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Crónica

Mario Escobar, el lustrabotas de la Plaza de Armas que ya es parte del patrimonio cultural de Los Ángeles

Con casi medio siglo de trabajo, Mario Escobar no solo ha pasado toda su vida viendo crecer esta ciudad, sino que además ha sido parte de los cambios sociales y urbanos, convirtiéndose así en un testigo único de la historia local.


 Por La Tribuna

11.2

Mario Escobar es el lustrabotas más antiguo de Los Ángeles y por sus manos han pasado millones de zapatos, cientos de historias, y al mismo tiempo ha visto frente suyo la historia de una ciudad que, desde el año 1971, ha conservado algunas características, entre las que destaca su oficio como uno de los pocos trabajos tradicionales que aún se realizan en nuestras calles.

SU HISTORIA

Oriundo de Santa Fe, llegó a Los Ángeles a la edad de 21 años, luego de que perdió una pierna por un accidente ferroviario, lo que lo obligó a buscar un oficio con el cual ganarse la vida, sin pensar en su problema como un impedimento. Así fue como aprendió mirando el minucioso arte de lustrar, teñir y pulir calzado.

Con habilidad y con los años de oficio, hoy no tarda más de cinco minutos en atender a sus clientes, quienes son desde trabajadores esporádicos que pasan por la ciudad, hasta clientes fieles que se toman casi como un relajo el sentarse a sacarle brillo a sus zapatos.

Y así es que con 49 años de experiencia, acompañado de su radio que le anima la tarde con música ranchera, uno lo puede encontrar todos los días del año, a excepción de aquellos con lluvia, sentado en el lugar en que trabaja atendiendo a sus clientes y a los amigos que pasan a conversar con él.

DE SU OFICIO

Al conversar con él uno puede comprender rápidamente que, más allá de que el oficio de lustrabotas sea su trabajo, el que hace, por supuesto, para ganar el dinero para vivir, es también una actividad que le gusta. No solo porque trabajar en la calle es una experiencia que pocas personas tienen el agrado de hacer con permiso, y con el respeto de los transeúntes, sino que además porque esa libertad que provee el estar fuera de una oficina es la que le ha permitido conocer gente y ser testigo de las vidas de todos quienes transitamos frente a él cada día por tantos años.

Sobre esto comenta que “lo que más me gusta es ver a la gente pasar, el público que llega acá, que conversa, que es condescendiente con uno, y amable en todo. Porque en la casa es más lo que lo retan (ríe) y acá no lo reta nadie a uno”.

Agrega que “es bonito trabajar en la calle porque uno ha visto, de los años que llevo aquí, hartos cambios, por ejemplo en la plaza”. Y como el testigo privilegiado que es, agrega que “estuvo un año cerrada una vez, y apareció la plaza nueva. Algunos dicen que esta plaza es más bonita que la vieja, pero a mí me gusta más la vieja que la nueva, será por la edad que tengo, con tantos años aquí, que yo encuentro más bonita la plaza antigua, porque era más pareja, no se veía tanta escala, y la sombra era otra. Los árboles cruzaban de lado a lado la sombra. Llegaba a dar frío debajo de ellos. Y ahora hay que andar buscando la sombra con lupa”.

Así es como al compartir tiempo con don Manuel, se va aprendiendo a conocer gracias a sus palabras, tal como si se tratara de un archivo íntimo del tránsito de los angelinos; a veces esos pequeños trabajadores invisibles, cuando la gente se desplaza de un lado a otro, son precisamente quienes saben de ellos y de su paso por la ciudad.

Ellos son, sin duda, una muestra de que a veces las personas que construyen la identidad de las ciudades no son únicamente las grandes autoridades que pasan por periodos por la vida de los habitantes, sino que son los hombres y mujeres que han dedicado toda la vida a una esquina quienes mantienen viva la historia social.

Don Mario también cuenta cómo la calle y el betún han significado un aprendizaje en su vida. Y dice: “La enseñanza que me ha dado a mí ser lustrabotas es que yo he trabajado toda la vida, que esto me ha dado para educar a mi familia, a mis hijos, y para darle el sustento a mi casa. Que de otra forma no podría ser por el impedimento físico que tengo”.

Y agrega: “Yo empecé por este impedimento a trabajar en esto. Yo antes era del campo, en el campo tuve el accidente y me vine al pueblo, al año siguiente del accidente”.

