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Cómo empiezan a cambiar los hábitos de los angelinos por el coronavirus

La aparición de esta enfermedad altamente contagiosa ha estado ocasionando diversos cambios conductuales y el surgimiento de preocupaciones diferentes por los adultos mayores. Los siguientes testimonios nos muestran cómo las vidas han cambiado, aunque sea de forma paulatina.


 Por La Tribuna

61, supermercados vacìos

Alexis Anabalón inició su jornada de trabajo de una manera distinta. Sentado en su escritorio, frente a su computador, no se movió de ahí. Solo saludó a la distancia, nada es estrechar la mano a sus colegas varones o de un beso en la mejilla a las mujeres de su oficina. “Así, de lejitos no más”, decía a quien se le acercara.

Después de estar al tanto de las noticias del fin de semana, que hablaban de la propagación de los casos confirmados de coronavirus en el país, este funcionario que cumple labores en una empresa en el centro de Los Ángeles, tomó la decisión de cambiar sus hábitos de saludo. “Es un primer paso porque estamos muy acostumbrados a saludarnos así, de la manera tradicional. No sé si ayudará mucho a evitar que nos enfermemos pero algo estoy haciendo”.

Y no solo eso. En una toalla de papel gofrada le deja caer una porción de alcohol desnaturalizado de una botella plástica, de un litro. Y pasa la fórmula por el teclado de cuando en cuando, como una medida de precaución, aunque sea el único que usa ese computador. “Es que nunca se sabe quién puede sentarse acá y apretar las teclas de mi equipo”, dice como una manera de explicar su recelo.

Por supuesto que se despide desde lejos, con un movimiento de mano. Nada más. “Así, de lejitos no más”, reitera con una sonrisa socarrona.

SUPERMERCADOS

Elisa Sánchez fue el domingo al supermercado, como lo hace habitualmente para surtirse de lo necesario para la semana, incluidas las colaciones de sus tres hijos pequeños. Si bien, los chicos no van a clases por disposición de las autoridades del nivel central, Elisa mantiene la costumbre del verano de tenerles algo a mano para alimentar a su parvada de niños.

Pero el panorama que vio en esa tarde fue, como ella misma lo señala, “realmente impresionante”. Precisa: “había gente llenando los carros como si el mundo se fuera a acabar. Una mujer llenó su carro con todos los tipos de aceite que encontró. Para qué necesita tanto, de verdad que no se justifica. Ninguna familia normal lleva aceite para un año”.

Ni hablar de la sección de los productos y limpieza. Cuando llegó a las cinco de la tarde, simplemente habían desaparecido. No quedaba nada en las góndolas. Tampoco la zona del jabón y productos de aseo personal. Sólo quedaba un poco de papel higiénico, así que aprovechó de llevar varios rollos.

Las filas en las cajas eran una prueba a la paciencia y al descontrol de algunos molestos por la escasez de productos, por la falta de más carros, por la lentitud de las cajeras, por la tarde de calor o por cualquier motivo.

Si bien suponía que la gente se iba a preocupar, “no esperaba algo así. Entiendo que hay inquietud por lo que está sucediendo con esto del coronavirus, yo misma estoy inquieta por mi mamá que es una mujer mayor y parte del grupo de riesgo, pero no se puede exagerar”.

Su punto es que “mucha gente que necesita estos productos y que los compra para el día, ahora no tiene de donde surtirse porque se los llevaron todos”.

Añade: “¿Qué saco con llevarme jabones para seis meses si el caballero de la esquina que no tiene porque no pudo comprar, se contagia y me enferma porque me lo llevé todo?”.

“Es una locura, en verdad”, sentencia con rostro afligido.

FANÁTICA DE LA LIMPIEZA

Rosita Milla es fanática de la limpieza. Desde siempre, ha sido muy prejuiciosa de tomar así como así los pasamanos o los tiradores de las puertas. Abre las puertas de vaivén con la pierna o con el codo por un temor a los microbios que no sabe de dónde viene. Es aprensiva cuando viaja en buses o en aviones por el tema de los contagios. Y siempre-siempre tiene alcohol gel (de hecho, compró un envase grande de un litro hace un par de semanas y no por la contingencia sanitaria) y utiliza desinfectantes para sanitizar todas las superficies de contactos. “No es raro para mi tener que tomar ese tipo de medidas, lo he hecho siempre”, dice con indisimulado orgullo.

Pero ahora lo hace con más ahínco, segura que lo que parecía ser un trastorno obsesivo compulsivo (TOC), ahora se justifica plenamente en el marco de la emergencia de salud por el coronavirus.

Desde su casa, cuenta que sí tiene una gran preocupación. Su madre frisa los 75 años y tiene varias enfermedades pre-existentes, como presión alta. Sabe que su progenitora es parte del grupo de alto riesgo y a contrapelo de las intenciones de su madre de continuar con una vida social, visitando a las amigas o yendo al supermercado por las compras, simplemente optó por cerrar la puerta a las salidas y a evitar las visitas. “Sé que me va a costar, ella es muy porfiada pero quiero protegerla, quiero que evite los riesgos. Ya le dije que no puede ir al mall o al centro. Debe quedarse en la casa. Tenemos un patio muy amplio y puede disfrutar del paisaje pero salir, no”.

Una preocupación similar tiene Pamela Jiménez. Su madre, Alicia, de 56 años, viene saliendo de un tratamiento de cáncer. Recién el año pasado, en un examen de rutina, volvieron a salir unos nódulos, similares a los que tuvo varios años atrás.

Y fue volver a lo que ya sabían: exámenes, muchos gastos, tratamientos invasivos y mucha incertidumbre. Desde septiembre que su madre está solo sometida a controles periódicos pero le inquieta que su sistema inmunológico afectado por las terapias, le pase la cuenta

Escucha las noticias. Está asustada y quiere saber qué hacer. Encerrarse por varios días es una posibilidad que evalúa con mucha certeza pero dice que lo haría “para proteger a mi ser querido más importante”.

Especial Coronavirus

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