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Editorial

El origen del problema

Actualmente, no se vislumbran soluciones posibles, los vecinos se siguen molestando por los malos olores, y la autoridad está encima fiscalizando. ¿Cómo detener el problema en la planta sin afectar la producción y el empleo de quienes ahí laboran? Hasta ahora nadie tiene la respuesta y el tiempo sigue pasando.


 Por La Tribuna

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El desarrollo económico del país, ha estado siempre ligado al mundo de la industria. En nuestra región Iansa de Los Ángeles, ENAP de Hualpén, Huachipato de Talcahuano, la papelera en San Pedro de la Paz, CMPC en Laja y Nacimiento y tantas otras empresas han generado que los barrios se levanten en sus alrededores. Muchas de estas, cuando la responsabilidad social partía por casa, las compañías daban viviendas a sus trabajadores, construían colegios, centros médicos y comercio para aportar al desarrollo.

Pero el tiempo pasó, los números se tomaron las empresas y la economía tuvo que dar paso a nuevas reglas, que implicaron costos importantes. Aquí comenzaron a escucharse las certificaciones ambientales, la RSE y las condiciones laborales.

Pero en paralelo, las ciudades, aquellas que cuando se instalaron quedaban alejadas de los centros urbanos, crecieron y llegaron literalmente a golpearle la puerta a las empresas. Ahí comenzaron los problemas de convivencia.

Los pensadores de la ciudad, jamás evaluaron las implicancias que tendría acercar el plano regulador a las industrias y hoy están claras las consecuencias.

Hay casos como el de Masisa en Chiguayante, que simplemente debió cerrar ante las dificultades de desarrollar el negocio en medio de sus vecinos.

Hoy en nuestra capital provincial, todos los cuestionamientos se centran en Iansa, compañía que efectivamente ha sido un claro responsable, no de contaminación propiamente tal, sino que de emanación de olores nauseabundos que han abarcado en ocasiones a gran parte de la ciudad.

En este sentido, la autoridad sanitaria, como corresponde, ha iniciado sumarios que buscan que la compañía responda si efectivamente es responsable de los eventos.

Tal como lo han hecho políticos en Hualpén pidiendo que cierren ENAP, aquí surgen voces que piden la clausura de la azucarera, situación que traería graves consecuencias al empleo y desarrollo de la zona. La pregunta es ¿cómo hacer convivir a la compañía con la comunidad? ¿cómo evitar las emergencias ambientales que se generan?

Actualmente, no se vislumbran soluciones posibles, los vecinos se siguen molestando por los malos olores, y la autoridad está encima fiscalizando. ¿Cómo detener el problema en la planta sin afectar la producción y el empleo de quienes ahí laboran? Hasta ahora nadie tiene la respuesta y el tiempo sigue pasando.

 

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