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Ana María Hermosilla: Bendecida discípula y misionera del amor mutuo entre Dios y el mundo

Ahora viviendo su etapa final de la vida, que a veces es difícil por los dolores, achaques y enfermedades, ella no les da importancia, porque celebra día a día la bondad y el amor mutuo con Dios, que ha compartido en todo el transcurso de su vida con la gente.


 Por La Tribuna

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“Mi alma canta la grandeza del señor y celebro con gozo estos 75 años de amor y entrega mutua entre dios y yo”, dijo con gran entusiasmo a sus 95 años de edad, con el espíritu intacto a pesar del paso del tiempo.

Ana María Hermosilla, hija de Felicia Hermosilla y Fidel Hermosilla, la angelina de toda su vida ha realizado y viajado por distintas partes al servicio de Dios.

Su historia vocacional empezó un día por el año 1940, cuando tenía 17 años, como si se tratase de un hecho fortuito que podría ser más atribuible a uno divino.

“Fui a comprar a un almacén y la dueña me preguntó que quería hacer con mi vida”, le contesté que no había pensado nada aún.

Y me dijo váyase con las monjitas del Niño Jesús, ellas necesitan ayuda para la portería, pues la hermana Juanita, que hacía ese trabajo sufrió un accidente. Ahí puede estudiar y trabajar” comentó.

“Hoy veo como Dios se valió de todas las personas a mi alrededor para conducirme a conocer a las hermanas forjando mi destino” agregó.

LA PERSEVERANCIA FRENTE A SU MADRE

Ana María después de escuchar las palabras de la señora del almacén fue inmediatamente a conversar con su madre y ella la dejó que fuera a trabajar. Así llegó a las hermanas de la congregación.

“Desde el comienzo, me sentí muy contenta de estar ahí, por lo agradable del personal del colegio y las hermanas. Todos los días participaba en la eucaristía a las 7 de la mañana, y me fue gustando poco a poco esa vida” afirmó.

También declaró su temprano gusto por orar y comulgar, por lo que iba cada vez naciendo en ella, el deseo de ser religiosa.

Sin embargo comentó que en aquel entonces se sentía, débil, incapaz e ignorante. Poca cosa. Aun así, el deseo persistía en ella.

LA INFLUENCIA DE SAN JOSÉ

En sus comuniones le pedía a Dios que quitara esas ideas, pero al parecer no escuchaba sus plegarias, ya que aumentaban esos pensamientos.

Pasaba el tiempo y un día le pidió a la Madre Superiora -una francesa- que por favor hablara con su madre, para que le diera permiso para entrar al convento.

Ella accedió y conversó, pero se opuso argumentando la poca preparación y frágil condición de Ana María.

“Al escucharla decir eso yo le dije que a la entrada del colegio había una Santa Teresita del Niño Jesús y le comenté que ella había sido igualmente joven y débil, aun así había ido al convento” dijo.

De todas formas en esa ocasión no tuvo el consentimiento de su madre, pero afirmó que “tenía muchas esperanzas en el corazón”.

Cuando llegó el mes de marzo, dijo que las hermanas tenían la devoción de rezar a San José durante todo el mes. “Yo me escapaba de mis obligaciones, para ir a la capilla y rezar con ellas, pidiéndole a San José que mi mamá accediera a darme el permiso para poder ir al convento” aseguró.

Al parecer San José no hizo caso omiso de sus plegarias y, un día, fue su madre a conversar con la encargada concediéndole el permiso para ingresar a la congregación.

Ana María comentó que la madre superiora le llamó luego para decirle: “Ana María, tiene permiso de su madre para ingresar a la congregación y viajar a su formación a Argentina. Si Dios la quiere en la vida religiosa, le facilitará el camino”, recordó con mucha emoción.

 

UNA CRONOLOGÍA DE ENSEÑANZA DEVOTA

A fines de marzo del año 1941 partió a Buenos Aires con otras cuatro personas, donde después de un año de duración del postulado, hizo un retiro de ocho días con una hermana inolvidable para ella que también influenció en su bondad y cercanía, María de la Misericordia, con quien un año después harían sus primeros votos.

En verano de 1944 regresó a Chile con destino al Colegio Niño Jesús, donde estuvo rodeada felizmente de alumnas por 20 años.

Su trabajo en ese tiempo fue hacer aseo y limpieza, pero siempre dando cátedras de catequesis, economía doméstica y labores con sus alumnas.

Pero con la llegada de la hermanas María Salvador, desde Francia, en el año 1949, nuevamente emprendió un viaje espiritual, misionando y catequizando a los niños y jóvenes de la playa y los barrios de Lota.

En el año de 1960 fue trasladada al Colegio de Los Ángeles que también tenía internado, donde se responsabilizó de la cocina.

En el año 1966, aproximadamente viajó a Santiago por dos años, donde fue trasladada a Florida, donde vivió ocho años trabajando en la Parroquia Nuestra Señora del Rosario, que estaba sin sacerdote. “Ahí trabajé en la cocina, aseo, pero siempre dando las enseñanzas de Dios a través de la catequesis, en el barrio alrededor del Colegio del Verbo Divino, donde hice la primera comunión a 80 niños”, comentó.

Poco a poco, algunas personas jóvenes se le unieron en esa misión para prestarle ayuda, además el padre del colegio Verbo Divino le facilitó la iglesia, para realizar sus actividades.

En 1975, regularizó sus estudios secundarios y posteriormente hizo estudios y cursos de formación en religión y catequesis.

Una década después fue trasladada a Los Álamos a la Parroquia Santo Cura de Ars, donde no tenían sacerdote, por lo tanto junto a cuatro hermanas atendieron a la población cercana en la catequesis y en la pastoral del adulto mayor.

Un año después, volvió a Lota donde se reabrió el colegio que años atrás se había cerrado. Ahí se dedicó a la pastoral por la salud en el hospital y trabajó con los adultos mayores en varios lugares.

Ya en 1989 volvió a Los Álamos y retomó su pastoral del adulto mayor, formó grupos del rezo del rosario y del rezo del Mes de María en las casas de las personas.

Para finalmente regresar en 1995 a acompañar a su madre en un estado avanzado de edad.

El VIAJE QUE NUNCA TERMINARÁ

Cuando falleció su madre, se estableció en Los Ángeles acompañando a la gente en la Capilla Santa Rosa de Lima perteneciente a la parroquia Madre de la Iglesia.

Donde finalmente, estuvo participando con los enfermos reumáticos en el grupo Amipar.

Ana María hace un recuento de su vida, agradecida de estos 95 años de vida donde ha consagrado 75 de ellos al señor y, su vida espiritual ha estado inspirada por las palabras del profeta Isaías.

“En todas partes donde ha vivido y trabajado durante estos 75 años de vida, han sido plenamente en servicio de Dios, apreciada y agradecida por el cariño y la amistad de la gente”.

La mujer que ha vivido del carisma y la espiritualidad de su querida congregación, para finalizar dio gracias a la fundadora Ana María Martel en sus 350 años de misión, “para que el señor siga teniendo mujeres discípulas, como María Magdalena, al primera mujer enviada por Dios”, afirmó esperando que así sea.

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