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Editorial

Inundaciones


 Por La Tribuna

A fines de abril de 1958, una intensa lluvia, que se prolongó por un par de días, ocasionó una de las mayores inundaciones del estero Quilque en el centro de Los Ángeles de las cuales se tenga registro. Casi medio siglo más tarde – 11 de julio de 2006 – se produjo un evento muy similar en cuanto a su intensidad. Sin embargo, en el último episodio hubo consecuencias que fueron mucho peores debido al enorme crecimiento poblacional en estos 50 años.

Es cuestión de recordar que en los hechos de hace 15 años hubo ocho muertos, la mayoría de ellos en el sector La Suerte, en la zona poniente de Los Ángeles, los cuales fueron arrastrados por un caudal impresionante.

No solo se desbordó el río Biobío. Pasó lo mismo en el Laja, Rarinco, Duqueco, Huaqui, entre otros. Los recuerdos de esa jornada son impresionantes. Los afectados cuentan que el agua llegó a 1 metro 80 en las casas. Relataron la angustia y desesperación mientras buscaban protección en los techos y entretechos de sus casas, mientras el río avanzaba imparable.

En ambas oportunidades, la reacción de las autoridades de su tiempo fue el anuncio de estudios e inversiones para evitar que nuevos episodios de la naturaleza ocasionaran la pérdida de vidas humanas y daños millonarios a familias y empresarios.

En los años siguientes a las inundaciones de abril de 1958, hubo anuncios de canalizaciones y profundizaciones de cauce, además de la instalación de defensas fluviales. También en el despeje de las márgenes del estero con fin de evitar el ensanchamiento.

Después de las inundaciones de julio de 2006, las autoridades del Ministerio de Obras Públicas y de la Dirección General de Aguas (DGA) plantearon medidas de protección para minimizar las consecuencias de las salidas de madre de los ríos que cruzan la provincia, como defensas fluviales, espigones centrales, planes de canalización, sistemas de alarmas, entre otras medidas.

Sin embargo, en una historia que parece repetirse, los anuncios y preocupaciones por las inundaciones ocasionadas por las crecidas de los ríos de la zona, devinieron en compromisos y palabras vanas. Los permanentes cambios de autoridades y también de las prioridades fueron postergando las necesarias acciones para mitigar los impactos de la naturaleza hasta decantar en una suerte de conveniente olvido.

Al cumplirse poco más de 15 años de una de las más violentas manifestaciones de la naturaleza, muy poco y nada se ha avanzado en esta materia. Únicamente se puso en marcha el referido sistema de alarmas que no se sabe si funcionan porque no se han probado hace ya varios años. De los planes ministeriales, poco o nada se dice sobre su implementación.

Ahí tenemos una gran tema pendiente que no podemos olvidar, que debemos tener presente, que se debe asumir en algún momento antes que una nueva inundación nos vuelva a recordar que no nos hemos preparado para ese tipo de eventos de la naturaleza.

Es necesario cumplir lo comprometido en aquel entonces, más allá de las autoridades de turno. El recuerdo de las víctimas de aquella verdadera tragedia amerita que se retome el trabajo pendiente y se ejecuten las acciones que sean necesarias para evitar un episodio de esa gravedad.

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