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Editorial

Crisis migratoria


 Por La Tribuna

Más de cinco millones de venezolanos han emigrado de ese país sudamericano empujados por la dictadura de Nicolás Maduro. Las condiciones de miseria en que está sumida buena parte de su población han causado un éxodo nunca antes visto en la historia del subcontinente y solo homologable a lo experimentado en Siria, a raíz de una guerra civil.

Los principales destinos de esos ciudadanos son los países fronterizos, como Colombia y Brasil, que se han visto desbordados por las miles de personas, incluyendo familias completas con adultos mayores y niños muy pequeños, que escapan de una Venezuela sumida en una crisis económica y social sin parangón, pese a que alguna vez fue la más próspera de la región gracias al petróleo y gas natural que se encuentra en su subsuelo.

Parte de esa diáspora también ha arribado a Chile. Partió tímidamente hace unos cinco años y paulatinamente se ha incrementado. Pese a que las fronteras están cerradas desde marzo del año pasado por la pandemia del Covid-19, son cientos de hombres, mujeres y niños que se arriesgan y cruzan hasta nuestro país en algunos de los tantos rincones del desierto nortino.

La situación hizo crisis el fin de semana cuando cientos de iquiqueños salieron a protestar en contra de los inmigrantes. La escena más lamentable y vergonzosa ocurrió en la Plaza Brasil cuando un grupo de esos manifestantes quemó las pertenencias de esos ciudadanos que pernoctaban en ese lugar. La noticia, por su marcada xenofobia, recorrió el mundo.

Es cierto que se vive una crisis migratoria que es consecuencia de un gobierno dictatorial que ha golpeado a todo el subcontinente. Los esfuerzos de la comunidad internacional para buscar salidas democráticas en ese país siempre han tropezado con un mandatario aferrado al poder bajo cualquier circunstancia.

Sin embargo, las señales de nuestras autoridades, particularmente en el acto organizado en Cúcuta (en la frontera de Colombia con Venezuela) cuando el Presidente Sebastián Piñera invitó a los venezolanos a nuestro país, fueron – a lo menos – imprudentes. El Jefe de Estado, quizás confiado en que la presión internacional cambiaría el destino de esa nación, no consideró que miles de familias escucharían su llamado y recorrerían los más de 4 mil kilómetros para llegar al territorio nacional. La gran mayoría sin documentos ni permisos, a expensas de bandas de inescrupulosos, se arriesgan y se lanzan a la aventura de cruzar nuestra frontera con la esperanza incierta de tener una mejor vida lejos del terruño que los vio nacer. Colchane es solo la principal puerta de entrada a una realidad que se filtra por todos los rincones del desierto.

Sin olvidar el origen de la crisis, es urgente procurarles condiciones mínimas a esas familias de inmigrantes mientras se decide su situación. No hacerlo es exponer a situaciones de potenciales conflictos entre personas, más allá de la tierra de la cual pueda pertenecer cada uno. Es un gesto mínimo de humanidad que, en crisis de esta envergadura, debe prevalecer a todo evento.

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