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Editorial

La irreverencia sexual se tomó la juventud


 Por La Tribuna

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En los últimos días ha causado gran polémica un video de pornografía infantil que se hizo popular en la web luego de ser compartido a través de las redes Facebook, Twitter y WhatsApp, en su mayoría conformadas por adolescentes y jóvenes. Más allá de las penas a las que se exponen todos quienes difundieron el video –desde 541 días a 3 años y un día e incluso hasta 5 años– hay una reflexión que va más allá.

El comportamiento erotizado y sin control de los menores tiene diversas investigaciones, pero pocas soluciones. El caso de la niña conocida como “La Fifí” es el ejemplo más reciente, pero no el primero, lo cual supone una magnitud de conductas similares que no son compartidas en las redes sociales.

Se necesitan señales responsables de los organismos públicos, de la justicia y también de quienes tienen la labor de educar y entregar valores, porque aquí no hay mafias, no hay redes internacionales. Lo que hay en este caso son tres adolescentes que se grabaron y ellos mismos subieron el material a la red y, por otro lado, hay una comunidad que ha disfrutado del hecho y ha festinado con este problema social.

Si bien el Sename realizó posteriormente el trabajo en colaboración con la PDI de eliminar de la web todo el material disponible para proteger a los menores de forma inmediata, nuevamente se actuó frente a hechos consumados, algo que caracteriza a toda nuestra sociedad.

Hay que anticiparse formativamente para trabajar con los menores que pueden estar expuestos a estas conductas por diversión, ya que las consecuencias pueden ser severas.

Detrás de un acto como este hay más personas involucradas, las que pueden ser afectadas indirectamente. ¿Se imaginan a los padres de estos menores frente a sus hermanos, padres, reuniones de curso, colegas? El daño es irremediable.

La sociedad está transmitiendo cánones de belleza, de la vida sexual y del amor francamente trastornados, y quienes están siendo absorbidos por aquello son las mentes más débiles.

A través de los objetos tecnológicos, los jóvenes tienen acceso a una serie de contenidos, sin filtro alguno, de pornografía, erotismo y conductas poco éticas, tomadas como naturales y celebradas por sus pares.

Muchos padres, producto de la vida actual, han perdido los lazos de confianza con sus hijos para abordar estos temas. En consecuencia, los menores han quedado a la deriva y ha sido internet y la calle quienes han llenado esos vacíos producidos por el error y la irresponsabilidad.

Se necesitan políticas públicas de verdad, serias y preventivas para evitar nuevos hechos de pornografía infantil generada por los menores, pero también se necesitan familias responsables.

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