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Editorial

A Claudio Valdés


 Por La Tribuna

La vida de Claudio Valdés, conocido con el nombre musical de “El Gitano”, tuvo muchos de los elementos que sirven de sustento a las historias de esfuerzo a toda prueba, de una cuota importante de humildad y de un talento que, sin duda, era desbordante. Es la historia de una vida que es capaz de superar las mayores adversidades para lograr la valoración y un reconocimiento que haga justicia a aquel talento.

Desde que en 2010 se presentó al programa “Talento Chileno” de Chilevisión y se sometió al escrutinio de un jurado especialmente riguroso, la vida de Claudio tomó un camino que quizás soñó pero probablemente nunca lo imaginó posible.

En los poco menos de dos minutos que duró la interpretación de un tema flamenco, el joven de apenas 18 años estaba – sin saberlo aún – dejando atrás esa etapa dura y sacrificada en que solo su guitarra le permitían dar rienda suelta a un talento que, hasta ese momento, valorado con algunas monedas dejadas por los eventuales pasajeros de los taxibuses o por aquellos transeúntes desprevenidos que lo escuchaban en la calle. Pero también lo haría de su propia historia personal, la misma que lo llevó a estar internado en un hogar de menores o a alejarse de su familia por desavenencias que el tiempo, afortunadamente, se encargaría de superar.

Desde ese preciso momento, Claudio se convirtió en uno de los favoritos del público, llegando a ser uno de los finalistas del certamen. De ahí en más seguiría indefectiblemente ligado a la música, no como una forma de sobrevivencia, sino como un artista en propiedad, con una producción propia y colaboraciones con varios cantantes nacionales, además de presentaciones en distintos festivales y certámenes en distintos escenarios a lo largo del país.

En buena medida, lo vivido por Claudio Valdés emula la historia de sacrificio y talento de varios jóvenes futbolistas nacionales – ahora ya consagrados – que partieron en canchas de tierra en clubes amateurs y que ahora se codean con los mejores futbolistas del orbe en refulgentes escenarios deportivos.

Por eso, duele la muerte de “El Gitano” en ese accidente de tránsito. Duele porque su humildad le hizo ganarse el cariño y aprecio de la gente que destacó su esfuerzo y valía. Duele porque él era la demostración de que el talento sí puede ser recompensado, pese a todas las vicisitudes a las que puede exponernos la vida. Duele porque ese accidente de tránsito puso fin a esa historia que tuvo un antes y un después cuando los televidentes apreciaron su arte desarrollado en las calles.

De la misma forma, Claudio era la representación de los muchos que anhelan con ser reconocidos y valorados por sus capacidades (no importando en qué disciplina ni actividad) y que, gracias a lo mismo, son capaces de torcer un destino que parece invariable.

También es necesario hacer un mea culpa. No hubo los homenajes suficientes mientras él estuvo vivo. Su talento era indiscutible pero eso no se trasuntó en los reconocimientos en tiempo y oportunidad, especialmente en la tierra donde vivió buena parte de su existencia. Nadie espera que muera alguien tan joven pero eso no debe ser excusa para reconocer públicamente aquello que se deba valorar. Eso debe tenerse en cuenta a futuro para no lamentar homenajes no realizados cuando era oportuno.

Claudio Valdés era feliz cantando. Lo que en un momento de su vida descubrió siendo apenas un adolescente y que le ayudó a sobrevivir en sus momentos de mayor apremio, finalmente terminó siendo su redención.

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