miércoles 11 de diciembre, 2019

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Editorial

Corrupción e hipocresía

No hay una receta para evitar que el poder no corrompa a quienes tienen esta potestad, pero el individuo que encabeza un liderazgo, debe anteponer la ética ante todo, entendiendo que al ensuciar su nombre, mancha el de sus padres, su familia y todo aquel que le inculcó los valores.


 Por LESLIA JORQUERA

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Si uno analiza el espectro político actual de nuestro país, ya se está haciendo común que nuestros líderes tengan relaciones dudosas con empresas privadas o que utilizan fondos públicos para asuntos personales, mientras, cuando se enfrentan a los micrófonos de la prensa, exigen más transparencia aludiendo a los valores morales, lo que es sin lugar a dudas, una conexión vergonzosa entre la corrupción y la hipocresía.

La pregunta que surge en base a este tema es ¿el poder corrompe a las personas sí o sí? más que una frase cliché que más de alguna vez usted ha escuchado estimado lector, es un tema que reviste gran seriedad, ya que sólo con el ejemplo de Chile, uno se da cuenta que algo está pasando.

Los expertos de la Universidad de Tilburg en Holanda y de la Universidad de Northwestern en Illinois en los Estados Unidos, analizaron este problema y sus resultados son preocupantes.

En el informe se señala que las personas con alto poder tienen una opinión a favor de la moralidad, pero sin embargo, no la practican. De la misma manera, indica que alguien con alto poder justifica y minimiza sus errores, pero condena drásticamente los errores de los demás. Finalmente y lo que es más preocupante el documento sostiene que “la gente con poder creer que se justifica romper las reglas, no sólo porque pueden salirse con la suya, sino también porque se siente en un nivel superior y tienen derecho a tener lo que quieren”.

Bajo los parámetros de este estudio, podemos deducir el escenario que hay en nuestra política nacional y por qué no, provincial.

Es más fácil jugar a competir entre los partidos políticos acerca de quién ha cometido el peor error, en vez de asumir y resolver los problemas. Es más fácil culpar a la prensa o a los contendores de destapar los escándalos de corrupción, que dar la cara y pedir perdón y enfrentar los juicios políticos y judiciales. Es más fácil asegurar que existen “manos negras” tratando de perjudicar al líder del gobierno, congreso o municipio, en vez de estudiar la veracidad de los hechos.

El resultado del estudio de estas prestigiosas universidades no hace otro que comprobar que sus resultados no se alejan tanto de la realidad país. Es cosa de ver a los políticos actuales.

Asimismo, la revista Journal of Experimental Social Psychology, publicó un estudio similar que sostiene que la gente con bajo estatus que llega a ocupar puestos de mucho poder, tiende a degradar a los demás.

No hay una receta para evitar que el poder no corrompa a quienes tienen esta potestad, pero el individuo que encabeza un liderazgo, debe anteponer la ética ante todo, entendiendo que al ensuciar su nombre, mancha el de sus padres, su familia y todo aquel que le inculcó los valores.

 

 

 

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