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Historias de Biobío: La cronología del “sicópata de los calzones” (I Parte)

En la historia criminológica local se consigna a uno de los delincuentes sexuales más buscados en las últimas décadas que cometía sus ataques y le robaba las prendas de vestir a sus víctimas. Acá la primera parte de esta historia.


 Por Juvenal Rivera

81, Sicópata-Calzones

Jueves 2 de junio de 2011. 20 horas.

Cuartel de la Policía de Investigaciones, calle O’Higgins 147, Los Angeles.

Una atractiva joven que apenas frisaba los 20 años llega hasta el cuartel de la Policía de Investigaciones (PDI) de Los Ángeles para denunciar que un hombre la abordó en plena calle, que la amenazó con un cuchillo y que le exigió entregar su ropa interior.

Fue la primera denuncia formal que llegó hasta la policía civil, que se remitió a la Brigada de Delitos Sexuales y Menores (Brisexme) de la PDI. Con el paso de las semanas, denuncias similares se fueron sumando. Una tras otra. En octubre de ese mismo año se produjo el peak: recibieron más de 10 de ultrajes sexuales.

No había duda. Ninguna. Era un mismo hombre que buscaba a adolescentes, jóvenes y atractivas para asaltarlas. De ese caso que llegó a la PDI en abril, la policía ya sumaba más de 30 hacia fin de año.

Era, sin duda, un caso único en la historia criminológica de la zona, más bien habituada a crímenes pasionales o aquellos atribuidos a la droga o las borracheras que se escapan de control. Sin embargo, casos de depredadores sexuales: hasta ahora, el único.

Con las declaraciones de las víctimas, los detectives establecieron día, hora y lugar de los ataques. Habían características comunes: que tenía entre 20 y 25 años, que hablaba bien (“no era flaite”, según señalaron algunas de las víctimas). Su estatura fluctuaba entre el metro 70 y metro 75, barba tipo “chivo” y bigote, pelo corto y liso. A veces usaba un polerón, en otras un pantalón de tela o jeans. Generalmente calzaba zapatillas o zapatos de la marca Merrel. Un detalle importante es que usaba un jockey de visera amplia que prácticamente le cubría casi todo el rostro, salvo su boca.

El modus operandi era calcado: mujeres jóvenes caminando solas, por lugares con poca iluminación o, bien, escasos de transeúntes. ¿La hora? Principalmente en la tarde, idealmente después de las 19 horas. No importaba si llovía o estaba despejado.

¿Lugares? Las indagaciones posteriores establecieron que eran principalmente en torno a barrios de clase media de la ciudad, con abundante locomoción al paso. Eran la villa España, villa Grecia o la villa Italia, en el sector nororiente de Los Ángeles. También hubo casos cerca de la Universidad de Concepción o de la avenida Ricardo Vicuña.

Tan silencioso como atacaba a sus víctimas, se iba sin dejar huella alguna. Nada evidente, ninguna característica diferenciadora. Nada.

Pese a ser un caso tan singular, pese a tener decenas de testimonios de sus víctimas, para los investigadores fue un puzzle que los tuvo de cabeza por 10 meses. Fue un laberinto sin pistas sobre una salida.

Mientras tanto, en la ciudad pronto comenzó a cundir el rumor que un depredador sexual estaba asolando a las jovencitas. Y como rumor, galopó raudo a las conversaciones del día a día, en el boca a boca y con ello, el temor de las mujeres jóvenes.

Se hablaba de víctimas, de la hija del vecino que fue abordada por el desconocido que la manoseaba completa y después de iba. Se hizo habitual también que las madres recelosas previnieran a sus hijas jóvenes para que no estuvieron solas en la calle, que evitaran los lugares pocos iluminados. Se decía que tenía una cicatriz, que era alto, que estaba armado. Algunos rumores hablaron que existían dos retratos hablados, y que ambos mostraban a rostros completamente distintos entre sí. Que quizás eran dos. Y los rumores, como suele suceder, crecían sin pausa y cada vez más añadiéndole detalles, muchos de ellos fruto de la creatividad del interlocutor ocasional.

Además, muy poco trascendía por los medios, a falta de testimonios y datos más concretos. También, a la necesidad de no darle indicios que apuntaran a que la policía iba tras sus pasos, sin saber qué era y cómo era.

Sin embargo, entre fines de 2011 y principios de 2012, los antecedentes demuestran que el sospechoso frenó sus ataques. No hubo más denuncias. Se especuló de todo: que se sentía perseguido, que se había marchado de la ciudad, que había seguido su “afición” en otros lados.

