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Los misterios del "Coke Matute" de Los Ángeles

Son varios los casos de desapariciones sin resolver en los últimos años. Sin embargo, uno de los más enigmáticos es de un estudiante de 19 años sobre el cual se perdió toda pista a fines de mayo de 1998.


 Por Juvenal Rivera

HBB, Edgardo Cid Neira

En el sitio web de la Policía de Investigaciones (PDI), los rostros de Juan Diego Aguayo Díaz y Karen Elizabeth Sepúlveda Venegas forman parte del centenar de imágenes de personas desaparecidas desde 1994 hasta la fecha.

Él trabajaba y estudiaba en Copiapó pero ese 1 de agosto de 2014 estaba de visita en la casa de sus familiares en Los Ángeles. Cerca de la 1 de la tarde, tomó su mochila, dijo que iría a comprar al centro y que llegaría temprano. Desde ahí, no volvió a ser visto.

Ella, que tenía residencia en la capital provincial, el 25 de enero 2019 viajó hasta el sector de Las Chilcas, en el parque nacional Laguna del Laja, al interior de la comuna de Antuco. Aunque hubo operativos de búsqueda, tampoco ha vuelto a ser vista.

Aunque no está entre los casos de la lista de la policía civil, hubo un caso anterior. Es el de Jacinto Arriagada Acuña, un hombre de 73 años del cual se perdió todo rastro el 18 de septiembre de 2000. Él salió con su yerno a las ramadas que estaban en la esquina de la calle Colo Colo con la avenida Los Ángeles. En un momento determinado, dijo que iría a los baños habilitados en el recinto pero nunca volvió. Aunque fue secado el estero Quilque en un par de ocasiones, su cuerpo no fue habido. Años más tarde, ante la falta de datos sobre su paradero, se tramitó su muerte presunta.

Sin embargo, hay un caso anterior que, a más de dos décadas, sigue sin resolverse.

Mucho antes del caso de Jorge Matute, desaparecido después de ir a una discoteque – cuyo cuerpo fue encontrado años más tarde – hubo otro estudiante de Los Ángeles del cual se perdió todo rastro, que también era muy joven y sobre el cual se tendió el manto más oscuro respecto de lo que sucedió.

Se trata de Edgardo Cid Neira, alumno de la carrera de pedagogía de la sede Los Ángeles de la Universidad de Concepción. Fue justamente un 25 de mayo de 1998 que se perdió todo rastro de él. Fue visto por última vez en las cercanías de la laguna Esmeralda, a unas pocas cuadras de donde vivía, y desde ahí nunca más se supo nada de su paradero. Absolutamente nada. Si quizás está muerto, que adónde pueda estar su cuerpo, si tal vez se suicidó, si acaso fue un asesinato tan bien planificado que pudo ser el crimen perfecto, en que sus responsables caminan libres por las calles.

Lo más sospechoso es que la última persona que lo vio con vida fue encontrada muerta en el ahora desaparecido recinto Estación. Estaba tendido sobre una ruma de aserrín. El mismo día del hallazgo del cadáver, esa persona debía declarar en la Policía de Investigaciones por la desaparición de Edgardo Cid.

Sin embargo, en ese tiempo sólo se consiguió un exiguo puñado de pistas, un gran cúmulo de dudas y una enorme cantidad de conjeturas. Nada aportó a saber el paradero del joven. Nada, hasta ahora.

Edgardo tenía 19 años en la fecha de su desaparición. Vivía con sus padres en uno de los dos pasajes de la población Nueva Estrella, por la calle Camilo Henríquez, a 10 minutos del centro de la ciudad.

Ya oscurecía ese lunes 25 de mayo de 1998 y Edgardo no llegada a su casa. Debía volver de la universidad, donde estuvo en clases durante la mañana. Pronto comenzó la inquietud entre sus más cercanos. A las pocas horas, su familia interpuso una denuncia por presunta desgracia en Carabineros.

