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Elisa Peralta: La encantadora comerciante de la plaza de armas de Los Ángeles

Después de tener una cocinería en La Vega llegó a trabajar al centro de la ciudad donde lleva 14 años compartiendo con la gente y viendo crecer a la ciudad y a sus clientes. Pese a una enfermedad terminal, ella se mantiene haciendo lo que ha hecho toda su vida: trabajar.


 Por La Tribuna

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Elisa Peralta Triviño trabaja vendiendo dulces, bebidas, confites en plena Plaza de Armas de Los Ángeles. Todos los días sale junto a su marido, desde su casa en Villa Génesis y toma locomoción con dirección al centro. A partir de ahí comienza su rutina de ir a buscar el carrito al estacionamiento, instalarse y dejarlo listo para atender a los cientos de paseantes que cada día van a comprar y conversar con esta encantadora mujer que se toma el tiempo de regalarles a sus clientes una sonrisa y, quizá también, una historia.

Y si bien actualmente tiene que desplazarse en una silla de ruedas producto de un cáncer, sus ganas de trabajar y de seguir adelante no han disminuido a pesar del cansancio y los dolores. Con tantos años recorridos, un bache en el camino no es un impedimento para Elisa.

Si bien partió con una cocinería en La Vega – y que le encantaba-, tuvo que dejarla cuando la salud comenzó a deteriorarse. “Cuando pasaron los años y empezaron a llegarme las enfermedades, que fueron varias. Si bien uno se esfuerza y lucha porque sabe que tiene que luchar, llegó un momento en que me sentí demasiado enferma y tuve que dejar la cocinería”, relata.

Y, con indisimulado orgullo, recuerda: “Yo era dueña del piso para arriba, pero el suelo, el terreno, lo arrendaba a Sovela, pero desde el piso, la cerámica, todo hacia arriba, era mío”.

EL CÁNCER

Si bien hacía años se sentía mal, fue caso por equivocación, o por milagro, que supo que padecía de un cáncer severo. “Cuando me descubrieron oficialmente el cáncer fue el año pasado, por casualidad, ya que fui a un control y el doctor que me trataba no estaba ese día. Lo reemplazó una doctora extranjera que al ver mis exámenes, se dio cuenta de que tenía una anemia muy avanzada. Ahí, revisado los informes médicos, me señaló que tenía cáncer, uno cáncer antiguo, que no habían visto antes”.

Al llegar a este punto Elisa se emociona. Sin poder contenerlo, sus ojos se llenan de lágrimas, no por la enfermedad, sino por no haberlo sabido a tiempo. Quizá por esa sensación de querer volver el tiempo atrás para buscar un tratamiento exitoso, o por la rabia de no haber tenido la fortuna de un diagnóstico oportuno y correcto.

Una vez que le dieron la mala noticia, Elisa cuenta que se hizo una endoscopia de forma particular para tener los resultados rápido y saber la gravedad de su afección: “A través del servicio público, iba a ser muy lento así que mi nuera me hizo un examen y ahí fue que apareció que tenía un cáncer terminal”, relata.

Luego de eso vino la efímera esperanza de salvarse ya que en pocos días de hospitalización conoció una desgracia aún peor que el cáncer. “Me hospitalizaron el 10 de mayo para operarme de urgencia, y al otro día se reunió una junta médica que llegó hasta mi cama, entonces que me dijeron que no me iban a operar. No supe cómo reaccionar cuando me dijo ‘su tumor está muy avanzado, es muy grande, y esto le tiene tomados otros órganos y si la operamos, la vamos a hacer sufrir. Usted se nos va a morir igual’”.

Cuando supo la noticia, a Elisa se le vino el mundo abajo aún cuando se mantuvo entera, como tantas veces en su vida ante la adversidad. “En ese momento no me quebré, como me quiebro ahora cuando lo cuento, ahora me da pena, me duele, y siento el peso de esto y de que no me lo hayan descubierto antes”.

