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La historia de Manuel Diocares, el señor de las fotos

Veintisiete años de labores en nuestro medio de comunicación cumplió nuestro reportero gráfico, Manuel Diocares Jarpa, cuando llegó a hacer un reemplazo a otro personaje insigne del diario: Luis Cifuentes. Sobre sus inicios en la fotografía y cómo fue que se convirtió en el hombre de las fotos, lo contamos en la edición especial por los 62 años de La Tribuna.


 Por Juvenal Rivera

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“¡Pero cómo se le ocurre que voy a ir yo a tomar fotos!”. Más o menos con esas palabras Manuel Diocares Jarpa le respondió a Jorge Rínguele cuando este último le pidió que tomara las fotos de un bautizo.

¿El problema? Nada importante salvo que, hasta ese momento, don Manuel jamás había tenido una cámara fotográfica entre sus manos.

En ese tiempo, él se ganaba unos cuantos pesos de comisión cobrando las fotos que tomaba Rínguele que, en ese tiempo, era uno de las pocas personas que oficiaba de fotógrafo en Los Ángeles. Así, cada día don Manolo recorría la ciudad con un puñado de direcciones y un paquete grande de fotos bajo el brazo que retrataban matrimonios, bautizos y eventos varios. Las entregaba y cobraba. Un porcentaje de lo recaudado era su ganancia del día, que le alcanzaba justo para pagar una pieza donde dormir y algo para comer.

Era fines de los años 70. Manuel Diocares – el mayor de siete hermanos – venía del campo, del sector El Peral para ser más específico, a unos 15 kilómetros al suroriente de Los Ángeles. Se vino a la ciudad con la certeza de un empleo: trabajar de mozo en el Club del Círculo de Suboficiales en Retiro, una de esas instituciones antiguas que aún pervive en la primera cuadra de la calle Mendoza. Ahí hizo de todo, desde barman hasta de “niño de los mandados”.

De ahí en adelante, se empleó en cuanto oficio tuvo a la mano. Nunca le hizo el quite al trabajo. Uno de ellos fue vender ropa en una tienda y también lo hizo puerta a puerta.

Hasta que un día el fotógrafo Jorge Rínguele le ofreció una comisión por cobrar a domicilio las fotos que tomaba. Y así lo hizo por varios meses.

Hasta ese día sábado en que a Rínguele se le hacía imposible tomar imágenes de un bautizo porque ya había comprometido su presencia en otro lugar. Eran solo tres fotos para una señora de origen muy humilde.

“Le decía que era una irresponsabilidad que tomara las fotos, que cómo se le ocurría. Supongo que acepté, al final, por la necesidad de hacer algo”, recuerda don Manuel. A regañadientes, claro.

En esa misma ocasión, Rínguele le dio una clase híper-ultra-extra rápida sobre cómo usar una cámara fotográfica. En solo cinco minutos, debió aprender a sopesar las condiciones de iluminación a la hora de poner la apertura del diafragma y la velocidad de obturación. Solo eran tres fotos pero quiso irse a la segura y tomó el rollo completo de 36 cuadros. “Alguna de esas fotos tenía que salirme buena”, comenta entre risas.

Así fue la historia de la vez que don Manolo tomó sus primeras fotos. Sin saberlo, ese momento sería el principio de todo, el inicio de un proceso que lo llevó a aprender y dominar un oficio que ha sido parte de su vida por más de 40 años, que lo tuvo tomando fotos en todos los lugares donde requirieran de sus servicios.

Después de esa vez, se atrevió a tomar registros los fines de semana en los campos. Eran las típicas imágenes de personas posando para un lente. A la semana siguiente volvía con las fotos reveladas y copiadas que las vendía como pan caliente.

Poco a poco fue adquiriendo práctica y experiencia, aprendiendo de los errores y de los aciertos, conociendo de a poco los secretos del oficio y así, paulatinamente, se fue haciendo de un nombre entre quienes desarrollaban la actividad en la ciudad de Los Ángeles.

Anécdotas hay miles. Como aquella mañana en que se enfilaba a vender las fotografías a varias direcciones cuando circunstancialmente vio que un tren había terminado su carrera en la avenida Ercilla. Fue un acontecimiento que dio mucho que hablar en la abúlica ciudad de esos tiempos.

Por instinto, tomó solo un registro. Días más tarde, reveló las fotos y sacó algunas copias. Cuando vendía sus fotos a domicilio, alguien reparó en esas imágenes y le pidió copias. Y así lo hizo muchas veces.

