domingo 29 de marzo, 2020

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A una década del terremoto…

En la madrugada del 27 de febrero, la tierra se estremeció de manera brutal. La presente edición muestra los daños ocasionados por el megasismo y el aspecto que tienen los lugares afectados hace una década.


 Por Juvenal Rivera

1, ANTES

Si ha habido algo que ha cambiado la fisonomía de Los Ángeles y la provincia de Biobío de manera rotunda y radical a lo largo de su historia, han sido los terremotos. Y el megasismo de la madrugada del 27 de febrero de 2010, del cual hoy se conmemora una década, tampoco fue la excepción.

Y aunque solo han pasado diez años, la memoria emotiva siempre recordará ese momento en que la tierra se estremeció de manera violenta e inesperada, en esos poco más de 3 minutos que parecieron eternos, en la conmoción de las horas posteriores, en la angustia e incertidumbre de los días siguientes, en las esperanzas cuando la reconstrucción empezó a tomar forma.

Fueron los días en que no hubo energía eléctrica y, en consecuencia, no hubo cajeros operando, ni semáforos, ni tiendas del retail.

Fueron días en que los principales caminos colapsaron y la posibilidad de comunicarse con las ciudades vecinas se vio muy menguada, aumentando el miedo y la incertidumbre, especialmente por los seres queridos que vivían lejos del hogar, en otro pueblo, otra ciudad, otra región.

Fueron días en que tampoco funcionaron los teléfonos celulares (no tan sofisticados como ahora), porque simplemente no había cómo cargarlos ante la falta de energía eléctrica.

Fueron días en que se volvieron usar las velas, las linternas y las pilas que se rescataron del cajón en que se guardaron al olvido.

Fueron días en que no hubo agua potable y hubo que optimizar hasta la última gota de la que era bebestible y surtirse de la que se sacaba de canales o grifos.

Fueron días en que muchas familias simplemente optaron por instalarse en carpas y dormir en la calle, en los parques y las plazas por temor a que las violentas réplicas causaran el colapso de las casas ya resentidas por los sucesivos sacudones.

Fueron días en que hubo toques de queda y nadie pudo circular por las noches, de no mediar una autorización expresa de la autoridad.

Fueron días en que se vieron las mayores demostraciones de solidaridad, especialmente en los más desvalidos, en los adultos mayores.

Fueron días en los vecinos se conocieron (algunos se vieron por primera vez) y entre todos se organizaron para dar seguridad a sus propiedad y evitar los robos.

Fueron tiempos duros e intensos. Periodos de profunda incertidumbre y preocupación, de inquietud y zozobra, que ahora son parte de nuestros recuerdos, de nuestra memoria, de lo que fue haber vivido uno de los terremotos más violentos de nuestra historia.

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