Y agrega: “El doctor dijo que me iban a hacer una transfusión de sangre y mañana se va a su casita, porque no podemos hacer nada. En ese momento estaba muda porque estaba sola y únicamente pregunté si había posibilidad de una quimioterapia, pero me insistió que el mal estaba muy avanzado y no me ayudaría de nada”.
Entonces, afirma que el médico le dijo lo único que podía decir o que podía hacer para ayudarla con su enfermedad: “Mañana se va a su casa”, le señaló.

“Y me fui a mi casa, aquí estoy y sigo trabajando” comenta la mujer desde su silla de ruedas.

LA FAMILIA Y LA FUERZA

“Somos marido y mujer, trabajamos para una misma causa” dice Elisa cuando habla de la dificultad de su familia para pagar el alto costo de los permisos, el arriendo del lugar donde guarda los carros y la enfermedad que se lleva una buena parte de los recursos de este matrimonio que, afortunadamente, tiene la riqueza de tenerse el uno al otro.

Pero ha sido difícil precisamente para ambos seguir adelante con este trabajo y con la enfermedad a cuestas. “Cuando reventó este cáncer, nosotros desaparecimos de la plaza unos tres o cuatro meses. De ahí en adelante lo hemos pasado muy mal, porque no hay ingresos casi, venimos ciertos días a trabajar, porque hay días en los que no puedo levantarme y venir”. Además cuenta que “a veces tengo buen ánimo, pero en otros no estoy con ánimo ni de hablar por teléfono”. “Desde la villa Génesis venimos a trabajar y no me puedo quedar en casa sola porque nadie me atiende. Me habían dado de tres a cuatro meses de vida, en agosto tendría que haberme muerto, no tendría que estar aquí, pero Dios me tiene aquí, por qué, para qué, no sé”, señala Elisa con una fuerza que eriza la piel.

LOS TRATAMIENTOS

Cuando me reuní con la señora Elisa estaba comiendo un helado que ella misma se hace con la leche que le dan en el consultorio para mejorar su salud. Los “heladitos de Ensure” que se prepara son una de las pocas cosas que puede comer sin exigir demasiado su estómago hasta sentir dolor. Y por difícil o duro que resulte, en realidad no es mucho más que helado y remedios básicos para el dolor lo que usa Elisa para pasar estos días difíciles. “El único tratamiento que recibo son paliativos. Y tiene que ver con visitas a médicos, una enfermera, la asistente social, el nutricionista, algunos medicamentos, mi leche, pero eso es todo lo que tengo como ayuda para pasar por este infierno que tengo acá en el estómago. Solo paliativos”.

Y lamentablemente comenta que no ha recibido apoyo o ayuda de alguna institución o algún político. De esos mismos que en tiempos de elecciones a veces la saludan de beso y le prometen un “voy a ver qué hago” pero que luego nunca vuelven para darle un apoyo real, o al menos un saludo con apretón de manos por estar ahí desde hace tantos años. “Nunca me han dado nada, quizá porque no quiero aprovecharme. Ni las cajas de mercadería, o algún apoyo para pagar la luz, el agua, nada. No tengo ningún apoyo”.

Lo complicado para Elisa y su marido es que, como ella cuenta, “además tenemos que pagar un permiso mensual y un estacionamiento de 36 mil pesos mensuales para dejar guardados los carros durante la noche. Son hartos los gastos y es difícil vivir así”.

Ojalá Elisa reciba al fin una mano de vuelta, pues, más allá de la caridad, hay que entender que detrás de estas personas que son parte de nuestro entorno y que, día a día, estructuran el paisaje urbano de nuestras ciudades, a la manera de piezas de arte que decoran el paso de los ciudadanos, hay también historias complejas que no son invisibles ni reciclables. Por eso, no tenemos que olvidar que detrás de ellos hay también años de lucha y de dolor que, a diferencia de las estatuas, si les duelen y les matan como el cáncer o como la indiferencia.

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