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Editorial

Canastas familiares


 Por La Tribuna

En tiempos de crisis, la mesura y la ponderación son valores primordiales que toda autoridad debe aplicar a la hora de asumir el desafío de conducir un proceso de esa envergadura que, de suyo, es muy complejo en su tránsito y resolución final. Un buen ejemplo es la emergencia sanitaria por el coronavirus que, ciertamente, ha causado profunda incertidumbre, desesperanza y desasosiego en gran parte de la ciudadanía.

No son circunstancias fáciles ni de simple resolución. Muy por elm contrario, se trata de una de las más mayores crisis de las últimas décadas en el país y el mundo. Cada una de las determinaciones de la autoridad puede tener un impacto enorme en las personas, muchas veces inesperado e impensado, si no se calibran adecuadamente todos sus puntos a favor y en contra. Aunque se  trate de acciones bien intencionadas.

Fue lo que sucedió en el caso de la distribución de 2,5 millones de cajas de alimentos para ayudar a capear la brutal crisis económica derivada de la pandemia del coronavirus, que ha causado la pérdida masiva y abrupta de miles de puestos de trabajo. Se trata de una medida que se complementa con otros aportes, como el bono Covid y el Ingreso Familiar de Emergencia, destinados a los sectores más vulnerables.

Sin embargo, lo que es una acción bien intencionada, se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para el Ejecutivo. El propio Presidente Sebastián Piñera, se encargó de comunicar esta determinación el 17 de mayo pasado como una forma de ayudar a las familias chilenas.

El problema es que la implementación conlleva una logística gigantesca para hacer llegar las cajas de alimentos, sin contar con lo que implica definir los criterios de asignación desde el nivel central, aterrizado después a la realidad comunal.

Lo que no se previó es que menos de 24 horas después del anuncio presidencial, en varios municipios del país habrían personas haciendo filas desde la madrugada para recibir esa ayuda. Lo que no se tomó en cuenta es que el anuncio presidencial generaría un cúmulo de expectativas en una parte de la población, especialmente la más perjudicada por la crisis. Como si fuera poco, en los días siguientes, los jefes comunales se quejarían de la falta de información desde el nivel central acerca de cómo se distribuiría ese apoyo, situación que recién se enmendó hace pocos días.

Al cabo, hubo apresuramiento, hubo urgencia de comunicar el otorgamiento de un beneficio – algo muy positivo per se, insistimos – pero que, en el mejor de los casos, se terminará de distribuir en dos meses más.

Al cabo, no hubo mesura ni ponderación en estos momentos complejos, en este tiempo extremadamente difícil en que vivimos en el país y en el mundo.

Es de esperar que esta poca feliz experiencia permita sacar enseñanzas y que sucesivos anuncios desde el nivel central estén acompañados de los soportes necesarios para que implementación sea rápida, efectiva y oportuna.

Especial Coronavirus

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