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Crónica

La gran y olvidada pandemia que asoló a la provincia de Biobío en 1957


 Por Juvenal Rivera

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Era agosto del año 1957 y Mario Lama tosía sin parar. Además, una molestia general lo tenía muy a mal traer. Ocho días estuvo en cama. Aunque solo tenía 23 años, recuerda que “estuve muy jodido. Ha sido la única vez que estuve botado, que no me pude parar. Literalmente, era un inútil”.

Y agrega: “Me costó reharto volver después a la actividad porque quedé bien groggy”. Esa expresión boxeril alude a aquel peleador ya muy castigado en el ring y que está ad portas de ser derrotado. Pero Mario Lama se salvó: no así pariente cercano que murió en esos mismos días: “Murió mucha gente de edad, como mi pariente que tenía problemas con la diabetes. Se le complicó y se despachó en tres días”.

Lama, que ahora guarda una rigurosa cuarentena por su avanzada edad, fue parte de las decenas de cientos de casos de la denominada influenza asiática o gripe de Hong Kong que asoló especialmente la zona sur del país y que ingresó a nuestro país en un barco que atracó en el puerto de Valparaíso.

Las cifras de fallecidos difieren en algunos reportes: de entre 7 mil y 20 mil muertos entre 1957 y 1958, aunque los meses más duros fueron agosto y septiembre del ‘57.

De ese total, una de las zonas más golpeadas en el país fue la provincia de Biobío. También sucedió con Concepción, Valdivia, Osorno y Llanquihue. ¿La razón? El hacimiento en los barrios populares y el invierno que obliga a encerrarse en las casas fueron la mezcla perfecta para que el virus – que llegó en un barco proveniente del continente asiático-, se expandiera con extrema facilidad.

Hacia 1957, la población de Los Ángeles estaba en torno a los 30 mil habitantes (el censo de población de 1952 contó 25 mil personas y el de 1960, 35 mil), en lo que fueron las primeras etapas de un incesante crecimiento poblacional, principalmente por el masivo arribo de familias desde las zonas campesinas.

En esos años, la ciudad estaba circunscrita al perímetro de las calles Ercilla por el poniente, Villagrán por el oriente, la villa Hermosa por el norte y la avenida Vicuña Mackenna por el sur. Justamente en esos años ya se observaban los primeros campamentos o poblaciones callampa, como lo fue la población La Feria, que estaba en la avenida Vicuña Mackenna, cerca de la planta Iansa.

Ese lugar adolecía de cualquier servicio básico. Las familias vivían en condiciones miserables, hacinados y mal alimentados. Fue justamente en lugares así en que la enfermedad atacó con más virulencia.

ESCASOS RECUERDOS

Lo paradojal es que poco se recuerda de esa pandemia. Es que, a diferencia de la actualidad, en que los avances del brote del coronavirus causante del Covid-19 son informados a diario por el Ministerio de Salud, con reportes sobre los nuevos contagios y los fallecidos, en esos años la información en torno a la nueva enfermedad era algo que escaseaba.

“La influenza del ’57 fue grave pero la gente ni se acuerda… Botó a medio Chile a la cama pero muy poco se sabía o se hablaba de eso. Como no había tanta comunicación, casi pasó desapercibido”, reseña Mario Lama.

Y añade: “No había TV. La radio era local. De repente se ponían a sintonizar las radios. En la noche la gente pescaba las noticas de las radio de Santiago pero la gente no estaba muy informada”.

La opinión la comparte Claudio Anziani. Aunque él era un adolescente en esos años, su privilegiada memoria le ayuda a recordar lo que sucedía en 1957.

“No hubo un revuelo con la influenza por la falta de información. En ese tiempo solo estaba la radio de la Sociedad Nacional de Agricultura (radio Agricultura)”, agrega Lama.

Otras noticias distintas se recogían de las radios de la capital cuyas transmisiones solo se podían sintonizar ya muy tarde en la noche.

Y también, a diferencia de lo que sucede en la actualidad en que se han aplicado varias medidas de prevención, como el uso de mascarillas y la distancia física, en 1957 no se hizo nada parecido.

De hecho, Anziani recuerda que ni siquiera se suspendieron las clases ni se detuvieron las fábricas. Muchos menos se aplicaron medidas extremas, como la cuarentena o las barreras sanitarias. Eso sí, había consciencia que quien se enfermaba “tenía muchas probabilidades de fallecer. Sin embargo, nunca que yo recuerde, se suspendieron clases ni las actividades comerciales, servicios o trabajos”.

Anziani aporta otro antecedente relevante: la opción de los remedios caseros era la más socorrida, “ya que era prohibitivo comprar en farmacias o boticas por su alto valor. Considerando que el índice de pobreza del país desconozco el guarismo pero yo pienso superaría el 50%”.

Lama recuerda que pasó el cuadro más agudo “con aspirina, agua de hierbas y transpirar y traspirar. La fecha del ataque de la influenza fue después del 15 de julio al 30 de agosto. La influenza me agarró terminando julio y volví a la vida recién del 10 de agosto”.

ALTA MORTALIDAD

Aunque no hay cifras exactas de la cantidad de muertes a consecuencia de la pandemia de 1957, hay algunos antecedentes que dan cuenta de la gravedad del fenómeno en la zona.

Uno de ellos, es anecdótico. En sus memorias de la Asociación de Canalistas del Laja, Enrique Márquez Pozo, hace un recuerdo de su arribo a Los Ángeles en ese año 1957, justo cuando se desataba la pandemia en la zona: “Durante los meses que siguieron, conocí el crudo invierno sureño, en un año en que una epidemia conocida como gripe de Hong Kong se extendía por todo el país, con una virulencia que se podía apreciar, por ejemplo, en el hecho de juntarse hasta siete funerales por día en la iglesia de San Francisco”.

Un dato más preciso lo aporta el informe de 1959 denominado “La epidemia de influenza asiática en Chile y su repercusión en la mortalidad”, elaborado por el doctor Conrado Ristori, Horacio Boccardo y Juan Manuel Borgoño, que comparó las causas de muerte entre 1956 y 1957. En el caso de Biobío, por concepto de influenza, en el primer año hubo 17 fallecidos. Al año siguiente, esa cifra se disparó a 105. Es decir, la cantidad de fallecidos por esa enfermedad se multiplicó por seis, la mayoría de ellos concentrados entre agosto y septiembre.

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