Crónica Ciudadana

Vendedor que trabajó décadas en Los Ángeles pierde todo en megaincendio de Lirquén

Con 47 años de trabajo ininterrumpido y más de cuatro décadas vendiendo mariscos en el centro de Los Ángeles, Luis Ormeño enfrenta hoy la pérdida total de su vivienda tras el incendio que arrasó su barrio en Lirquén. Su historia es la de un hombre que partió con un saco al hombro y ahora debe volver a empezar desde cero.

Vendedor que trabajó décadas en Los Ángeles pierde todo en megaincendio de Lirquén, Diario La Tribuna
Vendedor que trabajó décadas en Los Ángeles pierde todo en megaincendio de Lirquén / FUENTE: Diario La Tribuna

Por más de 45 años, Luis Ormeño fue parte del paisaje habitual del centro de Los Ángeles. Tradicionalmente, los martes y viernes se instalaba en los alrededores de la Plaza de Armas y del Paseo Colón, y su puesto de mariscos frescos se convirtió en parada obligada para clientes fieles que buscaban productos de calidad traídos directamente de la costa del Biobío.

Machas, cholgas, almejas, jaibas, congrio y otros pescados frescos de la zona costera: todo pasaba por sus manos antes de llegar a la venta. Él mismo limpiaba, seleccionaba y preparaba los productos en su casa en Lirquén, cuidando cada detalle. "Siempre he trabajado solo, con mi señora ayudándome. Nunca le he fallado a nadie", comenta.

Su historia con Los Ángeles comenzó casi por accidente. Tras salir del Ejército y sin un rumbo claro, partió una madrugada con un saco de cholgas para vender en Concepción. Sin embargo, terminó subiendo a un bus hacia Los Ángeles, ciudad que apenas conocía de nombre. Bajó en calle Caupolicán, frente al antiguo restaurante Nuria, sin saber exactamente dónde estaba.

Entró a ofrecer su producto a un local del sector y en cuestión de minutos vendió casi todo. "No alcancé ni a llegar a la esquina cuando ya me habían comprado la mayor parte", recuerda. Ese día entendió que en la capital provincial había una oportunidad.

LLEGÓ PARA QUEDARSE

Durante diez años viajó en bus desde la costa cargando cajas y sacos. Madrugadas completas arriba de la locomoción colectiva, regresos de noche, frío en invierno y calor en verano.

Todo eso hasta que con el tiempo pudo comprar su primer vehículo, lo que facilitó el traslado y le permitió ampliar la clientela. Abasteció restaurantes tradicionales, cocinerías del Mercado Municipal y hoteles. Fue proveedor constante de locales históricos y de familias que cada semana lo esperaban.

"Mi capital siempre fue la confianza. Si decía que el producto era fresco, era fresco. Si prometía llegar, llegaba", señala.

EL INCENDIO QUE LO CAMBIÓ TODO

Para Juan, la tarde del megaincendio en Penco comenzó como cualquier otra jornada de verano. Desde su casa en Lirquén, Luis observó cómo el cerro cercano comenzaba a teñirse de humo y llamas. Al principio parecía un foco distante, pero en pocas horas el viento empujó el fuego hacia el sector donde vivió toda su vida.

Grabó un video del momento, donde dejaba en claro a sus familiares la magnitud de la emergencia. La imagen era inquietante. "Le dije a mi señora: aquí no podemos quedarnos", relata.

Alcanzaron a cargar algo de ropa, algunos documentos y un par de cajas con pertenencias básicas. No hubo tiempo para más. El avance de las llamas fue rápido y descontrolado. El fuego cruzó calles, consumió viviendas completas y dejó barrios enteros reducidos a escombros.

Cuando pudieron volver, ya no quedaba nada. "No quedó casa para nada. Solo ceniza y fierros retorcidos", describe con voz quebrada.

Su vivienda fue consumida en su totalidad. Años de esfuerzo, recuerdos familiares, herramientas de trabajo y pertenencias acumuladas durante décadas desaparecieron en cuestión de horas.

REFUGIO EN LA FAMILIA

Hoy, Luis y su esposa están viviendo temporalmente en la casa de uno de sus hijos, ubicada en el único sector que no resultó afectado por el incendio. Desde ahí se trasladan diariamente a limpiar el terreno y retirar lo poco que quedó.

"Saqué cinco o seis pantalones, una caja con zapatos y algunos papeles. Nada más", comenta.

Pese al impacto de lo ocurrido, no habla desde la desesperación. Reconoce que lo más importante fue haber salido a tiempo. "Lo material se recupera. La vida no", afirma.

Clientes de Los Ángeles lo han llamado al enterarse de la noticia. Algunos le han ofrecido ayuda, otros palabras de ánimo. Después de más de cuatro décadas de relación comercial, muchos lo consideran parte de su historia familiar.

VOLVER A EMPEZAR, OTRA VEZ

No es la primera vez que Luis enfrenta la adversidad. Comenzó prácticamente desde cero cuando era joven, con un saco de mariscos al hombro y sin saber si vendería algo. Levantó su negocio con esfuerzo constante, madrugadas interminables y trabajo honesto.

Hoy, a sus más de seis décadas de vida, debe volver a empezar. Dice que mientras tenga salud seguirá trabajando. Que no se imagina quedándose quieto y que Los Ángeles sigue siendo su segunda casa.

"Yo me hice allá trabajando. Y mientras pueda, voy a seguir yendo", asegura.

El megaincendio dejó cientos de historias de pérdida en la zona costera. La de Luis Ormeño es una de ellas: la de un comerciante conocido, de trato sencillo, que durante 47 años sostuvo a su familia vendiendo productos del mar y que hoy enfrenta el desafío más difícil de su vida.

Como aquella primera vez, cuando bajó de un bus sin conocer la ciudad, vuelve a estar en un punto incierto. La diferencia es que ahora no parte solo. Lleva consigo el respaldo de una vida entera construida con esfuerzo y la confianza de quienes lo conocieron durante décadas en las calles de Los Ángeles.




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