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Editorial

Populismo


 Por La Tribuna

El germen de populismo siempre está presente en cualquier democracia, incluso en las que parecen ser más robustas. Se mantiene en estado larvario en los entresijos del poder, en una paciente espera de su oportunidad para expandirse y multiplicarse hasta desbordar las fronteras de la racionalidad, acicateado de la obsecuencia de muchos que simplemente cierran los ojos y el creciente desprestigio de las instituciones fundamentales que conforman el Estado. Es parte del sino de la democracia, un elemento consustancial a su propia existencia. A diario se debe lidiar con esta condición y, por lo mismo, es menester tenerlo a raya, confinado en su ínfimo espacio, reducido a su mínima expresión.

Es que el populismo no se remite simplemente a pretender acceder al poder apelando a las emociones de la ciudadanía para ofrecerle y prometerle justo aquello que desea escuchar, pero que bien sabe no puede cumplir. A cimentar su respaldo en función de querer ser y no del deber ser. También –y en eso radica su mayor riesgo– suele ser la peligrosa antesala de los regímenes dictatoriales.

América Latina está plagado de ejemplos a lo largo de su historia en el siglo pasado. En la mayoría de los casos, con nefastas consecuencias para su población.

Juan Domingo Perón y sus “descamisados” fueron un ejemplo paradigmático en Argentina, cuyo impacto y repercusiones se mantienen hasta nuestros días. De ser una de las naciones más boyantes del mundo –la sexta economía del planeta después de la Segunda Guerra Mundial–, ahora es un país que se desangra hace años en una profunda crisis económica.

En los 90 fue Venezuela, país que estuvo salpicado por las decenas de casos de corrupción de su clase política, lo cual cimentó el camino para la llegada del coronel Hugo Chávez, cuyo régimen, ahora encabezado por Nicolás Maduro, ha devenido en un sistema dictatorial con graves acusaciones de violaciones a los derechos humanos y millones de ciudadanos escapando de la miseria y la violencia a los países del subcontinente.

Una versión antagónica del populismo instaló en Brasil a Jair Bolsonaro, mandatario negacionista de las vacunas contra el Covid-19 y del cambio climático. El riesgo es que busque cauces distintos a los democráticos para enquistarse en el poder, como varias veces lo ha insinuado.

Chile no está exento del fenómeno del populismo. De cuando en cuando han surgido caudillismos que se arrogan de la supuesta representación de las necesidades de la ciudadanía en base a promesas imposibles de cumplir.

Estos tiempos convulsos por las elecciones de noviembre son propicios para la aparición de los populismos, y los cantos de sirena se están escuchando con demasiada frecuencia en los postulantes a los distintos cargos de elección popular con ofertones de todo tipo, supuestamente bien intencionados, pero abiertamente irresponsables. De estos casos hay que estar muy atentos y mantenerlos a raya para que sigan encapsulados y lejos del poder.

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