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Editorial

Producción vitivinícola en Biobío


 Por La Tribuna

En San Rosendo, Yumbel, Laja o Cabrero. También en Los Ángeles, Nacimiento, Mulchén o Negrete. Incluso en Santa Bárbara o Quilaco.

En todas esas comunas de la provincia de Biobío, en los últimos años, se ha comenzado a recuperar la producción de vinos. Gracias a la recuperación de cepas antiquísimas o de la incorporación de nuevas variedades, además la incorporación de ciencia y tecnología en sus procesos, se están produciendo vinos de alta calidad que empiezan a abrirse camino en las mesas nacionales.

Hay que tener presente que el vino es una bebida que ha estado siempre presente en la memoria colectiva del país y su producción y elaboración es parte consustancial de nuestra cultura y patrimonio. Por lo mismo, escritores, cantores y otros artistas han buscado su líquida inspiración.

Introducido por los conquistadores españoles, en los primeros años de la Colonia, en casi todos los solares de Santiago y las chacras circundantes, hubo parrones y se producía vino para el consumo personal. Con el tiempo, esta práctica se extendió por el territorio desde Coquimbo hasta Concepción.

En nuestra zona, la producción de vinos en la zona se produjo junto a las misiones jesuitas que se instalaron en las zonas de Yumbel (Rere, para ser más específico) y de Nacimiento, diseminándose por el territorio.

Hasta mediados del siglo XIX, el sistema español para el cultivo de la vid y la tecnología en la producción del vino, se mantuvo inalterable. Sin embargo, a partir de 1850, los empresarios vitivinícolas invirtieron en maquinarias, técnicos, importación de cepas, sistemas de transporte y en la construcción de bodegas subterráneas. Treinta años más tarde, el proceso de formación y transición de la industria vitivinícola chilena se consolidó y dio inicio al florecimiento de esta actividad económica.

Desde ese tiempo que el vino chileno tiene otra presencia y la producción aumentó considerablemente, al mismo tiempo que los sistemas de transporte y comercialización se hicieron más eficientes.

Esta revolución tecnológica, y todos los esfuerzos posteriores, pavimentaron el camino para que actualmente la producción chilena de vinos sea reconocida internacionalmente por su inconfundible sello y calidad.

Los valles de Colchagua y del Maipo fueron la punta de lanza para una actividad que tuvo un crecimiento exponencial desde la década del 90 en adelante, con la apertura de los mercados internacionales a la producción nacional.

Más tarde se sumaron los valles del Maule y del Itata y, más aún por el efecto del cambio climático, es previsible que la posta la asuman ahora los valles del Biobío y del Malleco que tienen las condiciones para sacar a relucir las aptitudes de terreno y clima que las hacen propicios para elaborar vinos de elevada calidad que puedan conquistar los mercados mundiales.

La provincia de Biobío está en una posición expectante que debe ser aprovechada. Es necesario el esfuerzo mancomunado de los actores públicos y privados para aprovechar esta oportunidad única que nos está golpeando la puerta en estos momentos.

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