Recuerda entonces el incidente del 71 donde perdió su pierna. “Tuve un accidente ferroviario, tomé el tren, y yo fui porfiado porque lo tomé en marcha, quería pelear con él y me salió al revés la cuestión (bromea). En Coihue fue el accidente. Yo andaba en Nacimiento y en un trasbordo en la noche, me tomé mal del pasamanos y tuve el accidente. Tenía 21 años en ese entonces, fue el año 71. Y de ahí que estoy aquí. Me vine para acá y aquí crié mi familia solo. Mi papá y mi mamá se fueron, todos de allá del campo y yo quedé acá; de 10 hermanos, todos se fueron para allá y yo quedé solo luchando, solo contra viento y marea”.

Luego de ese accidente fue que llegó a la plaza para dedicarse a ser lustrabotas, y si bien estuvo sin permiso los primeros dos años, con el golpe militar debió regularizar su permiso de trabajo con el gobernador de la época, que en ese momento era Alfredo Rehren Pulido, designado por la junta militar.

De hecho, fue su esposa, la señora Clara Araneda, hoy fallecida, quien en su momento se encargó de hacer el trámite con el arquitecto Osvaldo Órdenes, quien daba los permisos, para que la administración de la época le permitiera trabajar formalmente como lustrabotas. Y así lo hizo.

De eso han pasado 49 años y muchos alcaldes, tantos, que desde hace un par de años uno de ellos decidió que no era necesario que don Mario siguiera regularizando año a año, y no solo le permitieron tener un permiso permanente, sino que además les dieron a todos los lustrabotas los espacios para que guarden sus cosas y materiales de trabajo en la misma plaza, para que no tengan que trasladarlos cada mañana ni cada tarde, y así, en alguna medida, tengan comodidades para hacer su actividad.

PATRIMONIO VIVO

Luego de tantos años trabajando en esta ciudad, podríamos pensar que, así como el entorno se construye con sus calles, plazas y monumentos, porque permanecen ahí inamovibles al tiempo, también estos oficios son ya parte del patrimonio social y hasta arquitectónico, porque forman paisaje e historia.

“Demás que sí soy parte del patrimonio; hay mucha gente que hace años me ve, se han ido y han vuelto y me ven acá todavía y me dicen ‘todavía estás aquí’. De hecho, yo soy el más antiguo que estoy quedando de los lustrabotas. Y aquí voy a estar; hasta cuando Dios diga ‘este hombre tiene que irse a descansar’, tengo que estar aquí nomás”, agrega.

Y finaliza diciendo que seguirá estando, con sus herramientas, tinturas, betunes y escobillas, hasta el último de sus días para seguir haciendo lo que mejor sabe hacer y lo que más le gusta. Dice: “A San Pedro le voy a tener que llegar a lustrar las botas, y si anda con chalas se las dejo impecables, huincha por huincha se las voy a lustrar”.

LOS ZAPATOS DEL ALCALDE

Tuvieron que pasar 45 años para que Mario Escobar fuera dueño de su primera anécdota tragicómica. Pues si bien historias tiene muchas, cuenta que hace unos cinco años pasó que un día apareció un hombre, de terno y corbata, y le dejó tres pares de zapatos para que los dejara impecables. Le comentó que eran los zapatos del alcalde de Antuco, y que pasaría a buscarlos más tarde.

Don Mario puso manos a la obra y en un rato los zapatos estaban brillantes y pulidos dentro de una bolsa. En eso fue que llegaron tres personas que le señalaron que “venimos a buscar los zapatos que le dejó mi compañero de trabajo”. Los tres tipos se identificaron como colegas del primer sujeto de terno, anunciaron apuro, pagaron el trabajo, y se fueron.

Al poco rato llegó el primer hombre de terno a buscar los zapatos y entonces Mario comprendió que lo habían timado. Acto seguido, fue a Carabineros a poner la denuncia hasta que apareció el alcalde de Antuco, que en ese entonces era Claudio Solar, quien al ver la situación y darse cuenta de que se trataba de Mario Escobar, a quien conocía hace años por su trabajo en la plaza, no insistió en buscar a los culpables y, por supuesto, no quiso recibir dinero por los zapatos perdidos, ya que sabía que estafadores hay muchos y a veces a uno le toca ser víctima.

De este modo, don Mario no tuvo que pagar los zapatos y hoy cuenta, entre risas, que es la única vez que lo han engañado y sabe que será la última, porque si hay algo que hace bien es aprender rápido y con alegría a sobrellevar los golpes de la vida.

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