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La dura vida de los hermanos adultos mayores que viven en la más completa pobreza

Celedonio y Blanca viven en condiciones infrahumanas en una casa que nos los protege ni del frío ni la lluvia, que no tienen ni luz ni agua y que, en la etapa final de sus días, deben subsistir a duras penas gracias a la caridad de sus vecinos en la zona de Cerro Colorado.


 Por Juvenal Rivera

61, don Celedonio

Cuesta creer que en pleno siglo XXI hayan personas mayores viviendo en condiciones tan deplorables, tan precarias, tan inmensamente dolorosas.

Vivir así no es vida, acaso solo termina siendo una forma de sobrevivencia para muchas personas de la tercera edad que, en las postrimerías de su tiempo, deben resignarse a una penosa, triste y dolorosa condición.

Es lo que sucede con Celedonio y Blanca Pino, una pareja de hermanos que está residiendo en el sector San José, por el camino a Cerro Colorado, unos 20 kilómetros al oriente de la ciudad de Los Ángeles.

No es fácil llegar a donde ellos. En esa intrincada red de caminos que se forma en esa parte de la comuna, hay que conocer muy bien el sendero que llevará al lugar donde estos adultos mayores están pasando sus días.

Según sus vecinos, hace poco más de un año que llegaron a vivir en el lugar. Se ubicaron en una casa – si es que acaso merece llamarse así – donde el frío se cuela por todos los rincones, durmiendo en camas siempre frías y húmedas.

Es cuestión de imaginarse lo que debe ser tratar de dormir ahí cuando los días – y especialmente las noches – marcan temperaturas que bordean los cero grados.

Es cuestión de imaginarse los días lluviosos con esa lluvia espesa y opaca del sur que traspasa a esta casa sin cobijo alguno.

A este lugar que no tiene electricidad, en que algo tan básico como el agua potable, no existe y simplemente queda la opción última de irla a buscar en baldes a un canal cercano. A una casa que tiene un piso de tablas rotas y enmohecidas de tanto frío y humedad.

No tienen cocina. No como la cocina que conocemos, esa con quemadores, horno y otros avances. Sus alimentos se los preparan en una fogata que deben prenden afuera de la casa, a toda intemperie. Claro, siempre que no llueva porque eso apaga las llamas.

Ni hablar de refrigerador si ni siquiera electricidad tienen. Sus alimentos los almacenan en baldes que cuelgan dentro de la propia casa. No tuvieron más alternativa para evitar que los ratones se llevaran o contaminaran su comida.

Pese a toda esa precariedad, a tanta carencia, a esas necesidades que parecen infinitas, don Celedonio – don Chelo para su vecindario – no es tímido. Siempre conversa, siempre chispeante, siempre atento.

En ese piso húmedo y ruinoso, posa sus pies, solo cubiertos por un par de calcetines gruesos, de lana. ¿Y por qué no usa zapatos? Con su buen humor de siempre, dice que aunque tiene, no los quiere gastar. Solo los usa cuando debe venir a Los Ángeles. También tiene botas pero las emplea para ir a trabajar en algún “pololito” ocasional que le sirve para complementar la pensión de subsistencia. Dice que lo hace por hacer economía, para no gastar.

Celedonio y Blanca subsisten gracias a la caridad de los vecinos, al apoyo de personas de buena voluntad que, de cuando en cuando, les entregan algo de comida, un poco de ropa y, tan importante como eso, les proporcionan también compañía.

Yasna Morales vive en Mortandad, no muy lejos de donde residen Celedonio y Blanca. Ella misma cuenta que desde la calle los veía pasar y se lamentaba por tanta desprotección en la que se encontraban. Igual le hacía algunos aportes, les entregaba algunas ayudas. Hasta que hace unos días entró y presenció una realidad brutal.

“Nunca entraba a la casa, siempre les dejaba las cosas aquí en la puerta pero el fin de semana, cuanto entré, se me partió el corazón ver así cómo estaban”, reconoce la joven.

Según ella, lo más importante es mejorar las condiciones de la casa, que sea más abrigadora, que sea más segura, que puedan hacer su higiene, que les proporcione las mínimas condiciones para tener una vida digna.

Celedonio y Blanca son el ejemplo de esa pobreza dura, la más brutal, la más violenta, esa que era tan común en el siglo pasado y que se pensaba que había erradicada pero que ahí, completamente presente, absolutamente vigente en pleno siglo XXI en ese sector de Cerro Colorado de la comuna de Los Ángeles.

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