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A 24 años del brutal asesinato durante la celebración del Carmen en Cerro Colorado

HISTORIAS DE BIOBÍO. Los detalles del crimen que remeció a la zona campesina de Cerro Colorado, al nororiente de Los Ángeles, que fue dilucidado por simple casualidad.


 Por Juvenal Rivera

HBB, detención del homicida de Juan Muñoz Muñoz

Juana del Rosario Muñoz Muñoz, de 20 años, había salido a las 7:30 de su modesto hogar en el sector de Cerro Colorado, zona nororiente de Los Ángeles. Como era su costumbre, se despidió de su madre con un fuerte abrazo, tomó su bicicleta y se digirió al camino vecinal para trasladarse a su lugar de trabajo.

Sin embargo, nunca llegó a su empleo donde era una de las varias temporeras en el fundo El Peñasco, a unos tres kilómetros de su hogar.

Era martes 16 de julio de 1996. Debieron pasar dos días para que apareciera. La encontraron unos niños, ya sin vida. Aunque a poco de no tenerse información sobre su paradero ya la estaban buscando por todas partes, su cadáver estaba a unos 50 metros del camino vecinal, en un lugar que antes fue recorrido en búsqueda de sus pasos.

Una ligera mancha de sangre en la parte anterior de la cabeza, justo en la nuca, advertía que un violento golpe, propinado con un palo o una piedra, le había quitado la vida.

El crimen causó conmoción en un sector siempre tranquilo de Los Ángeles. Antes que Cerro Colorado se poblara de parcelas de agrado con viviendas de alto valor, esa zona se caracterizaba por marcar el ritmo cansino de las labores agrícolas que sólo se alteraban con el frenesí en la época de cosechas.

Sin embargo, a mediados de julio, todo suele ser calmo. Los días son húmedos, fríos y breves. Como cada 16 de julio, en el campo se suele celebrar el día de la Virgen del Carmen.

Pero ese día, Juana Muñoz debía ir a trabajar. Por eso, se levantó temprano, desayunó y se despidió de su madre de un fuerte abrazo, como lo hacía siempre.

Lo que nadie esperaba es que a poco de llegar al fundo donde trabajaba, sería abordada por la muerte. Una muerte que tomó la forma en un tipo delgado, de baja estatura, de bigote bien cuidado que trabajaba como lechero en un fundo cercano. No se sabe si bajo engaños o amenazas, la llevó hasta un potrero y ahí la trató de ultrajar. Todo terminó cuando la asesinó de un violento golpe en la cabeza.

La demora en esclarecer el homicidio dio origen a todo tipo de conjeturas y especulaciones. Pese a que los efectivos de Carabineros y de la Policía de Investigaciones se desplegaron en el lugar para ubicar a posibles sospechosos, todos tenían coartadas que los eximían de cualquier duda.

El tiempo pasaba y las conjeturas crecían como la espuma. El miedo se apoderó de los residentes que redoblaron la seguridad en sus hogares para evitar a ese asesino que debía andar suelto por ahí, al acecho, a la espera de su próxima víctima.

Y, de cierta forma, esas aprensiones tenían algo de cierto.

EL NÍSPERO

Porque debieron pasar más de siete meses para que la casualidad permitiera encontrar al homicida. En el entorno del santuario de Schoenstatt, antes que ese sector de Los Ángeles se poblara de villas y viviendas para la clase media, era bastante normal que las parejas fueran a ese lugar en búsqueda de intimidad. Una de ellas fue abordada por un sujeto que actuó con extrema violencia. Los amarró a ambos y justo cuando se disponía a ultrajar a la joven, su pareja pudo liberarse de las ataduras y arremeter en contra de su agresor que huyó por la avenida Sor Vicenta.

Providencialmente, la pareja de pololos se encontró en la avenida Sor Vicenta con un furgón policial (cuando eran negros y blancos) y con los efectivos de Carabineros, emprendieron la búsqueda del responsable del brutal ataque.

Juan Carlos Valdebenito Tapia. Así fue identificado el sospechoso de atacar a la pareja aunque era más conocido por su apodo: “el Níspero”.

Pronto, en los interrogatorios posteriores, vendría una serie de confesiones que enmudecieron a sus interrogadores. Poco a poco admitió ser el autor de varios ataques sexuales, principalmente a mujeres que iban solas por la calle. Al menos tres víctimas lo reconocieron en los careos de rigor.

En medio de todas las confesiones, el Níspero admitió el homicidio de Juana Muñoz Muñoz, a quien ubicaba porque la veía pasar a diario por el camino vecinal cuando ella iba a su trabajo. Detalló a sus interrogadores que esa mañana del 16 de julio, la saludó como siempre y decidió abordarla. Estaba esperando la ocasión y ese día fue propicio.

Tenía decidido abusar de ella pero en la refriega, la hirió de tal gravedad que la joven cayó muerta en el mismo lugar.

La captura de este depredador sexual permitió poner coto a la serie de ultrajes que estaban ocurriendo en el sector norponiente de Los Ángeles.

A poco de ocurrido el crimen de Juana Muñoz Muñoz, la tradición popular hizo su parte, incluso antes que se capturara a su asesino. En el mismo lugar donde fue encontrado su cadáver, su familia erigió un recordatorio que pronto se convirtió en sitio de peregrinación para habitantes del sector. Incluso, por las placas de agradecimiento, hasta se le atribuyen intercesiones milagrosas.

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