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Breve historia del cine en Los Ángeles

Fue un 28 de mayo cuando la ciudad tuvo su primer espacio para la exhibición de películas y, que en principio fueran mudas y en blanco y negro, su puesta en marcha fue un verdadero acontecimiento para los habitantes de esa época. Después se sumaron más salas de exhibiciones, como el Cine Imperio o el Cine Municipal.


 Por Juvenal Rivera

10-1, Casa de la Cultura

La llegada de la magia del cine en Los Ángeles fue todo un acontecimiento que se remonta a la segunda década del siglo XX, el cual llegó a ser, por muchos años, una de las mayores distracciones para los residentes de la pequeña ciudad en ese tiempo.

Todo partió un 28 de mayo de 1922 – dos días después del aniversario comunal número 183 – cuando se puso en marcha la primera sala de exhibiciones en nuestra capital provincial: fue el Cine Splendid.

Estuvo ubicado en la esquina sur-poniente de las calles Colo Colo con Colón, donde ahora funciona una entidad bancaria, en pleno centro de la ciudad. Quedaba justo al lado de la pastelería de la señora Melania Osorio, quien era propietaria de ambos establecimientos.

De acuerdo a lo que consigna el diario El Siglo, el recinto tenía una muy respetable capacidad de público que superaba las mil 500 personas. Se distribuía de la siguiente manera: 300 personas en platea, 500 en balcón, 700 en galería y 18 palcos. La película inaugural fue la serie “UFH” de Berlín.

En ese tiempo se pasaban películas mudas, amenizadas con el sonido de un piano marca Bogs Voigt. Un dato a tener en cuenta: cuando se exhibían los filmes, se hacía acompañar con la música de un disco, el cual se accionaba con extremo cuidado para hacer coincidir la imagen con el sonido.

Pese a todo, en la misma publicación del diario El Siglo se advertían serias dudas acerca de la calidad de la construcción del cine. Sin embargo, eventos de amplia convocatoria, como la fiesta de la primavera realizada en octubre de ese año y la presentación del líder del radicalismo, Enrique Mc Iver, descartaron esas aprensiones.

Pero no solo se usó para exhibir películas. También fue el escenario habitual de presentaciones de compañías teatrales que recorrían el país presentando obras como “Dantón”, “Carmen”, “La Bota del Invasor”, “Los Tres Mosqueteros” y “Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis”.

Incluso, en ese primer año de funcionamiento hubo espacio para recitales poéticos, como el realizado por el vate Daniel de la Vega, que hacía itinerancia mostrando sus creaciones poéticas.

El cine Splendid fue el primero de una serie de recintos de la misma naturaleza que se fueron sumando con el tiempo y que buscan llevar un poco de diversión para las bucólicas jornadas de la pequeña ciudad de ese tiempo.

Además, fueron un signo de modernidad que se sumaba a otros hitos de su época, como la aparición de los primeros vehículos que circulaban por las calles de la ciudad o los primeros aviones que surcaban los cielos. De hecho, en esos mismos años, uno de esos aparatos voladores aterrizó en la calle Almirante Latorre, causando una enorme expectación ciudadana.

Pero volviendo a los cines, en 1934 se puso en marcha en Cine Aranguren y Doren, por la calle Rengo, el mismo que años después pasó a ser conocido como cine Imperio.

En el año 1938 se agregó el recinto del Teatro Municipal, contiguo al edificio donde funcionó la municipalidad, por calle Caupolicán.

Por décadas, fue el principal recinto para la exhibición de películas y para llevar a cabo todo tipo de manifestaciones masivas.

Se inauguró también para el aniversario comunal – en mayo de ese año – en un proyecto llevado adelante por el arquitecto Nivaldo Álamos y se complementó con el edificio Bernardo O’Higgins que, durante 40 años sirvió para el funcionamiento de la alcaldía.

Fue usado como sala de cine pero también fue empleado como escenario para las presentaciones artísticas del más diverso tipo, así como licenciaturas y celebraciones. Cientos de solistas y agrupaciones mostraron su arte en ese lugar y miles de estudiantes recibieron el diploma por haber aprobado un curso.

Era el escenario ideal debido también a su privilegiada ubicación, a un par de pasos de la plaza de armas de la ciudad.

Aunque hubo una época en que estuvo de capa caída, en los años ’80 fue remozada completamente para que recuperara el fulgor de décadas pasadas. De hecho, ese esfuerzo fue reconocido en su momento ya que el recinto lleva el nombre de Ricardo Acuña Casas, el jefe comunal que promovió su recuperación y que falleció en un accidente de tránsito en Concepción.