El único dato que llegó es que fue visto con su amigo Emir Rivas, un contador a cargo de un fundo ubicado en las cercanías de la ciudad. Se conocían de antes y Cid le ayudaba en labores de contabilidad.

Según se supo, la última vez que el joven desaparecido fue visto con vida estaba con un amigo de Mulchén, cerca de la laguna. Ahí vio a Rivas y abordó la camioneta que éste conducía.

La indagación tomó un matiz completamente distinto cuando el contador, citado a declarar el 16 de junio, apareció muerto ese mismo día. Unos niños que jugaban en el lugar avisaron que había un hombre tirado en ese lugar, donde ahora se encuentra el estacionamiento descubierto del supermercado Jumbo.

Sin embargo, la patrulla de Carabineros que llegó al lugar actuó de manera desprolija, según se supo después. Asumiendo que podría ser otro caso de suicidio, ingresó con el vehículo hasta el mismo lugar del hallazgo. Movieron el cuerpo y revisaron las pertenencias. Para la investigación posterior, lo hecho fue fatal. Alteraron el sitio del suceso. Si entraron otros vehículos antes, el furgón de Carabineros borró las huellas. Lo mismo cuando movieron el cadáver.

Con el tiempo, se supo que el hombre murió al beber un poderoso pesticida. En la duda quedó si fue ingerido de manera voluntaria o fue forzado. Sobre lo que pudo decir a la policía sobre el paradero de Edgardo, obviamente eso nunca se pudo saber.

El hallazgo del cadáver de Emir Rivas, el último hombre que vio con vida a Edgardo Cid, activó las alertas en la policía. Debido a como era el antiguo sistema de justicia, la causa – radicada en el Tercer Juzgado del Crimen de Los Ángeles – ambas policías tuvieron la orden de indagar. Se repitieron los interrogatorios y se redobló la búsqueda de nuevas pistas. Se siguieron varios hilos de investigación, incluso algunos muy descabellados, que no llevaron a ningún término.

Incluso, a julio de 1998, medio centenar de efectivos de Carabineros rastreó el fundo donde trabajaba Emir Rivas. Hurgaron por todas partes. Aunque no se dijo de manera explícita, se buscaban indicios de una inhumación ilegal, es decir, un lugar en que el cuerpo de Edgardo pudiera estar sepultado. Buscaban una sección de suelo removido, alguna sección de pasto faltante, algo que pudiera dar una pista. Después de todo un día de labores, los efectivos policiales se fueron a sus cuarteles con las manos vacías. 

Debido a la falta de nuevas pistas, el Tercer Juzgado del Crimen de Los Ángeles sobreseyó la investigación, es decir, no continuó con las indagaciones.

El 6 de noviembre de 2000, Miriam Neira, madre de Edgardo Cid, a través de los medios de prensa de la época, abogó por reabrir la causa y retomar las diligencias para ubicarlo. La mujer argumentó que todos los esfuerzos realizados para saber qué pasó con su hijo habían resultado infructuosos e indicó que las indagaciones que la policía realizaba en el caso habían cesado.

Esa fue la última vez que la desaparición del estudiante universitario tuvo cobertura de prensa. La desidia y la falta de voluntad echaron el caso al olvido casi definitivo.

Los vecinos dicen que el matrimonio cambió y de manera profunda. Los padres de Edgardo Cid Neira – Damián y Miriam – nunca pudieron disimular el profundo dolor por la desaparición de su hijo. A ambos se les veía caminar siempre juntos, tomados del brazo, por las calles de la población. A pasos breves y lentos. Con un reflejo de una profunda tristeza en su mirada.

Dicen que la pieza del hijo ausente la mantuvieron intacta por muchos años, como esperando su arribo en cualquier momento. Dicen que aunque iban a menudo a la policía a preguntar por novedades, cada vez volvían más descorazonados por la falta de respuestas.

En los primeros días de diciembre de 2014, don Damián falleció. Fue un infarto masivo y fulminante. Los vecinos de la cuadra concurrieron masivamente a decirle adiós. Dicen que su corazón no tuvo nunca el descanso por no saber de su hijo.

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