Editorial

La importancia de anticiparse

Temporal Tucapel, Cedida
Temporal Tucapel / FUENTE: Cedida

El ruido fue lo primero. Un fuerte estruendo, comparado por un vecino con "bombazos", interrumpió la tranquilidad de la noche del viernes en el sector de Villa Fátima, en Tucapel. Poco antes se había cortado la luz. Después vino el viento y, con la llegada del día, quedaron a la vista árboles y estructuras afectadas por la fuerza del fenómeno, preliminarmente identificado como un tornado.

La escena puede parecer extraordinaria, pero para los habitantes de la provincia de Biobío existe un antecedente demasiado cercano en el tiempo para ignorarlo.

El 30 de mayo de 2019, Los Ángeles también fue sorprendida por un tornado. En cuestión de minutos, el fenómeno provocó daños en viviendas y vehículos, derribó árboles y dejó a miles de familias sin electricidad. Para una ciudad que no estaba acostumbrada a enfrentar este tipo de eventos, aquella jornada significó un antes y un después en la percepción de los riesgos asociados a fenómenos meteorológicos extremos.

Lo ocurrido ahora en Tucapel vuelve a poner ese recuerdo sobre la mesa.

No porque debamos asumir que los tornados se convertirán en una situación habitual, sino porque ya hemos comprobado que pueden ocurrir. Y cuando lo hacen, el margen para reaccionar puede ser muy reducido.

En este escenario, la información que entregan los organismos de emergencia cumple un papel fundamental. Senapred dispone de recomendaciones para la población ante la posibilidad de tornados y trombas marinas, orientando sobre los lugares más seguros para refugiarse, la necesidad de alejarse de ventanas y estructuras que puedan ser desplazadas por el viento y las precauciones que deben adoptar quienes se encuentren en espacios abiertos, vehículos o sectores costeros.

Son indicaciones que pueden salvar vidas.

Pero también es necesario preguntarse si estamos haciendo todo lo que corresponde antes de que ocurra una emergencia.

Una advertencia sirve cuando llega a tiempo. Una recomendación es útil cuando la comunidad la conoce previamente. Y un protocolo adquiere verdadero valor cuando las instituciones y las personas saben cómo aplicarlo en una situación real.

Por eso, la prevención no puede limitarse a reaccionar frente a cada fenómeno que se presenta. Debe existir un trabajo permanente de información, educación y preparación, especialmente en territorios que ya han experimentado eventos meteorológicos capaces de alterar en pocos minutos la vida cotidiana.

La provincia de Biobío tiene memoria reciente de ello. Los Ángeles lo vivió en 2019 y ahora Tucapel vuelve a experimentar una situación que, aunque menos habitual, demuestra que no estamos ajenos a estos fenómenos.

También hemos aprendido, producto de otras emergencias, que la coordinación resulta fundamental. Frente a un evento de esta naturaleza no solo importa la capacidad de pronosticarlo o advertirlo. Importa que la comunidad sepa dónde refugiarse, que las autoridades locales conozcan los procedimientos, que los servicios puedan responder y que la información oficial llegue sin confusión.

Ese trabajo silencioso es el que muchas veces no se ve cuando no ocurre una emergencia, pero que puede marcar la diferencia cuando finalmente llega.

Por eso, el tornado registrado en Tucapel debería ser algo más que una noticia de una noche inusual. Debiera convertirse en una nueva oportunidad para revisar cuánto hemos avanzado, qué funciona y qué sigue pendiente.

No se trata de generar temor. Se trata de aprender.

Porque si algo nos han enseñado las emergencias de los últimos años es que aquello que alguna vez pareció excepcional puede volver a ocurrir. Y cuando sucede, la mejor respuesta no es comenzar a prepararse, sino estar preparados desde antes.

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