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Editorial

Adiós, don Fernando


 Por Constanza Reyes

Hace algunos días, murió don Fernando. De paso lento, respetuoso, solícito, siempre con el saludo presto a alguno de los vecinos a quienes constantemente ayudaba a podar un árbol, a pintar una reja, a comprar parafina, lo que se presentara, a cambio de “lo que sea su cariño”.

Tenía 68 años, vivía sólo, en su hogar quitado de bulla, donde de vez en cuando recibía en la reja a algunos de sus amigos, otros adultos mayores de la cuadra, con quienes conversaba o simplemente se acompañaban y acortaban la tarde.

Entre gritos algunos de los vecinos despertaron ese día: don Fernando había salido a la calle para pedir ayuda por un fuerte dolor en el pecho. Alcanzó a salir de su casa, y se desplomó.

Intentaron ayudarlo, incorporarlo, sus cercanos del pasaje llamaron a la ambulancia. Personal del SAMU por largos minutos -eternos para quienes presenciaron la escena- trataron de reanimarlo, pero no fue posible. Había dejado de existir.

En el living de su casa un brasero encendido, que usaba para calefaccionarse y para cocinar. Una llama lánguida, que definitivamente se apagó, como su existencia, esa que llenaba –a su manera- el barrio, con su habitual recorrido mañanero, con su tradicional pausa en el cerco para recibir la tarde.

“Murió de pobre”, dijo alguien al paso. No de forma despectiva, sino más bien como haciéndose cargo de aquella realidad que está allí y que por algún motivo nos negamos a ver, pero que de pronto se devela ante nuestros ojos, de manera ineludible.

Frase que se repite, pues la escuché hace algunas semanas allá en el sector San José, cuando un vecino de los hermanos Pino, hacía el respectivo mea culpa por no enterarse antes de la situación en que don Celedonio y Blanca vivían, por no reparar en su frágil realidad.

Don Fernando, y los hermanos Pino, siempre han estado ahí, siempre han existido, pero hoy se nos hacen más presente que nunca a causa de la crisis sanitaria, social y económica que azota al mundo y a nuestro país. Hoy, no los podemos evadir.

Y esa es una oportunidad que podemos tomar, para desde nuestras veredas y posibilidades, hacer más amable la vida de quienes no lo están pasando bien, ya sea por problemas de salud, carencias económicas, o cualquier otro inconveniente, que pudieran acarrear incluso desde antes de la pandemia.

Ideal, pero no necesariamente con apoyo económico, o algo tangible, sino más bien con lo que podamos poner a disposición del otro, ya sea una palabra de aliento, una llamada telefónica, una gestión tal vez, o un gesto anónimo, que sumen para hacer más amable este complejo transitar.

Especial Coronavirus

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