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José Santos Caro: el hombre que sabía hacer bien su trabajo

La mantención de las aceras y vías adoquinadas en Los Ángeles estuvo entregada a un hombre que fue reconocido con el nombre de una calle por cumplir su labor a cabalidad.


 Por Juvenal Rivera

10-3, José Santos Caro

La calle Lord Cochrane es una hermosa vía adoquinada de nuestra ciudad. Pero no solo es hermosa. Al menos en Los Ángeles, es la última que emplea esta técnica de piedras labradas y alineadas que así pusieron fin al barro del invierno y al insufrible polvo en los veranos.

Antes que se aplicaran el cemento o el asfalto, los adoquines fueron la única alternativa para mejor el tránsito en las calles. Además, duraban toda una vida y mucho más.

En su tiempo, su aplicación fue señal de progreso y desarrollo. Así al menos sucedió en la capital provincial cuando, en la década del 20, se mejoró la calle Colón, la principal arteria de la ciudad y la primera que utilizó esas piedras labradas.

Su uso se multiplicó en los años siguientes en diversas arterias, una de las principales fue la avenida 21 de Mayo, denominada así a la prolongación de calle Caupolicán desde Ercilla hacia el poniente, y que confluye en la laguna Esmeralda.

Con el tiempo, los adoquines debieron ceder terreno a las otras técnicas para recubrir las calles. Sin embargo, el último de sus vestigios se encuentra en la calle Lord Cochrane como un silencioso símbolo de la ciudad de otro tiempo, al punto de ser catalogados como Zona de Conservación Histórica por parte del Ministerio de Vivienda y Urbanismo.

La particularidad de los adoquines en la ciudad es que una vez instalados, mantuvieron su ubicación de manera indefinida.

El artífice de aquello tiene nombre y apellido: José Santos Caro, un hombre de baja estatura, siempre ataviado de terno y chaleco de terno. El conjunto lo complementaba un reloj.

Es que aunque su atildada apariencia dijera lo contrario, Caro era el contratista que realizaba faenas de construcción para la municipalidad de Los Ángeles.

Con esa responsabilidad en sus manos, era quien instalaba y mantenía el adoquinado de la capital provincial. Su filosofía de trabajo era muy simple y muy obvia: hacerlo bien.

Sin embargo, cuando la norma la historia ha estado tapizada de faenas mal llevadas y peor ejecutadas con resultados que terminan obligando a parchar o remendar al poco tiempo.

La calidad de los trabajos de José Santos Caro era tal que algunas de sus obras perduran hasta nuestros días. Más calles adoquinadas habrían quedado en la ciudad pero los afanes modernizadores acabaron con ese legado.

Caro es responsable de la reposición y mantención del adoquinado de las principales calles de Los Ángeles, como Colón o Lautaro, a lo largo del siglo pasado, cambiando para siempre la fisonomía de la ciudad donde antes solo imperaban las calles de tierra.

A tanto llegó su prestigio que únicamente a él se le encomendaba ese tipo de trabajos. Desarrolló la técnica para cortar los adoquines con especial destreza. Pero no solamente fue eso: también los instalaba. Él y una cuadrilla a su cargo se dedicaban a la labor de poner cada adoquín en su sitio y ahí permanecieron incólumes hasta que fueron reemplazados por la arena y el cemento.

También fue muy reconocido por otro trabajo bien hecho: la instalación de las baldosas de la plaza de armas en la década del ’50. Aunque se fueron gastando por el uso, quedaron tan bien pegados al suelo que nunca se salieron. Eso marcó una gran diferencia con trabajos posteriores, en particular, en las veredas de la ciudad, que se caracterizaron por durar muy poco en buenas condiciones.

Por eso, durante la administración del alcalde Daniel Badilla, se le hizo un homenaje. En el sector de la Vega, por calle Villagrán justo antes del estero Quilque (por el lado sur), puede ver un pasaje que tiene esa denominación. Esa calle, de solo una cuadra, comunica a Villagrán con José Manso de Velasco, un decreto municipal ordenó cambiarle el nombre: José Santos Caro.

En la calle – que entonces era de piedra de huevillo y que tenía el insípido nombre de “calle Nueva” -, se reunieron autoridades y parientes. Se hizo en ese lugar porque ahí aún vive parte de su generosa descendencia (ocho hombres y una mujer). Hubo ceremonia, cóctel y se descubrieron los letreros de las calles con su nombre.

Curioso. Años más tarde, en 2004, la piedra de huevillo de ese lugar fue cambiada por una arteria de cemento. Podría haber sido con los mismos adoquines como los que él instalaba pero ni siquiera se pensó en algo así.

Lo que sí es cierto es que ese homenaje fue un justo reconocimiento a un hombre que hizo lo que parece obvio y no lo es: hacer bien su trabajo.

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