jueves 27 de febrero, 2020

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Crónica

Don Nancho Morales, el zapatero angelino dueño de una tradición familiar centenaria

Hace ya 100 años que su papá comenzó con el oficio que le heredó prematuramente a su hijo, cuando a los 13 años debió hacerse cargo de la empresa por la muerte del patriarca.


 Por Arturo Ledezma

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José Hernán Morales Saldía, a quien todos conocen como Don Nancho, comenzó hace ya 74 años a realizar la labor por la que es conocido, y con la que se ha ganado no solo la vida, sino el cariño y respeto de muchas generaciones. 

Ese oficio, que durante décadas lo practicaron en familia, hoy lo sigue su hijo, extendiendo la tradición por ya más de un siglo. “Mi papá tenía el taller originalmente en Colo Colo entre Almagro y Colón, de eso hace unos 100 años ya”, recuerda Don Nancho.

Desde los 13 años, cuando su papá murió, quedó a cargo de la zapatería que, hasta el día de hoy, casi ocho décadas más tarde, ahora en manos de su hijo, sigue funcionando diariamente en calle Valdivia.

En un comienzo se llamó “La Negrita” y hoy “Zapatería Morales”. Y si bien ha cambiado el nombre y la dirección, lo que no cambia es la tradición familiar que no se detiene, a pesar de que hoy en día su profesión es parte de aquellos oficios que, de a poco, se extinguen de nuestras ciudades a manos de los productos hechos en serie y el poco reconocimiento que a veces existe hacia aquellos oficios que viven en la frontera entre la artesanía y el arte. 

SU PADRE

José Emilio Morales es recordado por su hijo no solo con cariño, sino además con admiración. Y es que cuando Don Nancho lo recuerda, afloran palabras que dan cuenta de un tipo amigable y trabajador, astuto, que no solo levantó negocios familiares con éxito, sino que además realizó hazañas, como cuando en el año 1936 viajó en bicicleta desde Temuco a Valparaíso, tal como lo recuerda un hermoso diploma de reconocimiento que decora la entrada de la zapatería.

Sin embargo, José Emilio tenía un vicio: el juego. Precisamente esa pasión fue la que se lo llevó, en su propia ley, cuando, tal como recuerda su hijo, en un día de apuestas “murió jugando al naipe, le dio un ataque”. Y agrega: “esa noche perdió harta plata”.

Pero el patriarca de la familia de zapateros era un tipo querido y conocido entre todos los colores de la sociedad angelina de las primeras décadas del siglo XX. “Mi papá le hacía los zapatos a todo el mundo. Tanto a la alta sociedad de la época como también a las menos respetadas. Por ejemplo, era quien le hacía los zapatos a todas las chiquillas que en ese tiempo trabajaban en los prostíbulos”, recuerda.

Y de la pasión por el juego fue que llegó de la mano otro de los emprendimientos económicos de José Emilio, ya que fue dueño y criador de gallos de pelea, oficio que le enseñó también a su hijo Nancho, quien partió su vida laboral entrenando a los gallos de pelea de la familia. “Esa fue mi primera profesión, la de preparador de gallos”, comenta.

Ahí, junto a su padre, aprendió las maromas propias de las apuestas y del mundo, recorriendo con él los lugares donde se apostaba a las peleas hasta que el primer plumífero caía muerto. “Los gallos de mi papá eran cosa seria, en los tres últimos años perdimos solo una pelea, cuando nos mataron un gallo en Victoria”, recuerda.

Y agrega: “Estábamos todos los domingos entre Talca y Victoria, de mayo hasta noviembre”. Sin embargo, las vueltas de la vida y las necesidades familiares lo hicieron seguir un camino conocido, ya que si bien en su niñez quiso dedicarse a ser jinete de carreras, terminó heredando el oficio y la pasión por los zapatos luego de la muerte de su padre. 

EL OFICIO DE LOS ZAPATOS

Toda su familia materna estaba relacionada con la creación de zapatos. No solo su padre, sino también su mamá. “Mi mamá era aparadora, que son las personas que cosen los cortes, que realizan las costuras. Y una hermana de ella, mi tía, era la cortadora de los modelos”, recuerda Nancho.

Por eso, cuando su madre, doña Luzmira, a los 14 años le ofreció hacerse cargo del taller y de la casa a cambio de quedarse con el negocio, Morales no lo pensó dos veces y se puso manos a la obra para hacer zapatos. Y dentro de las producciones que se hacían en esta empresa familiar, estaban desde los calzados más tradicionales hasta otros más exóticos. “Cuando estaba vivo mi papá hacíamos zapatos de cocodrilo, de serpiente”, recuerda.

Por esos años, los recortes de las pieles de reptil, los que traían de criaderos de Argentina, se podían ver colgando en el viejo taller junto con las otras pieles y cueros. “Los de cocodrilo les costaba a los maestros hacerlos, porque eran muy duros”. Además, recuerda los famosos zapatos estilo Beatle, que gracias a la banda de Liverpool, fueron furor durante los años 60 y que hicieron que los maestros pusieran todo su talento en los pies de la juventud de la época.

LOS MAESTROS

Una de las piezas fundamentales de la empresa han sido los zapateros, pues esos “maestros andarines” que de repente se dejaban caer en busca de un pololo, eran los que terminaban, en el mejor de los casos, quedándose una década o más. Precisamente son ellos los que han aportado una multiplicidad de nombres y de rostros que han pasado durante los años por la empresa familiar, muchos de ellos provenientes de la cárcel, ya que ahí es donde mejor se aprendía antiguamente el trabajo de la zapatería.

Por eso es que es común que durante la conversación con Don Nancho aparezcan nombres como el “Hocicón” Carrasco, o el “Muñeca” Slimmin, quienes llegaron por temporadas al taller para poner a prueba el oficio de maestro que habían aprendido “a la sombra” y que convivían con el “Paco” Rubilar quien, con pasado de carabinero, también se sumó al equipo de trabajo de la familia Morales. También el “jorobado Herbalay”, que se ganó ese apodo no por ser jorobado, que por cierto lo era, sino por ser un mago con las costuras. 

PASIÓN POR EL OFICIO

Hablar con Don Nancho es abrir una enciclopedia con mapa de la ciudad de Los Ángeles, ya que por sus historias pasan personajes de todas las clases sociales, de todas las épocas y de todas las modas de los últimos 100 años.

Además, es abrir la ventana de una familia que ha realizado una actividad que no solamente los llena de orgullo, sino de pasión, la que en el caso del protagonista de esta historia, se fue formando paso a paso, calzado a calzado, hasta convertirse en su sello identitario. “Al principio era por obligación, pero después me terminó gustando porque vi los frutos”, recuerda. Además, dice que esta profesión ha sido fundamental para todos, ya que “se educaron mis hermanos, mi mami se fue tranquila”. 

Aunado a ello, ser el zapatero más antiguo de la ciudad no es solo un dato que conocen los clientes, sino que ha tenido la posibilidad de ser reconocido por la comuna. Al respecto, comenta que “hace dos años atrás me dieron un reconocimiento en la municipalidad, un diploma y una medalla por servicios prestados a la comunidad”. 

Faltan páginas para contar los miles de anécdotas y de rostros que pasan por la conversación con nuestro zapatero, quien se ha transformado con esfuerzo, humor y mucho cariño, en uno de los patrimonios humanos de esta ciudad, que se ha construido por miles de personas quienes han caminado sus calles dejando las huellas del calzado que pasó por las manos de Don Nancho.

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