y sacaran personalidad jurídica. Como tal, estuvieron en cada una de las audiencias judiciales, en cada uno de encuentros con los jueces y abogados, exigiendo justicia, reclamando por sanciones más severas para los responsables, pidiendo no olvidar a los que habían muerto en esa jornada.

Las velatones culminaron tres años después luego que la justicia condenara a los responsables. La sentencia más alta fue para el mayor ® Patricio Cereceda, comandante del destacamento andino y quien dio la trágica orden de marcha.


DOCTRINA MILITAR

Angélica Monares reconoce que la relación con los mandos del ahora Destacamento “Los Ángeles” es cordial y de respeto. “Entendemos que ellos, como individuos, no tienen injerencia en lo que sucedió pero sí la institución que representan. Así que ellos deben escuchar nuestros puntos de vista y van a tener que aceptar lo que nosotros decimos”.

Aunque asume que el Ejército ha introducido varios cambios en la forma en que prepara a sus reclutas en cuanto al equipamiento y condiciones de formación militar, aún no han modificado su doctrina, la misma que establece la verticalidad del mando, aquella en que la instrucción u orden del superior se obedece y se ejecuta, que nunca se rebate ni se cuestiona.

“Mientras no cambie su doctrina, mientras no se modifique esa forma de hacer las cosas, siempre existe una posibilidad que tragedias como la de Antuco se vuelvan a producir”, advierte Angélica Monares.

“Creo que todos pueden tener las mejores intenciones pero mientras no haya un cambio en la doctrina, no creo que sea un cambio real, un cambio de verdad”. 

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