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Editorial

Trasplantes


 Por La Tribuna

Las vidas de Andrea Inostroza, Carmen Becerra y Jaime Luna dependían de una máquina, a la cual debían conectarse durante tres o cuatro horas por jornada, día por medio, para limpiar su sangre. De lo contrario, ninguno de ellos tenía posibilidad alguna de tener futuro.

Los tres fueron pacientes de diálisis que, gracias a la tecnología que reemplaza la función renal, podían prolongar su expectativa de vida. Sin embargo, pese a lo importante de este avance científico, de todas formas se produce un sostenido deterioro en las condiciones físicas. La única posibilidad cierta para recuperar la calidad de vida es el trasplante de riñón para lo cual se necesitan donantes. No hay otra manera.

El problema es que el año pasado en la provincia de Biobío no hubo donantes, ninguno. En los 365 días del 2021 no hubo quien aportara el necesario riñón para prolongar la vida de su semejante.

Sin embargo, la vida de los tres tuvo un giro en 180 grados. Porque si en el año pasado no hubo aportes, en lo que va de este 2022 ya van cuatro trasplantes. Y ellos fueron los receptores de aquellos los tres riñones. El cuarto caso fue sometido al procedimiento quirúrgico el martes pasado y ahora está en franca recuperación.

No hay punto de comparación en cuanto a la calidad de vida que ahora detentan Andrea, Carmen y Jaime respecto de lo que tenían en los meses anteriores. Ellos son el mejor ejemplo de cuán útil es la donación de órganos, se cómo mejora y se prolonga la vida de quienes son los receptores.

Sin embargo, aún queda mucho camino por recorrer. La lista de requerimiento renal en Los Ángeles es de más de 120 personas, cuyos exámenes de sangre e imagenología deben actualizarse cada año a fin de asegurar su buen estado de salud, en caso que aparezca un donante.

De acuerdo a la ley, todos somos donantes de órganos y sólo quedan excluidas las personas que expresan su intención de no serlo a través de un documento firmado ante notario. Sin embargo, por las razones que sean, suele suceder que la familia de quien podía aportar sus órganos, desiste de hacerlo, incluso pasando por sobre la voluntad expresada en vida por el potencial donante.

Bien vale la pena recordar la historia de Ester, una mujer penquista que sufrió un desafortunado accidente a fines de abril en las calles de Concepción. El diagnóstico médico reportó una hemorragia intracraneal que derivó a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y su caso fuera catalogado como de extrema gravedad.

Pese a los esfuerzos médicos, ella murió una semana más tarde. En medio del profundo dolor, Renzo, su pareja, respetó la voluntad expresada por ella en vida, haciendo posible un inédito procuramiento múltiple. Se extrajeron el corazón, hígado, riñones y córneas del cuerpo de Ester.

Al cabo, con ese gesto altruista posible prolongar y mejorar la vida de seis personas, varias de las cuales llevaban muchos años esperando la oportunidad de un trasplante.

Donar órganos es un acto de la más profunda humanidad. Así lo comprendió Ester y todos quienes han seguido su ejemplo, así como sus parientes que han respetado esta decisión, pese al doloroso momento. Así deberíamos comprenderlo todos para que la nueva vida de Andrea, Carmen y Jaime se pueda multiplicar por muchos más.


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