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Editorial

Paso Pichachén


 Por La Tribuna

Durante siglos, la Cordillera de Los Andes se irguió como una barrera prácticamente infranqueable. Sus altas cumbres son un entreverado laberinto que, unido a las extremas condiciones meteorológicas, se ha convertido en la sepultura de cientos de miles que la han intentado trasponer.

Sin embargo, a todo su largo, el macizo andino se permite algunos intersticios por los cuales es posible cruzar desde un lado al otro de la cordillera, desde el Pacífico al Atlántico y viceversa.

Dichos intersticios fueron descubiertos y usados por aquellos primeros pueblos originarios que arribaron a estas tierras y que así mantuvieron contacto con otros habitantes allende los Andes.

Uno de aquellos lugares fue el paso Pichachén, también conocido en su tiempo como Boquete Antuco por su cercanía con aquel majestuoso volcán que bordea los 3 mil metros sobre el nivel del mar.

Desde tiempos inmemoriales, dicho paso fue usado activamente por punto de intercambio de productos de uno y otro lado de la cordillera, principalmente sal que se permutaba por cueros y curtiembres muy rudimentarias.

Fue tal su importancia en la época de la Colonia que, a fines del siglo XVIII, el gobernador Ambrosio O’Higgins, padre de Bernardo, mandó a construir un fuerte – el Vallenar – para controlar el activo flujo de personas, principalmente en la época estival.

El paso Pichachén siempre estuvo en la retina de las autoridades por su baja altura sobre el nivel del mar (2 mil metros) que lo dejan menos expuesto a las complicaciones que ocasionan las nevadas de invierno. Salvo algunos lugares muy puntuales, su geografía es relativamente fácil de transitar, con amplios valles que posibilitan un desplazamiento sin mayores contratiempos.

Hace poco más de un siglo, una ley de la República dio forma a uno de los proyectos más ambiciosos de su época: un tren trasandino que usara a Pichachén como punto de conexión. La revolucionaria idea fracasó por falta de financiamiento y sólo llegó hasta Polcura, comuna de Tucapel.

En los años 30, cuando se proyectaban los primeros caminos en el país, un brazo se estiró hacia Antuco con la esperanza de que pudiera haber una alternativa de comunicación terrestre.

Debieron pasar más de 60 años para retomar ese impulso que se imprimió a principio de los años 90 cuando, aparejado a la llegada de la democracia, se exploraron opciones para reflotar el paso Pichachén. A fines de esa década, se reabrió por primera vez al tránsito de chilenos y argentinos y así siguió cada verano. En paralelo, se avanzó en mejorar la ruta, construir puentes y habilitar infraestructura aduanera.

De a poco, también se fue consolidando en el imaginario colectivo regional que Biobío, una de las zonas más pujantes del país, necesitaba una vía de comunicación con el vecino país. No sólo por la posibilidad de hermanar a dos naciones sino también por las opciones de mutua conveniencia económica.

Ha sido esa presión la que ha empujado un paso más para que se financie la construcción del complejo aduanero, por 8 mil millones de pesos. Las obras debieran iniciarse en la próxima primavera.

En los próximos meses debiera estar terminado el diseño de la ruta que permita su pavimentación hasta el mismo hito, obra que debiera ejecutarse por etapas en los próximos años.

De esta forma, lo que en un principio fue un intersticio en medio de las altas cumbres ahora se está convirtiendo en una puerta de entrada, un camino para la efectiva integración binacional.

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