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Editorial

Relajo


 Por La Tribuna

Hemos bajado la guardia. De eso no cabe la menor duda. Hace varias semanas que las cifras de contagios de Covid-19 en Los Ángeles y en la provincia de Biobío han experimentado sucesivas alzas, sin que se observe que la enfermedad otorgue alguna tregua.

La sensación de seguridad en buena parte de la comunidad local ha devenido en el relajamiento de las medidas de resguardo que fueron fundamentales para frenar los contagios, los mismos que estaban disparados a mediados de año.

Fue hace justo un año, después de meses en que Los Ángeles y la provincia de Biobío exhibieran favorables datos de contagios de la enfermedad, que se inició una ola ascendente que obligó a aplicar medidas de confinamiento extremo, como las cuarentenas totales que duraron varios meses por la alta prevalencia de casos.

La consecuencia que el atochamiento de los servicios sanitarios, específicamente el Complejo Asistencial “Dr. Víctor Ríos Ruiz” que debió reconfigurarse por completo para enfrentar la alta ola de enfermos, muchos de ellos de gravedad, que necesitaban asistencia especializada con ventiladores mecánicos para seguir con vida.

De hecho, en la capital provincial se implementó la inédita medida de bloquear los principales acceso con gruesas barreras de concreto para frenar los ingresos de personas de las comunas vecinas. Fue una determinación extrema que buscaba evitar que los habitantes que no residían en la ciudad se la llevaran a sus comunas de origen.

Sin embargo, desde mediados de año – tal cual como se venía replicando en el resto del país – la situación fue mejorando de manera sustantiva lo que ocasionó un paulatino levantamiento de las medidas de restricción. La exitosa campaña de vacunación permitía que la población contara con una inmunidad que, en el peor de los casos, reduciría al mínimo las consecuencias más severas del coronavirus, en caso de contraer la afección.

Gracias a dichos avances, se fue recuperando la normalidad a los niveles similares a los existentes antes que se desatara la emergencia sanitaria.

Se reabrieron los locales nocturnos, los restaurantes volvieron a recibir a los comensales dentro de sus establecimientos, los gimnasios retomaron a sus clientes deseosos de la práctica deportiva y las personas volvieron a participar en reuniones o encuentros sociales, tan postergados por tantos meses de confinamiento forzoso.

Sin embargo, hemos pecado de exceso de confianza. Nos hemos relajado. La mascarilla, tan necesaria para evitar la propagación de la enfermedad, ya no se utiliza con el mismo rigor y frecuencia, muchos menos en actividades familiares. Tampoco existe el mismo rigor con el lavado de manos ni con la distancia física.

¿La consecuencia? Las vemos día a día en el reporte de la autoridad de Salud. Los contagios suben y suben: los contagiantes también. Estamos muy cerca de los números que llevaron a aplicar la cuarentena hace un año aunque si bien esta vez no hay un decreto de Estado de Emergencia que obligue a confinarse, se restringen los espacios de reunión. La enfermedad no se ha ido. Nos sigue rondando. No tenemos más opciones de seguir actuando de la misma forma hasta tener mayor certeza que finalmente la hemos podido superar.

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