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Editorial

Banco Central e inflación


 Por La Tribuna

Las presiones inflacionarias que se observan en el país para los próximos meses, causadas por factores internos y externos, vuelven a poner el acento en la importancia y utilidad de la independencia del Banco Central como un actor trascendental para otorgar estabilidad económica al país.
El organismo, que está pronto a cumplir un siglo de existencia, fue creado precisamente para controlar la inflación y, de manera subsiguiente, conseguir la estabilidad de precios. Sin embargo, durante buena parte del siglo pasado, ese objetivo solo quedó en los discursos y las buenas intenciones.
Distintos gobiernos intentaron contener –sin éxito– que dicha tasa se situara en los niveles propios de una economía estable, es decir, bajo 5% al año. Sin embargo, normalmente dichos esfuerzos no prosperaron ante la incapacidad de los gobiernos para enfrentar los costos políticos de poner en marcha un programa de estabilización.
Durante la mayor parte del siglo pasado, el proceso detrás de la inflación era relativamente claro para los observadores de este fenómeno: los desequilibrios fiscales hacían necesario acudir al financiamiento del Banco Central, dando origen al “impuesto inflación”.
Recién cuando en 1989 se dio curso a la norma legal que propició su autonomía, a través de la reconfiguración de su composición y atribuciones, empezó una etapa en la historia nacional en que finalmente se consiguió una sostenida –y anhelada– estabilización de precios.
Si en la década de los 80 dicho indicador promediaba el 25% (en 1990 fue 27%), la inflación promedio anual del periodo de diciembre de 2000 a diciembre de 2020 alcanzó un 3,16%.
Hace 30 años, uno de los grandes dramas sociales eran los deudores habitacionales que eran desalojados y sus viviendas rematadas por ser incapaces de pagar los dividendos, que subían de manera brutal año a año debido a la inflación desatada.
El establecimiento de metas inflacionarias y la fijación de políticas de largo aliento, más allá de los gobiernos de turno, han otorgado niveles de certidumbre como pocas veces ha ocurrido en nuestro país que, vaya paradoja, fue utilizado en numerosos artículos y conferencias especializadas como el ejemplo paradigmático de inflación crónica y elevada.
Chile enfrenta presiones inflacionarias importantes que alejan la posibilidad de conseguir las metas fijadas por el Banco Central. Ciertamente hay factores internos que explican su crecimiento, como el aumento de la liquidez por las ayudas estatales y los sucesivos retiros de los fondos previsionales, pero también hay elementos externos que tienen a buena parte del planeta enfrentando un dilema similar, como las alzas en los precios del petróleo y materias primas, los problemas en las cadenas de suministros global que han provocado el aumento en el precio de los fletes marítimos y la escasez de bienes.
La necesidad y conveniencia de controlar la inflación parte de la evidencia de que una cifra alta y variable tiene altos costos para la sociedad: distorsiona las señales de precios, perjudica la eficiencia en el uso de recursos, limita el desarrollo financiero y, en último término, afecta la inversión y el crecimiento. Además, la inflación perjudica con particular intensidad a los grupos más pobres de la población.
El Banco Central, tal cual está concebido en la actualidad, ha demostrado que, pese a los cíclicos nubarrones de la economía mundial, es capaz de navegar con mano firme y segura para otorgar ese piso de certeza económica. Se podrá convenir en la necesidad de ajustes y correcciones, pero lo que no puede estar en tela de juicio es su principal capital: su independencia.

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