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Plaza de armas pierde a una de sus personajes típicos: murió Elisa Peralta

A los 75 años y debido a un cáncer terminal, dejó de existir la mujer que trabajó por décadas vendiendo dulces, bebidas y caramelos a los transeúntes de nuestro principal paseo cívico.


 Por Juvenal Rivera

Señora Elisa (1)

De a poco y de manera casi imperceptible, la plaza de armas de Los Ángeles ha ido perdiendo a sus personajes más característicos.

Los años y las enfermedades han ido haciendo mella en la salud de aquellos hombres y mujeres que contaron su historia de vida en ese reconocible espacio cívico de la ciudad porque fue su lugar de trabajo, porque fue el punto en que, a través de sus nobles oficios, se ganaron el dinero que llevaron a sus hogares.

Recién el año pasado, el 12 de octubre, se lamentaba la muerte de don Carlos Fernández, el fotógrafo que se instalaba en ese lugar en compañía de un caballito de madera. Un personaje icónico que se ganaba la vida sacando imágenes con una cámara instantánea, como lo hizo en un oficio que desarrolló por más de 50 años.

Aunque partió su trayectoria en Los Ángeles de los años 60, las vueltas de la vida lo llevaron al sur, a la ciudad de La Unión, donde conoció a Margarita Comihual, el gran amor de su vida y motivo de sus diarias preocupaciones. Retornó a nuestra capital provincial hacia el 2013 y volvió a desempeñarse en lo que mejor sabía hacer: fotógrafo, oficio que realizó hasta poco antes de su muerte, a los 80 años de edad.

Con su deceso, se puso fin a una actividad antigua muy característica de los pueblos y ciudades, en que familias completas solían retratarse para dejar un recuerdo para la posteridad. Actividad que sucumbió irremediablemente frente a la irrupción de la tecnología digital que concentró en un teléfono inteligente la posibilidad de tomar fotos y grabar cualquier evento o situación.

En la jornada del lunes, nos enteramos de otro personaje emblemático de la plaza de armas de Los Ángeles que abandonó este mundo terrenal. Se trata de Elisa Peralta Triviño, la señora que vendía dulces, bebidas, confites en plena centro de la plaza de armas.

Un cáncer detectado hace justo un año se llevaba su vida en la madrugada del lunes último, a la edad de 72 años. Con ella se fue también ese noble oficio de vendedor de dulces y golosinas que también era un resabio de otros años, de otra forma de entender y sobrellevar la vida.

La entrevistamos en los primeros días de febrero. Ahí relataba que pese a sus dolencias y aflicciones, a que debía permanecer en una silla de ruedas durante buena parte del vía para atender su improvisado chiringuito, siempre se daba ánimo y fuerzas para seguir.

Y con su marido tomaban locomoción desde la villa Génesis, donde tenían residencia, para iniciar su rutina diaria que solo se interrumpía en los días de mucho frío o de lluvia intensa.

Ella, Elisa, que empezó a trabajar en los años 80 en una cocinería en el sector Sovela de la Vega Techada de Los Ángeles y que debió abandonarla debido a sus dolencias, nunca dejó de prodigar una sonrisa a sus clientes, especialmente a los más chiquitos, a los niños.

Elisa Peralta fue sepultada el mismo día lunes en el Cementerio General de Los Ángeles. En su adiós, fue acompañada por sus más cercanos: su esposo, hijos, nietos y un hermano y sobrina. Todo, por supuesto, cumpliendo los nuevos protocolos dictaminados por la autoridad sanitaria a propósito de la emergencia ocasionada por el coronavirus.

LOS ÚLTIMOS LUSTRABOTAS

Pese al frío de las mañanas de mayo, aún se pueden ver dos lustrabotas en la plaza de armas, por calle Colón. Se trata del último oficio de los de antaño que se mantienen vigentes hasta nuestros días en el centro angelino.

Sin embargo, hubo una época en que llegaron a ser más de 20 en ese mismo lugar. En esos años era tal la demanda que los recién llegados a la actividad debían conformarse con trabajar en la Plaza Pinto, de bastante menos afluencia de público que en la actualidad.

Ahora, en pleno siglo XXI, no suman más de tres los lustrabotas que cumplen con este noble oficio en el principal paseo cívico de Los Ángeles.

Instalados en los escaños que se ubican por calle Colón, llegan todos los días en que hay buen tiempo para continuar con una tradición que, pese a su esfuerzo, va en franca retirada.

Hace unos años, Juan Villegas, que lleva más de 40 años dedicado a esa actividad, advertía que ese trabajo no seducía a las nuevas generaciones: “Es que la juventud ya no quiere hacer este tipo de trabajos”, contaba en su oportunidad.

Antes, recuerda don Juan, pasar a lustrarse los zapatos a la plaza, era un hábito, una costumbre muy arraigada. Eran señores que procuraban mantener siempre una impecable apariencia de punta a cabo, desde el terno inmaculado, la corbata muy sedosa, los pantalones bien planchados y los zapatos relucientes.

No más de 10 minutos, que combinan la conversación, la lectura del diario del día o el simple ejercicio de mirar a quienes pasan casi siempre apresurados por la calle.

Dos golpes en el lustrín para cambiar de zapato embetunado, otros dos golpes para pasarle un paño de algodón y dejarlo muy lustroso. Y así, hasta completar el proceso.

Pero el tiempo pasa, los hábitos cambian y ya casi no hay tiempo.

Sin embargo, los lustrabotas de la plaza siguen con su rutina de todos los días, en los escaños de siempre, esperando al cliente que se toma su tiempo para tener los zapatos impecables otra vez.

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