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Editorial

Solidaridad


 Por La Tribuna

La emergencia del coronavirus, que ha derivado en una severa crisis social por la pérdida de los puestos de trabajo, ha sacado a relucir la solidaridad, la misma que siempre surge en los tiempos más complejos y difíciles de la historia del país, como los terremotos, las inundaciones y los incendios de grandes proporciones.

La solidaridad se ha expresado de muchas maneras, lo cual, por cierto, se ha replicado también en nuestra zona. Desde la entrega de cajas de alimentos hasta la elaboración de ollas comunes, pasando por la recolección de todo tipo de prendas de vestir hasta artículos de aseo, todo en función de ayudar a las familias que requerían ayuda social más urgente en estos tiempos de crisis.

En paralelo a la acción realizada por el Estado, esta labor ha sido llevada a cabo en Los Ángeles por distintas organizaciones religiosas, como el Obispado (a través de su pastoral social) y las iglesias evangélicas, pasando por organizaciones no gubernamentales, como la Fundación Red del Inmigrante, hasta juntas de vecinos y simples personas naturales que decidieron destinar parte de su tiempo para ayudar a quienes lo están pasando mal. Para que su tarea sea posible, ha sido vital el aporte y colaboración de otras personas o instituciones que han entregado dinero o insumos para tan loable fin.

Así ha ocurrido desde abril pasado cuando se empezaron a percibir los primeros síntomas de una crisis económica que se fue acentuando a medida que se agravaba la situación general por el desplome brutal de la actividad productiva nacional que ha dejado de funcionar o ha operado a media máquina, salvo en aquellos rubros fundamentales.

En las últimas semanas, sin embargo, se ha comenzado a percibir una merma en la necesaria ayuda a las organizaciones y personas que han encabezado esa labor social. La ayuda que fluía de manera constante y generosa para armar las canastas familiares y las ollas comunes ahora es mucho más esquiva.

Y es una paradoja porque esa merma en las ayudas se produce precisamente en las últimas semanas, justo cuando se comenzaron a entregar los dineros correspondientes al 10% de los fondos previsionales con el consiguiente aumento en el consumo, lo cual se percibió con las tiendas y locales repletos de clientes. Es decir, en las jornadas en que ha habido más dinero, ha habido también menos aportes solidarios.

Tal vez las razones de lo anterior están en la errónea creencia que todas las personas percibieron esos recursos de las AFPs o porque, más allá de esta coyuntura, la merma en la ayuda es una condición natural en medio de una crisis de semejante envergadura y extensión. Lo cierto es que muchas familias, especialmente los migrantes, no han percibido recursos de los fondos previsionales porque simplemente no los tienen. Lo propio sucede con los adultos mayores que no fueron considerados dentro de este beneficio en la medida que no contaban con fondos en sus cuentas previsionales.

Cualquiera sea la razón, lo que sí es cierto, necesario y urgente es que la solidaridad siga tan presente como sea posible. Porque si bien han bajado los casos de contagios, la crisis económica seguirá golpeando con rudeza, especialmente a los hogares más pobres. Son éstos los que necesitan nuestra ayuda y atención permanente para hacerles llevaderos estos tiempos de crisis y carestía.

Especial Coronavirus

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