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¡Felices 99 años, laguna Esmeralda!

Inaugurada el 21 de mayo de 1922, tuvo una época de esplendor y también de olvido. En los albores del siglo XXI, la laguna Esmeralda ha vuelto con renovados bríos para retomar su rol como uno de los puntos más icónicos de Los Ángeles.


 Por Juvenal Rivera

HBB, Laguna Esmeralda - copia

En la ciudad de Los Ángeles de principios del siglo XX no había muchos lugares que las familias pudieran usar para el esparcimiento y la recreación.

Solamente la Plaza de Armas, que ya había tomado una forma de tal hacia fines del siglo anterior, cumplía esa función. Era el punto en que hombres y mujeres paseaban y compartían, se hablaba de los asuntos del día o se comentaban las noticias llegadas desde Santiago. Era el espacio en que los niños podían correr a sus anchas mientras los árboles recién estaban tomando su forma adulta.

Pero no había mucho más en Los Ángeles de antaño.

Hacia el sur, la Plaza Pinto recién empezaba a delinearse. Básicamente, una amplia explanada que solía ser una polvorienta cancha para jugar fútbol, el escenario de los espectáculos circenses que hacían itinerancia por todas partes o el lugar donde se realizaban las fondas y ramadas en septiembre.

Un poco más hacia el poniente, por la calle Caupolicán, el recinto estación concitaba un incesante trajín en cada arribo del tren o cuando alguna máquina emprendía viaje hacia cualquier destino. Era un hervidero de gentes que circulaban día y noche, pero poco y nada había en el entorno para distraerse.

Por eso, cuando en 1922 se inauguró oficialmente la Laguna Esmeralda, se dio un paso enorme para matizar la bucólica vida citadina de ese tiempo.

Hace exactamente 99 años se llevó a cabo una pomposa ceremonia para entregar ese espacio público a la comunidad local, incluida también la avenida 21 de Mayo.

Todo el lugar es un homenaje a la gesta heroica de Arturo Prat y sus hombres en la rada de Iquique. Aunque ya habían pasado más de cuatro décadas del combate que enfrentó al poderoso Huáscar contra la frágil Esmeralda, en la memoria angelina estaba muy vigente ese episodio bélico que marcó un antes y un después en la Guerra del Pacífico.

Este pequeño cuerpo lacustre no debe su nombre al color de sus aguas: es por la corbeta hundida por los espolonazos del Huáscar. También se instalaron los bustos a héroes de la gesta naval y la avenida de acceso se llama 21 de Mayo.

Como ya se ha reseñado antes, ese punto era una cantera para sacar piedras y arena que había sido abandonada en lo que eran los extramuros de la ciudad en aquellos tiempos (no había ninguna villa ni población).

Algo había que hacer con ese espacio cóncavo. Fue entonces cuando surgió la brillante idea de Alberto Urenda, un militar en retiro que, a la sazón, era regidor y tenía la función de administrar los canales de la ciudad. Así, dispuso que las aguas del canal municipal –que atraviesa justo por el medio de la avenida Ricardo Vicuña– fueran desviadas hacia esa cavidad hasta llenarlo por completo.

El entorno se hermoseó con senderos y árboles. El broche de oro fue el islote en su centro, al cual se llega por ese puente en forma de arco.

En ese acto de 1922 fue un verdadero hito para una ciudad que solía ser bastante mustia. La ceremonia tuvo la presencia de las máximas autoridades de la comuna y los vecinos de Los Ángeles se volcaron a presenciar dicho acontecimiento.

Hubo magnos discursos, hubo mucha pompa y ceremonia, hubo desfiles y la banda del regimiento “Los Ángeles” tocando para la ocasión. Y pronto, las personas convirtieron a la laguna Esmeralda en su lugar predilecto, que se complementó con el estadio municipal construido en esa misma década.

Desde ese espacio se concentraban los distintos grupos que salían con sus murgas y comparsas para celebrar las muy populares fiestas de la primavera.

Durante muchos años, debido a la presencia de carpas de respetables 60 centímetros de largo, fue autorizada la pesca por “constituir una sana entretención; el botín servirá para enriquecer muchas mesas”, según las autoridades de la época.

En los años 60, la municipalidad autorizó una remesa de recursos para la compra de aves que ornamentaran ese mismo sector de la ciudad.

También se recuerda –en esa misma década– la ocasión en que se “quemó” la Laguna Esmeralda porque sus aguas ardieron debido a la filtración de varios cientos de litros de combustible que prendieron frente al inocente acto de botar un cigarrillo encendido.

Evidentemente que ya no se pesca porque no hay fauna de ese tipo y las aves que alguna vez anidaron en la laguna Esmeralda volaron buscando un mejor destino. Tampoco hubo nuevos incendios.

Sin embargo, más allá de las anécdotas, la laguna Esmeralda, de parte de nuestro imaginario angelino, es uno de nuestros elementos más identitarios. Aunque después de esa época de esplendor estuvo por varios años sumida en el descuido y el olvido, en los albores del siglo XXI, la laguna Esmeralda ha vuelto con renovados bríos para retomar su rol como uno de los puntos más icónicos de Los Ángeles.

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