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Crónica

Presidente del Club de la Unión: “Somos depositarios de la tradición angelina”

Institución social cumplió ayer 132 años de existencia. Pese a la contingencia por la pandemia, los socios se reunieron de manera virtual con el compromiso de “de ser de nuevo lo que éramos antes”.


 Por Juvenal Rivera

Club de la Unión

No hubo celebraciones. Por primera vez desde su refundación a principios de los años ’80, no hubo festejos, ni música, ni risas ni ese ambiente de camaradería que caracteriza a uno de los lugares más tradicionales de Los Ángeles.

Es que el club, que fue conocido como la Casa Grande en su etapa germinal, ayer estaba de cumpleaños: eran 132 años desde aquella reunión de un grupo de vecinos que dio origen a la institución, la misma que perdura hasta nuestros días y cuyo ícono es el edificio situado justo frente a la plaza de armas, por calle Colón.

Sin embargo, este 2020 debió adaptarse a las circunstancias por la pandemia del coronavirus, postergar cualquier tipo de celebración y valerse de la tecnología para que los socios tuvieran la opción, al menos, de un encuentro virtual. Nada presencial, nada que pudiera significar una aglomeración de personas, nada que sea un riesgo. Es el fantasma del Covid-19 que se pasea en todos los rincones, en todos los ámbitos de la vida, incluso en los más significativos.

El presidente del Club de la Unión, Bernardo Hargous, admite que no es fácil el momento que están viviendo, más aún cuando desde el 18 de marzo (hace ya tres meses) que debieron cerrar las puertas, atendiendo a las exigencias de la autoridad de Salud frente al riesgo que se avecinaba.

Pese a todo, igual se dieron tiempo para reunirse vía Zoom, saludarse, compartir algunos minutos de conversación, recordar anécdotas y a comprometerse a volver a reunirse, volver a compartir cuando haya pasado esta contingencia.

“Ha sido complicado. Vamos a ver cómo evoluciona esta pandemia pero creemos que en cuatro meses más vamos a volver a encontrarnos. Estamos todos ansiosos por volver a juntarnos”, señala Hargous.

El Club lo integran más de 120 socios activos “aunque no todos participan con tanta frecuencia. Debemos ser la mitad los que nos reunimos más a menudo”.

Es que, como lo señala el presidente de la institución social, “de alguna forma somos depositarios de la tradición angelina. Hay que pensar que cuando se fundó el club, era el gran lugar de reunión de la gente. Claro que ahora no es lo mismo por las personas que han llegado pero siempre se siguen sumando y participando otras personas que después pasan a ser socios”, apunta Bernardo Hargous.

La denominación no es antojadiza. La institución es la segunda más antigua que está en plena vigencia en la actualidad en Los Ángeles (la primera es el Cuerpo de Bomberos, que se fundó ocho meses antes, noviembre de 1888).

“Somos parte del circuito patrimonial de la ciudad. Este año no pudimos resaltarlo como lo venimos haciendo pero algo se hizo que fue un recorrido virtual por nuestras instalaciones aunque no es lo mismo. Estamos cerrados desde el 18 de marzo, llevamos tres meses así”.

En el encuentro virtual de la mañana de ayer de los socios, según Hargous, sí existe una convicción: “Estamos ansiosos por volver, por tratar de ser de nuevo lo que éramos antes”.

RESEÑA HISTÓRICA

En Los Ángeles de fines del siglo XIX no vivían más de 4 mil personas dentro de su área urbana. En ese contexto, surgió el Club de La Unión de esta ciudad que, en un principio, se llamó Club Social.

Su primer presidente fue José María De La Maza y el secretario Constantino Segundo Navarrete.

Su origen es fruto de la inquietud de los ciudadanos por tener un espacio común donde compartir sus vivencias, tradiciones y proyectos en un clima de camaradería.

“La Gran Casa”, como la llaman, ha acogido a destacados hombres de negocios y profesionales que han contribuido al desarrollo de la ciudad de Los Ángeles y cuyas descendencias siguen relacionadas con la institución.

Sin embargo, en su historia, la institución ha vivido situaciones de crisis que la han tenido al borde de su desaparición. Pese a todo, ha logrado salir al paso de las dificultades, tomar un nuevo impulso hasta volver a destacar como antaño.

EDIFICIO

Lo más característico es su edificio situado frente a la Plaza de Armas que ha sido capaz de enfrentar en pie tres violentos terremotos.

La edificación se empezó a construir en 1931 y se entregó en 1933, obra Nibaldo Álamos, el arquitecto más influyente en la zona durante el siglo pasado.

Sus fundaciones de hormigón armado y sus muros de albañilería reforzada permitieron que el recinto fuera capaz de resistir los violentos embates en los terremotos del ’39,’60 y 2010.

Aunque el último movimiento telúrico lo dejó algo averiado, fue reparado prontamente, incluido el tradicional friso situado en el exterior que representa a los trabajadores de la zona.

Sin embargo, la historia del lugar no sólo se remite a un edificio resistente a la violencia de la naturaleza, sino que también cobija a una institución más que centenaria.

En 1910, la institución compró a la sucesión de la Maza Vela el terreno actual ubicado al costado oriente de la Plaza de Armas y en 1931 se empezó la construcción.

En las décadas siguientes, su actividad decayó y el recinto fue arrendado. De hecho, en 1978 hubo un incendio que dañó severamente el segundo piso donde estaban las instalaciones de Deportes Iberia y causó graves perjuicios a su tradicional escalera. Pero eso no fue todo. En 1981 sus socios fueron avisados de que el recinto iba a rematarse. Tres años más tarde, el lugar fue cerrado y traspasado a una constructora. Parecía el fin.

Sin embargo, el empeño de varios de sus socios permitió recuperar el lugar y revitalizarlo. En 1988 fue refaccionado por completo y se dejó el primer piso para locales comerciales, como sigue hasta la fecha. Incluso, un mural de Alejandro Escribano ornamenta la guardarropía en el acceso.

En los años siguientes se volvió a mejorar el interior hasta convertirse en uno de los principales centros de eventos sociales de la ciudad, desde ceremonias oficiales hasta casamientos.

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