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La pandemia que asoló Los Ángeles y que dio origen al servicio de agua potable

La enfermedad del cólera, que dejó un reguero de muertos por las condiciones insalubres de vida, fue el detonante de la decisión de las autoridades locales para que se contara con este servicio que partió en el hospital.


 Por Juvenal Rivera

11, cólera

El agua potable ha sido responsable de salvar la vida de millones de personas alrededor del mundo. Porque sabemos muy bien que beber el agua directamente de un río o una acequia nos ayuda a saciar la sed, pero también puede transmitirnos patógenos causantes de una amplia gama de enfermedades, especialmente las entéricas.

Al potabilizarla, podemos consumirla – o lavar alimentos, utensilios y ropas – con la certeza que no contraeremos ninguna afección.

Así lo debieron entender las autoridades municipales de Los Ángeles en 1887 cuando daban batalla contra un enemigo invisible e implacable que apenas les daba tregua: el cólera.

En ese año, nuestra capital provincial vivía una situación de extrema gravedad. El cólera era una pandemia (¿le suena la palabra pandemia?) que se expandía por el país como reguero de pólvora y diezmaba a la población local.

Entre ese año y el siguiente, la enfermedad causó más de mil infectados y cerca de 400 muertos. Una cifra verdaderamente aterradora si tomamos en cuenta que la población total de esa época apenas superaba los 4 mil habitantes. Es como si ahora, en pleno siglo XXI, alguna enfermedad produjera 20 mil muertos en la población angelina. Devastador, sin duda.

¡Desde que aparecían los primeros síntomas hasta que la bacteria se llevaba la vida del enfermo podían pasar menos de 48 horas! Algunos de los síntomas eran las diarreas acuosas en exceso, sudoración fría, vómitos, deshidratación y una coloración azulosa de la piel.

Es que el cuadro sanitario local favorecía la enfermedad: buena parte de la población angelina vivía hacinada, en la más completa miseria y precariedad, con agua que se sacaba muchas veces de lugares cenagosos e infectos. Ni siquiera se pensaba en tener agua potable, mucho menos alcantarillado.

Todo ese conjunto dio pie a la tormenta perfecta para que el vibrión del cólera u otras enfermedades similares se expandieran sin mayor contratiempo.

Por eso, hubo claridad que se debían tomar medidas radicales para mejorar las condiciones sanitarias en Los Ángeles, acciones definitivamente extremas para ese tiempo de nuestra historia local.

De hecho, ante la certeza que el cólera aparecería más temprano que tarde, las primeras determinaciones se adoptaron incluso antes de la aparición de los primeros casos. Es que se tenían noticias de que la enfermedad había llegado al país desde Argentina, se expandía con rapidez hacia el norte y sur y que los muertos de contaban por millares.

En la sesión municipal del 22 de diciembre de 1886, intendente (alcalde) de Los Ángeles, el abogado Ricardo Vicuña (de ahí el nombre de la avenida principal de la ciudad) tomó varios e importantes acuerdos sanitarios. El principal de ellos fue contar con acequias de desagüe “que consulten la limpieza e higiene de la ciudad con motivo de la proximidad de la epidemia del cólera”.

Una comisión de vigilancia y salubridad, creada a propósito de lo mismo y presidida por el doctor Manuel Cócio (hay una calle que lleva su nombre), apuntó en una línea similar. En un informe de la instancia, se propuso usar las aguas del canal Cholguagüe – que pasa por la avenida Ricardo Vicuña-, para crear acequias que atraviesen la parte urbana, de sur a norte, hasta desembocar en el estero Quilque “donde reunidas todas las inmundicias, (éstas) serían arrastradas a mucha distancia para servir de abono y vigor a los campos, en lugar de quedarse aquí, siendo la causa próxima de la destrucción i (sic) muerte de sus habitantes”.

A partir de esas propuestas, en 1887, la municipalidad de Los Ángeles dio el primer paso: compró los derechos de agua del canal Cholguagüe a Narciso Anguita, quien lo usaba para regar sus campos al poniente de la villa y que surtían al canal municipal que atravesaba por la avenida Ricardo Vicuña.

Cinco años después, en 1892, el gobierno se interesó en la iniciativa de instalar una red de agua potable, a partir de lo aportado por el recurso del canal Cholguagüe. Sin embargo, debieron pasar otros tres años para que se comenzara a materializar ese interés. Entre 1895 y 1898, con fondos estatales y municipales, se contrataron los trabajos que estuvieron a cargo del constructor Santiago Winnes.

El alcalde de ese tiempo era Rosendo Matus y tuvo especial participación el médico angelino Virginio Gómez, el mismo que años después fuera fundamental para echar las bases de lo que sería la Universidad de Concepción y el Hospital de la capital penquista.

Después de una serie de demoras y contratiempos, el primer recinto que tuvo agua potable en el área urbana de Los Ángeles fue el hospital, lo que se produjo recién en 1907. Un año después, el servicio – que estaba en manos de particulares -, fue comprado por el fisco.

El complemento, el sistema de alcantarillado, se tardó un poco más pero ya en 1921 ya estaba operativo, también partiendo en el recinto asistencial.

De ahí en más – y con epidemias cíclicas de cólera, viruela, tos convulsiva, tifus exantémico y gripe -, debió pasar prácticamente todo el siglo XX para que la ciudad de Los Ángeles contara con casi la totalidad de sus viviendas conectadas al servicio de agua potable y alcantarillado, incluida una planta tratadora de aguas servidas.

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