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Editorial

17 años


 Por La Tribuna

A 17 años de la tragedia de Antuco, suena definitivamente inconcebible que los parientes de los fallecidos y los soldados sobrevivientes deban aprovechar las ceremonias conmemorativas para representar a las autoridades que no se han cumplido los acuerdos y compromisos para ayudarlos.

Es lo que viene sucediendo cada 18 de mayo desde que en 2005 se enviara a marchar a dos compañías de soldados sin experiencia, mal vestidos y mal alimentados para terminar su periodo de instrucción básica.

Es sabido que la montaña puede ser muy veleidosa, que los cambios climatológicos pueden ser muy abruptos a lo largo del camino. Sin embargo, los oficiales a cargo desestimaron cualquier riesgo y simplemente ordenaron que salieran a caminar 20 kilómetros en la nieve hasta alcanzar el próximo refugio.

La responsabilidad del Estado fue tan evidente y manifiesta que las demandas indemnizatorias, que suelen durar años de trámites en los tribunales por la reconocida impugnación de abogados contratados por el Fisco para ese fin, se resolvieron por la vía rápida, sin reclamos ni apelaciones.

Sin embargo, los compromisos asumidos con las familias de las víctimas y con los sobrevivientes (un par de años después) han estado lejos de resolverse, especialmente en temas tan sensibles como la atención de salud. También se expresa en asuntos tan rutinarios como la organización de las actividades conmemorativas, tal cual como lo advirtió Angélica Monares, representante de los deudos a la hora de dirigirse a las asistentes.

Lo mismo fue planteado, desde la perspectiva de los sobrevivientes, por Paulo Urrea, que representó al grupo que escapó de la muerte blanca en la cordillera. En el caso de ellos, las secuelas físicas (en las articulaciones) y psicológicas (estrés post-traumático) han hecho mella en la gran mayoría de los sobrevivientes, sin ser atendidos en sus reclamos.

“Ustedes no saben lo que es vivir diariamente con los recuerdos de haber visto morir a nuestros compañeros. Ustedes no saben las pesadillas cuando hemos despertado en las noches recordando esos momentos tan trágicos de ver a nuestros compañeros caer. No pudimos hacer nada, lamentablemente no podíamos hacer nada”, recordó Urrea a los asistentes.

Reclamos de este tipo no pueden ser la tónica de cada conmemoración de la tragedia de Antuco. Es menester que el Estado asuma en propiedad toda la responsabilidad que tiene en un evento tan luctuoso y doloroso, tanto desde la perspectiva de mantenerlo vigente para evitar los mismos errores a futuro, como desde el punto de vista de las personas que siguen sufriendo por lo ocurrido, tal cual como aconteció hace 17 años cuando se empezó a develar una tragedia de semejante magnitud.


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