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El drama de la familia acechada por una bandada de tordos

En una casa del sector sur de Los Ángeles, cientos de aves llegan todas las tardes a ocupar un árbol, dejando una estela de fecas sobre la calle y la entrada a una vivienda, con el consiguiente mal olor. El hijo del dueño de la casa afectada, que a todo nivel ha procurado infructuosamente una solución, pide que alguien se haga cargo.


 Por Juvenal Rivera

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El tordo es un ave de poco más de 30 centímetros de altura. De plumaje negro completo, tiene un trinar muy característico que lo hace fácil de identificar.

Es muy sociable y se le encuentra prácticamente a lo largo de todo el país. De hecho, es posible observarlo en bandadas muy numerosas cuando surca los cielos o se posa en las copas de los árboles.

Sin embargo, para una familia del sector sur de Los Ángeles, el tordo no es un pajarito simpaticón que endulza las mañanas con su cantar. Muy por el contrario, es un problema, un gran problema, una verdadera pesadilla que se arrastra por años y que, pese a todos sus esfuerzos, parece no tener una solución posible.

Para ser más precisos, más que el ave en sí misma, la dificultad son sus desechos, las fecas que caen en el techo y en el acceso a la vivienda.

¿Cómo así? Anyelo San Martín lo explica. Él vive con sus papás en el pasaje La Paz de la Villa Las Américas, entre Los Omahuacas y Bogotá, en el populoso vecindario de Paillihue, en el área sur de la capital provincial.

El vecino de la casa de junto tiene una hermosa araucaria de unos cuatro metros de altura o quizás un poco más. El problema es que ese árbol fue escogido por una bandada de tordos para anidar ahí.

Los primeros tordos llegaron hace unos ocho años. Eran poquitos. Pero pasó el tiempo y cada vez fueron más y más y más. No hablamos de un tordo o dos. Ni 10 ni 20. Son cientos de aves que llegan todos los días a la copa de ese árbol o se ubican en el tendido eléctrico, justo bajo la entrada a la casa de Anyelo San Martín.

Tener cientos de tordos trinando a la vez puede ser algo ensordecedor, pero eso, al final, termina siendo un detalle. El gran problema, como se reseñó más arriba, es la cantidad de fecas que dejan las aves en ese lugar.

A tanto llega que cada mañana, el pórtico amanece blanco y no es precisamente porque haya caído nieve. El auto, que queda estacionado en la calle, debe ser cubierto con un toldo de plástico para evitar estropicios en la pintura porque el estiércol puede ser bastante corrosivo.

En las fotografías que acompañan esta nota, verá unos puntos blancos en el piso. Sí, adivinó, son las fecas de los cientos de tordos que se posan en esa araucaria de la casa del vecino.

Historia aparte es el olor, pero es fácil de imaginar en esa casa de dos pisos del pasaje La Paz de la villa Las Américas.

Anyelo San Martín dice que, en el último tiempo, la situación se ha agravado hasta ser casi intolerable. Pero no se ha quedado solo en la queja. “He ido a distintas partes y en ningún lugar me dan solución”.

¿A dónde ha ido? “Hemos ido a la Conaf, al juzgado, a tribunales, a la Municipalidad, y en ningún lado hemos tenido respuesta por parte de las autoridades”, asegura.

A su juicio, el problema es la araucaria en el sitio del vecino. Hasta ahora, lo único que han conseguido es un permiso para subirse al techo y cortar algunos ganchos al árbol, “pero ha sido lo único”.

EL RIFLE A POSTONES

Anyelo San Martín cuenta que, en cierto momento, su padre tuvo la idea de ahuyentar a los tordos con un rifle a postones. Así que, en las tardes, cuando las aves comenzaban a llegar, él lo hacía sonar, pero nunca cargado. ¿Cuál era la idea? “Era la única forma de espantar a estos pájaros”, explica.

La idea funcionaba bien, pero hubo un problema: “la gente que pasaba por la calle llamaba a Carabineros cada vez que sacaba el rifle a postones. Dejamos de hacerlo por lo mismo, para que la gente dejara de llamar a Carabineros”.

Anyelo está ad portas de irse a vivir solo a su nueva casa, pero no quiere dejar a sus papás con ese problema. “Ellos son de la tercera edad, pero no quiero que sigan viviendo esta situación”, confiesa

De ahí que decidiera contar esa historia con el fin de que alguien haga algo para evitar que, cada noche, la bandada de tordos se tome el pasaje La Paz y dejen su estela de fecas en su casa.

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