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Editorial

Día del Libro


 Por La Tribuna

Nadie pone en duda que la lectura es fundamental para la adquisición de conocimientos y así comprender nuestro entorno mediato e inmediato, en un proceso permanente y dinámico que nos acompaña hasta el final de nuestros días.

La capacidad de abstracción que viene aparejada con el lenguaje es una de las piedras angulares en el desarrollo de la capacidad cognitiva, elemento fundamental que sustenta nuestra condición de seres humanos y que nos diferencia de los demás seres vivos. De ahí que la masificación del aprendizaje de leer y escribir fuera una de las mayores revoluciones en el último siglo. En el acto de leer no solo está radicada la capacidad de tener nuevos conocimientos, sino que también nos abre el camino a la inspiración y la imaginación, a conocer otros mundos y realidades sin moverse un centímetro de lugar donde estamos embarcados en la lectura.

La reflexión se produce a propósito que hoy, 23 de abril, se celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, fecha instaurada por la Unesco en 1995. Es que en esta jornada se produjo la muerte de tres grandes de la literatura universal: Miguel de Cervantes y Saavedra (murió el 22 de abril y fue enterrado el día 23), William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega.

Los festejos se iniciaron en España y aunque en principio, el Día del Libro se festejó el 7 de octubre, cuando se creía que había nacido el creador del Quijote, lo cierto es que a poco andar, la fecha se trasladó al 23 de abril de manera definitiva.

En 1995, el gobierno español presentó a la Unesco la propuesta de la Unión Internacional de Editores para establecer esa fecha que coincide con la primavera en el hemisferio norte y el otoño en el hemisferio sur.

Un estudio de 2012 elaborado por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC) concluye que la mitad de habitantes del subcontinente simplemente no tiene el hábito de leer.

En los resultados, Chile encabeza la lista con un porcentaje de 5,4 libros leídos al año en promedio por ciudadano, dejando atrás a naciones como Argentina cuyo índice es de 4,6. En el segundo lugar, se posiciona México con un índice anual por ciudadano de 5,3 libros leídos al año, tanto por gusto como por obligación.

Este dato se contrapone con un antecedente preocupante. El 84% de los chilenos no tiene una comprensión adecuada de textos largos y complejos si el contenido no les resulta familiar, según la investigación del Centro de Microdatos de la Universidad de Chile, como parte del Plan Nacional de Fomento de la Lectura “Lee Chile Lee” del Consejo de la Cultura y las Artes.

Del total de los encuestados, un 11% se considera como no lector mientras que el 38% poco lector, un 32% lector moderado, un 16% un lector frecuente y sólo un 3% se define como un lector muy frecuente. Los entrevistados que se declaran a sí mismos como lectores frecuentes, leen más en todos los formatos que los no lectores, lo que determina que la autopercepción coincide con la frecuencia declarada.

Es que los chilenos, en sus tiempos de libres, prefieren ver televisión (37%), escuchar radio (16%) o practicar deportes (9%). Sólo un 6% de los chilenos la elige como primera preferencia de actividad en el tiempo libre.

He ahí un gran desafío pendiente. Más allá del formato – impreso o digital – se deben generar los mecanismos que fomenten la lectura, especialmente en los primeros pasos por el mundo escolar, en que se le conciba como una actividad necesaria para el desarrollo humano.

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