El terremoto del 27 de febrero de 2010 la averió severamente. Sin embargo, la edificación se mantiene en pie a la espera de los recursos que permitan su restauración para que así vuelva a su época de esplendor.

CINE MUNICIPAL

La primera idea de un nuevo cine para Los Ángeles surgió a principio de los años ’60. Se pensó la calle Tucapel, casi al llegar a Villagrán, como parte de central dentro de un conjunto de locales comerciales. Sin embargo, la idea fue desechada a poco andar. Después, la municipalidad buscó y buscó hasta que encontró un terreno apto en calle Colo Colo con Valdivia. En ese lugar había un gimnasio a mal traer, donde antes hubo una casa de adobe derribada por el terremoto de 1960.

En 1967, el municipio de Los Ángeles aprobó los recursos para comprar el terreno e iniciar las obras.

Los planos se encargaron al arquitecto Ronald Ramm, quien fuera uno de los arquitectos más importantes en la historia de Los Ángeles en la segunda mitad del siglo pasado.

Ramm, uno de los diseñadores del hermoso proyecto de la Universidad Austral en Valdivia, acababa de terminar de diseñar y armar las primeras instalaciones de otra sede universitaria: el campus Los Ángeles de la Universidad de Concepción.

Fue este profesional quien concibió el espacio no solo como un cine con una sala de 800 butacas, sino que también incluyó una galería comercial anexa y un museo en el segundo piso.

Las faenas comenzaron a principios de los ’70. Aunque el Golpe de Estado trastocó la gestión del municipio, las obras se retomaron en breve. Sin embargo, debieron pasar más de tres años para culminar las terminaciones, labor en la que Ronald Ramm se preocupó hasta de los más pequeños detalles, como la cobertura de las butacas.

Se inauguró un 26 de mayo de 1976 con una ceremonia inaugural en que quedó claro su perfil: dar cabida a todo tipo de manifestaciones.

Ese día Los Ángeles celebraba su cumpleaños nro. 237. Para la jornada se programaron tres eventos, sí, escuchó bien. Tres eventos. Y todos muy diferentes entre sí, lo que anticiparía el uso variopinto de este recinto.

Primero fue la presentación del conjunto folclórico Amancay. Más tarde, se llevó a cabo un encuentro de pastores evangélicos. El cierre de ese día fue la presentación de la película “A star ir born” (Nace una estrella) que protagonizaba Barbra Streisand. Ese film tuvo una gran novedad para su tiempo: su exhibición ocurrió solo unos meses después de su estreno mundial, algo muy poco inusual para la ciudad de Los Ángeles de los años ’70. Lo común era que las películas llegaran a la cartelera local un par de años después de su primera exhibición.

Con esas presentaciones, se dio el vamos a un proyecto cuando se concebía como relevante contar con salas para cine y espectáculos diversos, no solo para el ocio y el esparcimiento sino como punto de reunión social.

Y, como suele suceder, aunque hubo gran interés inicial, las películas desfasadas y de muy dudosa calidad, además de la falta de mantención del recinto, ocasionaron un progresivo alejamiento del público. Su cierre definitivo fue a principios de la década pasada. Además, el museo del segundo piso fue sacado de ese lugar a principio de los ’90 y llevado al edificio Bernardo O’Higgins, ahora bajo el nombre de Museo de la Alta Frontera. Su lugar es ocupado por oficinas de la Dirección Comunal de Educación.

Sin embargo, mientras decaían los espectadores al cine, el teatro municipal empezó a usarse para todo tipo de eventos, desde licenciaturas de octavos básicos y los cuartos medios hasta reconocidas obras de teatro y grandes espectáculos musicales.

Ello se vio complementado con las mejoras en iluminación y sonido, además que – por fin – tuviera calefacción en la época invernal.

Al cabo, el Teatro Municipal sigue plenamente activo y vigente, y aunque la emergencia sanitaria del coronavirus lo mantiene cerrado hasta la fecha, sus butacas están esperando a la audiencia de alguna licenciatura o espectáculo de danza, música o teatro.

COMBINADOR

Justamente, en la época en que funcionaban el Cine Municipal y el Cine Imperio, tuvo su origen a un oficio extinto y olvidado: el combinador. ¿Qué hacía? Era la persona que tenía la misión de llevar los rollos de película de un cine a otro. Así es. Aunque usted no lo crea, la misma película se exhibía con una diferencia de poco más de media hora gracia a la labor del combinador.

La persona debía tomar el rollo cuando ya había sido exhibido, rebobinarlo  y correr al otro cine donde era puesto para su exhibición. Una película de extensión regular podría implicar el uso de cinco o seis rollos, cada uno de los cuales era llevado al recinto similar por esa persona – generalmente un joven con mucha disposición – en un oficio llamado el combinador.

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