Sin quererlo tampoco, esa ocasión fue el inicio para él de la fotografía periodística.

ARRIBO A LA TRIBUNA

Además de saber usar una cámara fotográfica, don Manuel aprendió el complemento preciso para esa disciplina: revelar y copiarlos registros en blanco y negro. Es que, a fines de los años 70, la imagen a color era aún impensada y cuando se pudieron capturar los primeros registros, los rollos hacían un largo viaje de más de un mes ¡porque iban a ser revelados en Panamá!

Por eso, lo más rápido era hacerlo en blanco y negro. Pero tampoco fue que le enseñaran, sino que lo aprendió mirando: “Entraba al cuarto oscuro para ayudar a lavar las fotos. Ahí veía cómo hacían las fotos. Después me metía ‘a la maleta’ y así fui aprendiendo”.

De esa manera, supo sacar y abrir un rollo en la más completa oscuridad, a usar los químicos correctos para revelar y fijar, a utilizar la ampliadora para obtener las imágenes, a calcular el tiempo preciso de exposición del papel para obtener el registro perfecto.

Sin saberlo tampoco en su momento, el que supiera revelar en blanco y negro fue lo que, años más tarde, le abrió las puertas para llegar como reportero gráfico al diario La Tribuna.

Fue en el verano de 1993. Febrero, para ser más preciso. Era un reemplazo de unas cuantas semanas para una verdadera leyenda en el mundo de la fotografía local: Luis Cifuentes Beltrán, quien había sido el reportero gráfico del diario La Tribuna desde mediados de los años 60 (Luchito Cifuentes, que también fue un destacado miembro del Cuerpo de Bomberos de la ciudad, fallecería el 27 de mayo de 2016 a la edad de 76 años).

Algunas semanas después, un 30 de marzo de ese mismo año, la señora Silvia Manríquez, gerente del diario en ese entonces, lo llamaba para ofrecerle el puesto debido al alejamiento de don Luis Cifuentes.

Eran los tiempos en que el jefe de prensa era Patricio Aedo y el equipo de trabajo lo completaban Dania Pincheira, Juan Díaz y Rolando Daza.

De esa manera, Manuel tomaba la posta de manera definitiva en la labor de reportero gráfico de La Tribuna junto a un equipo experimentado de hombres y mujeres de prensa.

Con los años, conocería a decenas de periodistas, de editores, de jefes de prensa, a muchos de los cuales orientó cuando estaban realizando sus primeras armas en el mundo del reporteo.

La experiencia en el diario le permitió depurar sus conocimientos, aprender nuevas técnicas, conocer otros secretos.

En sus casi tres décadas de trayectoria en el diario, vivió todas las etapas de la fotografía. Desde la analógica hasta la digital. Aprendió de equipos, de modelos, de flashes y otros aditamentos.

Fue un testigo privilegiado de los grandes acontecimientos de la sociedad local en los últimos 30 años, del devenir de Los Ángeles y la provincia de Biobío. Conoció a autoridades de todo nivel, hasta todos los Presidentes de la República desde el retorno a la democracia, siempre con su sonrisa amable y a una voluntad a toda prueba. Siempre estaba ahí, en medio de todo, con su cámara fotográfica en ristre.

En paralelo a su labor de reportero gráfico, siguió cumpliendo labores de fotógrafo de matrimonios, eventos y licenciaturas. Cientos de matrimonios pasaron por su ojo entrenado en tanto evento así. También de chicos egresando de su enseñanza media o de la universidad.

Varios cientos de miles de personas pasaron por su lente en sus más de 40 años de trayectoria.

En la actualidad, la pandemia del coronavirus lo ha obligado a permanecer en su casa de la población Galvarino. Ahí ha guardado riguroso confinamiento a la espera que mejoren las condiciones para volver a la actividad.

Pero ya no lo hará al diario. Después de más de 27 años de funciones, ha decidido acogerse a retiro. No duda en que extrañará las extensas jornadas dedicadas a cubrir las principales noticias del día, a veces bajo un sol abrasador, a veces en la lluvia más inclemente, siempre provisto de su cámara al hombro y su instinto perfeccionado en tanto tiempo de actividad.

Sin embargo, no abandonará el oficio de fotógrafo, el mismo que le permitió sustentar a una familia y criar a sus hijos, el mismo que inició hace más de 40 años cuando le pidieron que fuera a tomar tres fotos a un bautizo.

Manuel Diocares en plena labor de reporteo.
Especial Coronavirus

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