Editorial

Carreras clandestinas

Carreras clandestinas fiscalizadas en Los Ángeles., La Tribuna
Carreras clandestinas fiscalizadas en Los Ángeles. / FUENTE: La Tribuna

Las carreras clandestinas se han transformado en una postal cada vez más frecuente en distintas ciudades del país, y Los Ángeles no es ajena a esa realidad. Lo que antes podía parecer un hecho aislado hoy es un fenómeno que inquieta a vecinos, altera barrios completos y pone en riesgo vidas inocentes. Por eso, el avance del proyecto que busca endurecer las sanciones contra quienes participan y organizan estas competencias ilegales no sólo resulta oportuno, sino también necesario.

Durante años, la sensación en muchas comunidades ha sido la misma: grupos de vehículos ocupando avenidas y sectores urbanos como si fueran pistas de carrera, mientras los residentes deben soportar ruidos, desórdenes y, peor aún, el temor constante de que ocurra una tragedia.

Claramente, frente a esta realidad, la ley actual quedó corta. Las multas y sanciones existentes no han logrado generar un efecto disuasivo real frente a quienes convierten las calles en espacios de competencia ilegal. Por lo mismo, avanzar hacia penas más severas, incluyendo cárcel y mayores herramientas de persecución, aparece como una señal que la ciudadanía viene exigiendo hace tiempo.

No obstante, la discusión no puede quedarse únicamente en aumentar castigos. También es indispensable fortalecer la fiscalización, mejorar la capacidad operativa de las policías y trabajar preventivamente con las comunidades. De poco sirve endurecer las leyes si los vecinos siguen sintiendo que, durante las noches, ciertos sectores quedan literalmente entregados a la descontrolada acción de grupos que operan con total sensación de impunidad.

Más preocupante aún es que estas conductas muchas veces sean justificadas como simples "juntas tuercas", cuando la realidad demuestra algo muy distinto: si la diversión de algunos pone en riesgo la tranquilidad y la vida de otros, deja de ser una expresión recreativa para convertirse en un problema de convivencia y seguridad pública.

La seguridad de los barrios no puede depender de la suerte ni de esperar que ocurra otro accidente fatal para reaccionar. Recuperar las calles para las familias, los peatones y la vida comunitaria debe ser una prioridad, especialmente cuando la irresponsabilidad comienza a normalizarse y el costo finalmente termina pagándolo toda la sociedad.

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