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La desconocida ubicación del primer cementerio en Los Ángeles

Para no adelantar demasiado sobre lo descrito en el siguiente artículo, solo le diremos que en ese lugar ahora está una de las poblaciones más antiguas de la ciudad.


 Por Juvenal Rivera

11-3, Población Dávila

Muy poca gente sabe que en el terreno donde ahora está la población Luis Dávila funcionó el primer cementerio municipal de Los Ángeles. Específicamente, en el cuadrante de la avenida Ricardo Vicuña con las calles Camilo Henríquez, Manuel Baquedano y José Miguel Infante.

¿Lo sabía? Si sigue leyendo, podrá conocer la historia completa que no solo tiene de anecdótico, sino que también fue demostración de las luchas de poder entre el mando político y el eclesial.

Pero vamos por partes. En la época colonial no se contaba con recintos dedicados a acoger los restos de los fallecidos. Solo unos pocos –los más connotados, incluidos los miembros prominentes de la Iglesia– tenían el privilegio de ser sepultados en criptas al interior de los recintos religiosos. El resto era inhumado en cualquier lugar donde fuera posible.

Sin embargo, ciertamente que tener cadáveres dentro de las parroquias no era una buena idea desde el punto de vista sanitario, y ya desde fines del siglo XVII se intentó cambiarlo. Además, en la época colonial, los reyes de España buscaban reforzar su rol por sobre el de la Iglesia católica, cuya influencia en su tiempo abarcada todos los ámbitos de la vida, incluida la muerte.

Recién con Bernardo O’Higgins como director supremo se estableció el Cementerio General de Santiago, el primero construido fuera de los límites urbanos.

El sitio web memoriachilena.cl reseña que después hubo un activo debate sobre los límites de las atribuciones de las autoridades civiles y religiosas. “Paulatinamente la Iglesia fue perdiendo su carácter hegemónico ante el avance de las ideas liberales. En 1844 una ley estableció la prerrogativa presidencial de fijar los aranceles relativos a los derechos de inhumación, ampliando de este modo la tuición civil de los cementerios”.

A partir de esa normativa, en 1857 las autoridades municipales de Los Ángeles decidieron habilitar un cementerio. Para poner en contexto, es necesario contar que la capital provincial, en ese entonces Los Ángeles, era habitada por unas 3 mil almas que estaban saliendo de las terribles consecuencias del terremoto de 1835.

Para dimensionar la magnitud del cataclismo es necesario mencionar que las autoridades de ese entonces analizaron seriamente la posibilidad de trasladar la villa a la zona de Diuto, a unos 25 kilómetros por lo que ahora es el camino a Antuco. Finalmente, prevalecieron consideraciones militares para mantener a la población en su misma ubicación.

En suma, hacia 1857 la villa de Los Ángeles recién se estaba levantando de sus cenizas después de décadas pasadas demasiado tormentosas (no solo hubo un terremoto brutal, sino que la población fue un par de veces asolada en ese periodo conocido como la Guerra a Muerte, pero eso será contado en otro relato).

De acuerdo a los documentos de ese tiempo, el espacio ocupado por el cementerio municipal era un cuadrado de prácticamente 100 metros por cada lado, con un cierre perimetral de adobe y de ladrillos para sepultar a los fallecidos.

Hay que hacer presente que por la reducida población de esos años, es muy probable que en el entorno del cementerio ni siquiera hubiesen viviendas ni nada parecido.

Un hecho curioso ocurrió en 1872. A partir de un decreto gubernamental del año anterior, fue posible que en Los Ángeles se estableciera que la cuarta parte del camposanto pusiera emplearse para enterrar a quienes no fueran  católicos. Es que, de hecho, también en 1857 llegaron los primeros inmigrantes alemanes y suizos a Los Ángeles, la mayoría de los cuales eran protestantes (profesaban la religión luterana). Sin embargo, como reza un viejo dicho: juntos pero no revueltos. La porción en que se sepultarían los no católicos estaba debidamente separada del resto por una zanja de un metro de profundidad.

No se dijo, pero ese decreto trasuntaba el virulento enfrentamiento entre las autoridades políticas y la jerarquía de la Iglesia católica, cuyo punto cúlmine fueron las leyes laicas de 1883 que crearon organismos públicos, como el Registro Civil, entre otros.

Es que el clero tenía un poder incontrarrestable en esa materia, llegando a impedir la inhumación de cadáveres disidentes. Sin embargo, el decreto representó un importante golpe para los partidarios de la Iglesia católica, que veían avanzar las ideas liberales sin ser capaces de detenerlas.

Como sea, lo que sí es efectivo es que ese primer cementerio municipal en Los Ángeles vio el final de sus días en 1888, cuando fue clausurado por el alcalde de la época, Ricardo Vicuña. ¿Por qué? Porque la villa estaba creciendo en población y una demostración era que frente al cementerio se instaló la estación de ferrocarriles.

Entonces, ese jefe comunal ordenó la construcción de un nuevo cementerio municipal, esta vez en un lugar muy apartado de la ciudad. Específicamente en lo que ahora conocemos como avenida Las Industrias con el camino a San Antonio, en la continuación de la avenida Gabriela Mistral.

Años más tarde, en la década del 40 para ser más precisos, se comenzó a levantar un grupo de viviendas (de los primeros conjuntos habitacionales erigidos en la ciudad) en el terreno donde hasta 1888 funcionó el camposanto local.

Claro, ya habían pasado más de 50 años y probablemente muy pocos recordarían que ese recinto antes había sido un cementerio.

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