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Editorial

Simone Biles


 Por La Tribuna

Simone Biles es considerada la mejor atleta en la historia de la gimnasia. Sus proezas rozan la perfección. Sus habilidades, especialmente en suelo, son tan avanzadas que la Federación Internacional de Gimnasia ha calificado sus niveles de dificultad de manera conservadora, por temor a incentivar a otros atletas a ponerse en peligro si quieren seguir su ejemplo.

Sin embargo, algo falló.

El martes, la superestrella estadounidense se retiró en plena competencia de equipos y también de la competencia individual general. Sus presentaciones del martes dieron cuenta que su nivel estaba muy debajo del esperado para una gimnasta de su talla.

La Federación Estadounidense de Gimnasia escuetamente indicó que “después de una evaluación adicional”, Biles no participará en el próximo evento “para concentrarse en su salud mental”.

La campeona estadounidense, un icono que va más allá del deporte, junto con anunciar su retiro de la competencia para no comprometer su salud mental, evocó los “demonios en la cabeza” y la demasiada presión por las expectativas creadas en estas Olimpiadas.

“Desde que entro al tapiz, estoy yo sola con mi cabeza, tratando con demonios en mi cabeza. Debo hacer lo que es bueno para mí y concentrarme en mi salud mental y no comprometer mi salud y mi bienestar”, explicó.    

Ganadora de cinco medallas en Río 2016, cuatro de ellas de oro, Simo Biles era considerada la gran estrella de Tokio 2020. Sin embargo, cualquiera que haya seguido el tumulto del equipo estadounidense de gimnasia en los últimos años conoce la inmensa e inhumana presión que han soportado Biles y sus compañeras de equipo. Desde las revelaciones del abuso del médico Larry Nassar, las atletas dicen que han luchado por obtener la seguridad, tanto del organismo rector del deporte como del Comité Olímpico de los Estados Unidos, de que su salud y bienestar son una prioridad.

Las mujeres estadounidenses no han perdido un encuentro de equipos internacionales desde 2010 y, en los últimos años, el éxito de Biles les ha permitido ganar competencias por puntos enteros en un deporte que a menudo se determina por décimas o centésimas.

Pero, como reveló la ronda de clasificación, contar con ella como un amortiguador no siempre es suficiente para garantizar la victoria del equipo femenino, ni debería serlo.

El lunes, antes de la final por equipos, Biles escribió en Instagram que sentía que “el peso del mundo” la abrumaba: “Sé que lo olvido y hago que parezca que la presión no me afecta, pero maldita sea, ¡a veces es difícil jajaja! ¡Los Juegos Olímpicos no son una broma!”.

Los elogios interminables que recibe Biles por sus habilidades “sobrehumanas” pueden llevar a una especie de deshumanización, lo que impone una expectativa incesante de que no solo se desempeñe, sino que supere, y una sensación de desconcierto en los raros casos en que no lo hace.

Es fácil olvidar que las habilidades que las gimnastas se esfuerzan por realizar aparentemente sin esfuerzo podrían, incluso con pequeños resbalones, dejarlas paralizadas o algo peor. En una conferencia de prensa, de pie junto a sus tres compañeras de equipo, Biles insistió en que salió de la competencia porque la presión se volvió insostenible.

“Tenemos que proteger nuestras mentes y nuestros cuerpos, y no solo salir y hacer lo que el mundo quiere que hagamos”, declaró. Su retirada de la final por equipos no fue la útil victoria que el público o la federación de gimnasia esperaban de ella en los Juegos Olímpicos. Pero fue su propio tipo de logro, uno que tiene el potencial de afectar a la próxima generación de gimnastas mucho más que cualquier medalla de oro.

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