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Editorial

El mal servicio del Registro Civil

Una oficina pública de carácter provincial no puede permitirse entregar una atención de tan mala calidad a las personas, sino que, todo lo contrario, debe ser un ejemplo.


 Por La Tribuna

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Excelentes profesionales dedicados a las personas que día a día llegan hasta las oficinas del Registro Civil son los funcionarios de esta entidad, una de las más importantes reparticiones públicas, ya que es aquí donde se registran vehículos, se regularizan las cédulas de identidad, pasaportes y otros documentos.

Sin embargo, pese a la buena disposición de sus funcionarios, el servicio es una burla para la comunidad. Si usted, que lee estas palabras, está pensando hacer alguno de estos trámites, prepárese. Un día como el de ayer viernes, por ejemplo, si le hubiera correspondido realizar alguna gestión, habría tenido que conseguir primero aquel famoso número de atención al cliente y luego esperar su turno.

Para quienes debían realizar la inscripción de sus automóviles, el tiempo de espera para ser atendido superaba con creces las dos horas y media.

¿Por qué? Razones hay muchas. En primer lugar, la sección de vehículos sólo cuenta con dos personas que proporcionan el servicio a los centenares de usuarios que necesitan cumplir con ese trámite. En segundo lugar, en una injusta actitud, el cliente puede encontrarse con la lamentable situación que antes que él llegara la representante de alguna automotora con unos 10 o 20 vehículos para registrar.

Una oficina pública de carácter provincial no puede permitirse prestar una atención de tan mala calidad a las personas, sino que, todo lo contrario, debe ser un ejemplo.

Por otro lado, si a eso se le añade lo indigno que se transforma diariamente para los adultos mayores o personas con capacidades diferentes que el edificio no cuente con un ascensor, esto suma y sigue. No es poco común ver que las mismas personas que asisten a hacer sus diligencias se apiaden de esos usuarios y los lleven en brazos hasta el segundo piso.

Al exceso en los tiempos de espera y la falta de dignidad se agrega un último punto que deja al Registro Civil como un organismo impresentable: la cantidad de asientos no da abasto para lo saturado del lugar y menos aún las condiciones de ventilación paupérrimas con las que deben lidiar trabajadores y usuarios.

Cuando sus funcionarios se movilizan por mejores condiciones salariales, lo hacen con justa razón, porque están realizando una tarea humana multiplicada por tres para poder cumplir con la comunidad en un ambiente que no es de los mejores para trabajar.

Pero las autoridades no parecen escuchar. Por años se ha planteado la necesidad de contar con una remodelación histórica de los edificios públicos.

Angol, una comuna vecina con muchas necesidades, lo hizo y le dio dignidad a sus servicios frente a la plaza de armas. Pero aquí, donde los políticos se jactan de las riquezas y oportunidades que tiene vivir en una potencia agrícola y forestal, trabajadores y usuarios no reciben un trato decente. Parece que discutir sobre el aumento de parlamentarios y sobre los gastos exagerados que esto traerá consigo es más relevante.

Mientras sigan trabajando sin mirar los problemas de la gente, sin recorrer las instituciones para ver en primer lugar sus falencias, difícil va a ser que alguien realmente se quiera tomar en serio la dramática situación de los edificios públicos de Los Ángeles.

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