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La historia de don Raúl: el hombre que trabajó casi 40 años en Casa García

Empezó como junior en 1981 y de a poco fue ascendiendo hasta llegar a ser jefe de sección. Ahora, después de la petición de liquidación (quiebra) voluntaria de la empresa, se siente engañado por entregar una vida de trabajo sin tener la certeza que le pagarán lo adeudado.


 Por Juvenal Rivera

Casa Garcia trabajadores (54)

Como siempre, don Raúl Campos llegó ayer antes de las 10 de la mañana a la esquina de calles Rengo con Colón, en el corazón de la ciudad de Los Ángeles, a las puertas de Casa García.

Lo de ayer fue lo que ha venido haciendo desde aquel día de 1981 cuando, con solo 21 años, empezó a trabajar en la tienda como junior y que, paso a paso, fue escalando hasta llegar a ser jefe de sección de telas y géneros.

Su presencia en esa área era prenda de garantía de una buena atención, de la búsqueda precisa, de un apoyo perfecto cuando se trataba de bucear en lo más indicado para confeccionar tal o cual prenda. 

Y, como siempre, ahí estaba, impecablemente vestido: una chaqueta de buena factura, pantalones y zapatos al tono y, como broche de oro, un pañuelo seda de vivos colores en la solapa. Elegancia y distinción.

Pero esta vez, a diferencia de lo que fue su trabajo por casi cuatro décadas en la tradicional tienda de nuestra capital provincial no estuvo en el establecimiento para atender a la clientela que acudía a consultarle por el tema de su especialidad.

Don Raúl, o don Raulito como le dicen sus compañeros de labores, esta vez fue uno de los más de 30 empleados de Casa García que llegó a trabajar porque se le terminaba la suspensión temporal del contrato. Como él y sus colegas no pudieron entrar a reasumir sus funciones, rápidamente comenzaron a manifestarse con lienzos, silbatos y pancartas.

De hecho, el mismo tomó el extremo del lienzo en que se reclamaba en contra de la desprotección en que los dejó la tienda, luego que a ésta se le acogiera la petición de liquidación (quiebra) voluntaria, al reconocer deudas por más de 5 mil 360 millones de pesos con sus acreedores, de los cuales se encuentran parientes y sociedades relacionadas con la familia controladora del negocio.

Fue uno de los que gritó con más entusiasmo cuando se le recriminaba a sus empleadores que “no dieran la cara” cuando se tomó la determinación de solicitar la quiebra de la empresa, sin que se les informara a tiempo y sin que se les resolvieran las cuentas pendientes, como cotizaciones previsionales, indemnizaciones por años de servicios, vacaciones proporcionales, entre otros derechos laborales.

“Todos llegamos como teníamos que presentarnos. Y nos dijeron que podíamos entrar pero sin trabajar. Hasta ahora, no tenemos ninguna notificación que estamos suspendidos o de lo que sucede con nosotros”, explica en medio de tráfago de la manifestación.

Es que se siente engañado y a la deriva. Se siente en la incertidumbre sobre su futuro laboral. Es que como el mismo lo señala, al igual de varios de sus colegas, dedicó su vida a la empresa, misma a la cual consideraba una verdadera familia. “Era una familia, de verdad que era una familia. Cuando estaba don Paco (Francisco Abad, fallecido en 2004) siempre se preocupaba de todo, siempre resolvía los problemas”.

De hecho, el mismo admite que confiaba en que volverían a sus funciones porque eso fue lo que se les dijo cuando debieron acogerse a la suspensión temporal del contrato, desde mayo pasado. “Nos traicionaron, nos engañaron. Sabíamos que la empresa se tambaleaba pero siempre se ponía en pie. Sin embargo, los malos manejos venían de mucho antes. Lamentablemente, confiamos en ellos y pensábamos que íbamos a volver. La última vez que nos reunimos, nos dijeron que nos mandarían a la casa por la caída de las ventas, que somos una familia, que nos cuidáramos y que volveríamos”, dice con un dejo de emoción en su mirada.

La historia de don Raúl es la de muchos trabajadores de la tienda. O como de la señora Erna que empezó a principio de los años ’70 cuando apenas tenía 16 años. Ella igual estaba ahí, protestando con sus colegas. O de Luis, que ya superaba las cuatro décadas en la empresa. O de Roxana que bordeaba los 30 años de labores. Son 45 en total en Los Ángeles. En Chillán y Concepción suman otras 30 personas.

Como varios de ellos, don Raúl partió desde abajo. Después de ser junior, pasó a ser bodeguero. Más tarde fue ayudante de vendedor, vendedor hasta ser jefe de sección en telas y géneros. En el último tiempo, estaba en el área de muebles y hogar.

En sus casi 40 años de labores, él siempre estaba en pie a las 8,30 y llegaba por lo menos con 15 minutos de antelación a su trabajo. Se iba y se volvía caminando porque vive cerca del centro de la ciudad, en la población Domingo Contreras Gómez.

Fue testigo de la época de esplendor de la tienda cuando se expandió a Chillán y Concepción en un hecho inédito para una empresa local. En todos sus años de labores, solo dos veces presentó licencia médica, una vez por un accidente laboral y otra vez por estrés. “Nunca les di una preocupación y siempre que nos pedían ayuda o alguna colaboración, todos siempre estábamos. Éramos una familia”, insiste.

Ahora protesta no solo lo que le deben en años de trabajo. También porque no tiene previsión de salud, cuestión que lo tiene angustiado: su mujer tiene una enfermedad inmune y aunque se le descontaron los aportes de salud, no se pagaron a Fonasa. Si necesita una hora de atención médica, no podrá pagarla.

Además, su seguro de cesantía está vacío y la posibilidad que les paguen lo adeudado ahora es parte de un enrevesado proceso legal que puede tomar demasiado tiempo en resolverse.

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