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Editorial

Buenos ciudadanos


 Por La Tribuna

“Los malos gobernantes son elegidos por los buenos ciudadanos que no votan”. La frase corresponde a George Jean Nathan, un crítico de teatro y editor de revistas estadounidense que nació a fines del siglo XIX.

Sus palabras mueven a una profunda reflexión frente a una realidad que se torna cada vez más evidente cuando se acercan los procesos electorales, básicamente por el cada vez más escaso interés por sufragar.

Sin embargo, antes de continuar con esta editorial sobre la necesidad de ser parte activa de los comicios a propósito de las elecciones del próximo 21 de noviembre, debo hacer un mea culpa que considero importante: durante años no voté.

En los tiempos en que el sufragio era obligatorio, pero la inscripción era voluntaria, simplemente me resté de emitir mi preferencia por alguno de los postulantes a los cargos de elección popular, en todos sus niveles (presidencial, legislativo o comunal).

Una mezcla entre flojera y desidia hacía presa en mí, y de cualquier afán mayor por concurrir a la junta inscriptora para inscribirme y votar. No podría haber argumentado a mi favor que no sabía de los postulantes ni tener alguna noción acerca de sus principales planteamientos. Tuve siempre una opinión que compartí con más de alguna persona.

Sin embargo, a la postre, dicha opinión nunca importó demasiado. Y no importó porque si no se trasuntaba en un ejercicio efectivo, como emitir una preferencia en una papeleta de votaciones, simplemente no servía.

Esta imperfecta democracia, que se puede mejorar por medio de mecanismos de participación permanentes y no sujetos a ser convocados para votar en una elección cada cierto periodo de tiempo, necesita del ciudadano para que funcione y legitime los procesos políticos.

No existe otra manera. En la urna secreta, mi voto y el de cualquiera tienen exactamente el mismo valor. Nadie vale más ni nadie vale menos cuando nos enfrentamos a decidir frente a la papeleta.

Pero esto también no exige algo más que simplemente asistir, hacer la fila y esperar el turno cuando se llega al día de la elección. Para que esta historia funcione de verdad, debemos hacer un esfuerzo extra para informarnos de las distintas opciones disponibles y, a partir de lo anterior, tomar la mejor decisión posible, aquella que sea más justa y sensata. No se trata de ir a tontas y a locas a la hora de escoger a nuestro candidato.

Es muy posible que de las alternativas existentes, ninguna le dé en el gusto en su totalidad. Debiera ser demasiada la coincidencia de criterios para que algún postulante encarne a cabalidad nuestro marco de principios, valores y propuestas.

Para estos comicios, el abanico de opciones es –como nunca antes– muy amplio. En los distintos cargos de elección popular serán 125 postulantes, una cifra absolutamente inédita en procesos políticos de las últimas décadas.

Hay alternativas para todos los gustos. Hay que buscar y hacerlo a conciencia. Todos, cual más y cual menos, tenemos cierta sensibilidad que nos permite ir descartando opciones hasta acercarnos a aquello que nos identifica con mayor certeza. Toma un poco de tiempo, es cierto. Mejor es hacer cualquier otra cosa, pero, créame, la democracia, pese a sus imperfecciones, bien vale semejante esfuerzo. Es lo menos que podemos aportarle por el bien de todos.

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