Crónica Ciudadana

A los 81 y 74 años, Benedicta y José se casaron en Negrete tras amor a primera vista

Tras dedicar más de 50 años al cuidado de una familia en Santiago, regresó a su tierra en el Biobío y encontró el amor en la iglesia. El 10 de enero dijo su primer "sí" frente al altar, rodeada de casi cien personas, incluidas las generaciones que ella misma ayudó a criar.

A los 81 y 74 años, Benedicta y José se casaron en Negrete tras amor a primera vista, Diario La Tribuna
A los 81 y 74 años, Benedicta y José se casaron en Negrete tras amor a primera vista / FUENTE: Diario La Tribuna

En el sector rural de Esperanza Campesina, en la comuna de Negrete, Benedicta Valdebenito todavía se sorprende cuando habla de su matrimonio.

"Yo no puedo creer que estoy casada", dice entre risas, con esa mezcla de incredulidad y alegría que la acompaña desde los primeros cruces de mirada con quien se convertiría en su esposo.

Nacida en 1944, la señora "Ita" fue soltera toda su vida. No tuvo hijos propios, pero crió generaciones. Y el 10 de enero de este año, rodeada de casi cien personas, vestida de blanco y emocionada hasta las lágrimas, dijo su tan anhelado "sí" frente al altar, sellando una historia de amor que comenzó, literalmente, a los 80 años

DE SANTIAGO AL SUR: EL REGRESO A SUS RAÍCES

Su historia no parte en los campos del Biobío, sino en Santiago. Llegó a trabajar a la casa de los Garíb-Chomalí por intermedio de una prima como asesora del hogar. Lo que parecía un empleo más, terminó convirtiéndose en el proyecto de toda una vida para Benedicta.

"Yo trabajé cerca de 50 años con ellos", cuenta. Primero cuidó a la madre, luego a los hijos, y después a los nietos. "Yo era una más en la casa", expresó entre risas recordando sus años en la capital. Vivían en Providencia, en departamento, donde tenía su propia pieza, dice, pero todo se compartía. "Nunca hubo distinción de nada".

Acompañó a la familia en los buenos momentos y también en los más duros. Estuvo presente cuando fallecieron los abuelos, ayudó en los cuidados de la casa y los más chicos, mientras los padres trabajaban todo el día por sus largas y exigentes jornadas laborales.

Gabriela, una de las niñas que ella ayudó a criar y que hoy es adulta, la define con emoción: "Es como mi abuela, la abuela que no tuve. Nos crió a mí y a mis hermanos. Es generosa, llena de vida".

Hace alrededor de diez años se jubiló. Cinco años atrás decidió volver definitivamente al sur, a su tierra, al campo de Negrete donde se había criado. Compró un terrenito en el sector Esperanza Campesina y comenzó una nueva etapa de su vida.

No imaginaba que ahí, a los 80 años, iba a enamorarse por primera vez.

UN AMOR MUTUO A PRIMERA VISTA

Según relató Benedicta, desde hace tres años asistía con regularidad a la Iglesia Metodista Pentecostal de Negrete. Iba varias veces por semana. Se sentaba adelante, participaba y practicaba activamente la creencia como parte de su vida.

"Yo iba a servir a Dios, no a mirar a la gente", aclara. Sin embargo, eso cambió repentinamente.

Durante una jornada de junio, como cualquier otra en su iglesia, Benedicta se encontró con José Lorenzo, un negretino de 73 años que, según ella, "le robó el corazón".

"Le dirigí una mirada y mi corazón empezó a patalear", recuerda entre risas. Le comentó a una amiga que estaba sentada a su lado: "¿Qué me pasa? Por ese hombre sufre mi corazón".

Durante dos meses se cruzaron miradas. Él la saludaba, le buscaba conversación, le mandaba recados a través de amigas de la iglesia. "Anduvo dos meses en la cola mía, parecía niño chico", cuenta con emoción.

Ella nunca había pololeado. Nunca se había dado el espacio para eso. Su vida había sido el trabajo y la responsabilidad. Hasta que el 26 de julio él dio el primer paso formal: la invitó a tomar desayuno.

UNA CITA Y LA SORPRESA

Cuando llegó el gran día, Benedicta asegura que estaba "muerta de nervios". Al llegar a casa de José, se encontró con una bella imagen. "La mesa estaba bonita, preparada con dedicación", asegura. Conversaron largo rato, donde él le confesó que llevaba meses queriendo invitarla.

Tras la conversación le propuso pololeo y ella, automáticamente, dijo que "sí".

Tres días después, ella fue la que invitó el desayuno. José llegó con una flor, un capullito de rosa en la mano. Apenas entrar al domicilio de la "Ita", José se arrodilló y concretó la anhelada petición: "¿Me concede el honor de casarse conmigo?".

Ella todavía se ríe al recordarlo. "Tan rapidito. Si hace tres días me había pedido pololeo", le respondí. Pero en el fondo ya estaba decidida. "Si él no me lo pedía en una semana, yo se lo iba a pedir", confiesa.

La fe también fue un factor clave. Ambos son cristianos. "Yo quería convivir, pero la religión no deja convivir. Tiene que ser casado", explica con simpleza.

EL ESPERADO DÍA

El 10 de enero, en un centro de eventos de Negrete, se celebró el matrimonio. Hubo ceremonia religiosa, dos pastores —uno de la iglesia local y otro que viajó desde Angol— y cerca de cien invitados.

Viajaron familiares desde Francia, Portugal y Estados Unidos, pertenecientes al hogar donde por 50 años "Ita" trabajó. "Fue un sacrificio grande que vinieran, pero estuvieron todos", cuenta emocionada.

"Yo era la mujer más feliz. Todo lindo, todo precioso, harto de comer, harto de todo. Lo principal es que todos se fueron contentos", afirmó.

UN COMPAÑERO DE VIDA

Hoy la señora Ita divide su tiempo entre su casa en el campo y la vivienda de su esposo en el radio urbano de Negrete. No pasan mucho tiempo separados. Conversan mucho. Comparten el desayuno, el almuerzo y los trabajos en la huerta que mantienen como si de su amor se tratase.

"Aquí cosechamos, tenemos nuestras cositas y todo con la mejor compañía. Ya no tengo que conversar con los perros y los gatos nomás", bromea. Lo que más valora es el respeto. "Es un excelente hombre, muy atento, cariñoso, respetuoso. Lo que uno quiere es respeto".

TODO A SU TIEMPO

A los 81 años, después de una vida dedicada al trabajo doméstico, la señora Ita logró encontrar el amor de su vida. "Para todo hay tiempo", repite.

Su historia no es solo la de un matrimonio de personas mayores. Es la historia de una mujer que cuidó a generaciones de una familia, que acompañó duelos, que educó con amor y que, cuando por fin tuvo tiempo para sí misma, encontró amor en el lugar donde nació tras más de medio siglo alejada de sus raíces.




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