Incluso, efectivos de Carabineros se apresuró a asegurar – en dos ocasiones, a principios del 2012, que lo había apresado. Sin embargo, al cabo de un par de horas, se precisaba que los detenidos no correspondían ni al perfil ni al tipo de delitos que se le endilgaban a ese anónimo joven.

Y se mantenía la expectación, pese a que no había reportes de nuevos ataques.

No se sabía un detalle: que exigía a sus víctimas que le entregaran los calzones.

.-.-.

18 de octubre de 2011.

Villa España. Los Ángeles. 20:40 horas.

“Atrás mío venía un hombre, caminando lento. De repente, y muy silenciosamente, aumentó la velocidad. Me tomó, creo que con la mano derecha, me tapó la boca y con la otra me apuntó con la pistola en el cuello”.

“Me dejó sentada dándole la espalda a la calle, con la vista hacia la pared de una casa que colindaba con el parque”.

“Estaba súper nerviosa, llorando, y trataba de que no me hiciera nada malo, o sea, no sabía lo que podía pasar porque cuando me dijo que me quitara la ropa interior pensé que –no sé- me iba a violar. Se me pasó cualquier cosa por la cabeza”.

“Me empecé a desesperar y creo que empecé a llorar. Me dijo que me callara y me hizo cruzar a la plaza del frente”.

“Le pedía que por favor no me hiciera nada pero él me decía que si llamaba a Carabineros, me iba a hacer daño, mientras apretaba el gatillo o movía el arma: sonaba como si se estuviera cargando”.

“Me revisó los bolsillos de la chaqueta y me quitó el celular, una tarjeta de memoria, 2 mil pesos y la casaca”.

“Fueron 25 minutos, más o menos. Con la pistola, empezó a palparme la parte de arriba, como en el pecho hasta el estómago”.

“Me exigió que me sacara y le entregara la ropa interior que llevaba puesta. Según él, tenía un jefe que le pagaba por la ropa interior y que mientras más cantidad traía, más iba a ganar él”.

“A esa hora ya estaba oscuro por lo que sólo pude verle un poco el rostro. Tenía un jockey y un poco de barba, pero más no le pude ver”.

“Yo iba caminando muy rápido, casi corriendo. Me dijo que me fuera tranquila, si no, me iba a disparar, o cargaba el gatillo –de repente- de la pistola”.

.-.-.

18 de abril de 2012. 12 horas.

Localidad de Coigüe, comuna de Negrete, 25 kilómetros al poniente de Los Ángeles

Efectivos de la Policía de Investigaciones allanan una vivienda en la apacible localidad de Coigüe, comuna de Negrete. La villa está justo en el camino en que el conductor, inmediatamente después de cruzar el río Biobío, debe decidir si aparta hacia Nacimiento o hacia Angol.

Antigua estación de trenes, vivió su época de esplendor en el apogeo de la actividad ferroviaria cuando las gentes y los productos del agro salían desde los campos cercanos hacia destinos lejanos.

Sin embargo, ahora la localidad está constreñida a un puñado de viviendas de baja altura. En una de ellas, bajaron los ocupantes de dos camionetas de la PDI para allanar una de esas casas.

La investigación sobre el hombre sospechoso de una treintena de ataques sexuales estaba en su punto más álgido gracias a un detalle: los frenillos del sospechoso.

Con este dato, los detectives buscaron datos en las clínicas dentales de la ciudad. Así, accedieron a las fichas odontológicas de quienes pudieran cumplir ese perfil.

Ese antecedente se sumó a una denuncia de una joven del sector sobre un vecino que entró a su casa para llevarle objetos y dinero, además de ropa interior.

Al cabo, solo se debieron reunir ambas partes hasta dar con un nombre: J.R.C., de 22 años, estudiante de administración de empresas en una universidad privada de Los Ángeles y que trabajaba en un supermercado en Coigüe, localidad donde vivía con sus padres y hermanos.

Cuando los investigadores allanaron la casa, entraron al dormitorio del joven. En uno de los cajones, que estaba cerrado con llave, se encontraron con un hecho impresionante: más de 500 calzones. De todos los tamaños y colores.

Fue apresado sin que se resistiera al arresto. En su camino hacia el vehículo policial, hubo rostros de interrogación por su detención. Parientes y conocidos no entendían lo que pasaba.

Al día siguiente, en la audiencia de control de detención supieron los detalles: la fiscalía de Los Ángeles, luego de una indagación de 10 meses de la Brisexme, lo acusaba de ser responsable de una ola de ataques sexuales en contra de jovencitas de la ciudad. La prensa ya lo había bautizado: “el sicópata de los calzones”.

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