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La historia del restaurant que iba a abrir un día antes que se declarara la pandemia

El proyecto gastronómico solo ha funcionado 10 días cuando se permitió el funcionamiento en noviembre. Los socios reclaman contra las medidas impuestas para ese rubro desde el nivel central.


 Por Juvenal Rivera

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Durante varios años, Ramón Benítez y Sergio Cresta urdieron una propuesta gastronómica diferente para Los Ángeles que emulara ideas similares que son muy habituales en la capital. Le dieron varias vueltas al asunto, a partir de una experiencia anterior en que aprendieron lo necesario para asegurar un resultado exitoso.

Buscaron un buen lugar, que fuera amplio y cómodo y con espacios para que los comensales pudieran estacionar sus vehículos con seguridad.

En ese proceso, encontraron una casona construida de la primera mitad del siglo pasado, que se ubicaba por el camino a Antuco, a la altura del kilómetro 1,5. La edificación fue reacondicionada de común acuerdo con los propietarios para convertirla en lo que buscaban: un restaurant.

Se llamaría La Vara y el fuerte serían las carnes premium. La idea sería que los comensales pudieran no solo disfrutar las preparaciones, sino que hacer una sobremesa en un espacio cómodo y agradable.

Las demoras en la construcción y en la obtención de los permisos sanitarios fueron dilatando la puesta en marcha del local pero el 17 de marzo – ya resueltas todas las dilaciones – sería la gran inauguración.

Estaba todo listo, el personal contratado y preparado en los meses previos y una carta a tono con el perfil del establecimiento. Un total de 18 trabajadores estaba en sus funciones, entre cocineros, ayudantes y garzones, pero los socios decidieron esperar un día. Circulaban rumores que se aplicarían algunas medidas restrictivas debido a la aparición de los primeros casos de coronavirus en suelo nacional.

Sin embargo, la inauguración no se produjo ni ese día, ni la semana siguiente, ni siquiera en el mes que venía. Todo porque ese miércoles 18 de marzo, el Presidente Sebastián Piñera decretaba estado de excepción constitucional a consecuencia del Covid-19. Una de sus primeras determinaciones fue el cierre de la atención a público de restaurantes, cafeterías y bares en todo el país. Entre ellos, el local de Ramón Benítez y Sergio Cresta que tenía todo listo para a abrir en esa jornada.

“Llevábamos tres años de trabajo e íbamos a abrir justo ese día pero nos dicen que no se puede hacer. Desde ese entonces, tuvimos que congelar el proyecto y batirnos como pudiéramos”, cuenta Ramón desde el otro lado de la línea telefónica.

Tres años de trabajo quedaron pendiendo de un hilo. Todo el tiempo de trabajo, dedicación y estudio para sacar adelante ese emprendimiento se postergaron hasta una fecha indefinida. Y todo eso sin contar con la fuerte inversión necesaria para levantar un negocio de ese tipo.

Intentaron con reparto a domicilio pero la distancia al centro de la ciudad y los costos asociados no lo tornaban rentable. Ni pensar en aplicaciones de delivery, cuyos elevados costos obligan a traspasarlos a los clientes, lo que los torna poco competitivos.

Siete meses debieron pasar para abrir, por fin. Fue a mediados de octubre cuando Los Ángeles entró en fase tres y se pudo atender público en la terraza. Después se otorgó la dispensa para hacerlo con un aforo reducido a un 25% dentro del recinto. “Nos preparamos y abrimos. Estuvimos 10 días funcionando y nos fue muy bien. Pusimos un teléfono de contacto en nuestro Instagram y tuvimos muchas peticiones de reservas que no dábamos abasto”.

“Nos ha pegado y nos ha pegado fuerte”, se lamenta Ramón Benítez mientras media sobre seguir poniéndole. También se queja amargamente que los restaurantes en Los Ángeles pudieron abrir sus puertas mucho antes pero que los criterios sanitarios recién se flexibilizaron para recibir público cuando la situación se trasladó a la capital.

El caso del restaurant La Vara fue uno incluido dentro de la veintena de recintos similares de la comuna de Los Ángeles en el recurso de protección interpuesto en contra del Ministerio de Salud por la decisión de cerrar los establecimientos.

Historias que se repiten sobre compromisos bancarios por pagar, sobre arriendos pendientes, sobre trabajadores que debieron despedir para quedarse solo con el mínimo para seguir operando pero a muy baja capacidad.

Pese a todo, los socios de La Vara – como muchos de sus colegas han seguido dando irrestricto cumplimiento a la carga impositiva propia del giro, al pago de las patentes municipales y otras obligaciones similares.

Sin embargo, deben asumir el pago del arriendo, de los gastos y de todo lo que significa mantener un recinto de esa naturaleza que, si se prolonga la restricción de funcionamiento, simplemente no será viable.

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