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Editorial

Atención con Alto Biobío


 Por La Tribuna

En la comuna de Alto Biobío, la municipalidad, sus dirigentes y los vecinos en general realizaron todo cuanto estuvo a su alcance para mantener a raya la pandemia del coronavirus.

Y razones habían muchas. Ese territorio históricamente ha sido uno de los más pobres del país, con un alto porcentaje de la población viviendo en condiciones de pobreza, incluso de indigencia, en que suele imperar el hacimiento. A modo de ejemplo, hasta la fecha, buena parte de sus habitantes no tienen agua potable, elemento vital para el correcto lavado de manos, medida que es considerada como fundamental para prevenir el contagio.

Además, hay otro hecho relevante: solo tienen un Centro de Salud Familiar (Cesfam) que, ciertamente, no está en condiciones de atender a pacientes que tengan complicaciones mayores. Indefectiblemente ligado a lo anterior se encuentra otro factor: la distancia. Trasladar a un enfermo que viva en alguno de los cajones cordilleranos el complejo hospitalario en Los Ángeles – centro de atención de pacientes con Covid-19 – puede implicar varias horas de viaje por tierra. En el caso que la persona esté grave, ese tiempo puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Como corolario, la zona, debido a la distancia, también tiene problemas de comunicación telefónica, herramienta vital para pedir ayuda en el caso de una urgencia mayor.

Por eso, apenas se conoció el avance del Covid-19 en el país, en Alto Biobío se implementó una rigurosa barrera sanitaria, específicamente en el puente Queuco, principal punto de acceso al territorio cordillerano.

Fueron muy estrictos. Nadie ajeno a la comuna podía ingresar a la zona, ni siquiera camiones con suministros pudieron llegar hasta la localidad de Ralco. Todo se quedaba ahí y era llevado después en otros vehículos hasta sus puntos de destino.

Durante más de dos meses, el territorio cordillerano estuvo libre de la enfermedad.

Sin embargo, el 21 de mayo todo se fue por la borda. Ese día, el alcalde Nivaldo Piñaleo anunciaba el primer caso positivo de Covid-19 en su comuna. En menos de una semana, ya suman 36 contagiados, marcándola mayor incidencia de la enfermedad en toda la región y una de las más elevadas del país, al margen de la Región Metropolitana.

Como el mismo jefe comunal explicó, aunque frenaron el ingreso de afuerinos a Alto Biobío, no pudieron evitar que las personas viajaran a Los Ángeles, a Santa Bárbara o a otros lugares. Personas que iban y  volvían en micros que suelen estar atestadas de pasajeros.

La gravedad de la situación causó que una comitiva de la Autoridad Sanitaria y del Servicio de Salud de Biobío viajara a la zona para coordinar nuevas estrategias, mientras que – a la par – el municipio ponía en marcha lo que catalogaron como cuarentena responsable, que es básicamente un llamado a la población a permanecer en sus hogares hasta que pase lo peor de la crisis sanitaria.

Por lo pronto, y atendidas las particularidades del territorio, se anunció que todas las personas contagiadas de coronavirus de Alto Biobío deberán trasladarse a residencias sanitarias en Santa Bárbara y en Los Ángeles. ¿La razón? Estar cerca del hospital para así brindarles ayuda especializada lo más pronto posible, en el caso de ser necesario.

Debido a los diversos brotes de la enfermedad, el miércoles último se esperaba que el Ministerio de Salud la incorporara dentro de las comunas con cuarentena, a nivel nacional. No sucedió. En cambio, Lonquimay, que tuvo un brote similar un poco antes y con condiciones calcadas a las de Alto Biobío (incluso, son limítrofes), ya lleva una semana con esa medida de confinamiento y se ratificaron siete días más.

De ahí que se hace urgente que la autoridad sanitaria debe actúe a tiempo y arbitre las medidas para ese territorio con la mayor de las responsabilidades, a fin de evitar que la pandemia permee en los entresijos de la pobreza de sus habitantes, la mayoría pobres, y se convierta en una verdadera tragedia.

Especial Coronavirus

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